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4 ago. 2013

Reflexiones de Isabel Allende

¿Qué Es Real?

La gente a menudo me pregunta cuánto hay de verdad en mis libros y cuánto he inventado. Puedo jurar que cada palabra es verdad. Si no hubiera pasado, ciertamente podría pasar. No puedo trazar una linea entre la realidad y la fantasía. Antes me llamaban mentirosa. Ahora que me gano la vida con estas mentiras, me llaman escritora. Quizás deberíamos aferrarnos a la verdad poética. 

En El Libro de los Abrazos , Eduardo Galeano tiene un cuento corto que me encanta. Para mí, es una metáfora espléndida de lo que es la escritura: 

 Antaño, don Verídico sembró casas y gentes en tormo al boliche El Resorte para que el boliche no se quedara solo. Este sucedido sucedió, dicen que dicen en el pueblo por él nacido. Y dicen que dicen que había allí un tesoro, escondido en la casa de un viejito calandraca. Una vez por mes, el viejito, que estaba en las últimas, se levantaba de la cama y se iba a cobrar la jubilación. Aprovechando la ausencia, unos ladrones, venidos de Montevideo, le invadieron la casa. Los ladrones buscaron y rebuscaron el tesoro en cada recoveco. Lo único que encontraron fue un baúl de madera, tapado de cobijas, en un rincón del sótano. El tremendo candado que lo defendía resistió, invicto el ataque de las ganzúas. Así que se llevaron el baúl. Y cuando por fin consiguieron abrirlo, ya lejos de allí, descubrieron que el baúl estaba lleno de cartas. Eran las cartas de amor que el viejito había recibido todo a lo largo de su larga vida. Los ladrones iban a quemar las cartas. Se discutió. Finalmente decidieron devolverlas. Y de a una. Una por semana. Desde entonces, al mediodía de cada lunes, el viejito se sentaba en la loma. Allá esperaba que apareciera el cartero en el camino. No bien veía asomar el caballo, gordo de alforjas, por entre los árboles, el viejito se echaba a correr. El cartero, que ya sabía, le traía su carta en la mano. Y hasta san Pedro escuchaba los latidos de ese corazón loco de la alegría de recibir palabras de mujer. 

 ¿No es esta la esencia lúdica de la literatura? ¿Un evento transformado por la verdad poética? Los escritores son como esos ladrones buenos. Sacan algo que es real como las letras y con un truco de magia lo transforman en algo totalmente nuevo. Eso es lo mejor de escribir: encontrar tesoros escondidos, dar brillo a eventos que han perdido su atractivo, vigorizar el alma cansada con la imaginación, crear algún tipo de verdad con muchas mentiras. 

La buena ficción no es sólo el entusiasmo de la trama. En el mejor de los casos, es una invitación a explorar más allá de la apariencia de las cosas, la ficción desafiá la seguridad del lector y cuestiona la realidad. Sí, puede ser perturbadora. Pero puede ser que haya una recompensa al final. Con un poco de suerte, el autor y el lector de la mano, pueden tropezar con algunas partículas de la verdad. Sin embargo, por lo general, esa no es la intención principal del autor. El escritor sólo sufre una incontrolable necesidad de contar la historia. Créenme, es solo eso. 

 Cómo Me Convertí En Una Escritora 

 El lenguaje es esencial para un escritor, y el lenguaje es tan personal como la sangre. Yo vivo en California-en inglés-pero sólo puedo escribir en español. De hecho, todas las cosas fundamentales de mi vida pasan en español, como regañar a mis nietos, cocinar o hacer el amor. 

Y tal vez éste es el momento, en el que debo decirles cómo y por qué me convertí en escritora. 

Mi vida parece basarse en el dolor, la pérdida, el amor y la memoria. El dolor y la pérdida son los maestros; me hacen crecer. El amor me ayuda a soportar y me da alegría. (¡Sé que suena cursi!) La memoria es la materia prima de todos mis escritos. 

Yo nací durante la Segunda Guerra Mundial. (Me veo bien para mi edad, ¿no? Cuesta mucho trabajo y dinero.) Sí, soy una bruja, una reliquia de las pirámides, pero todavía no estoy totalmente senil. Me crié en una familia patriarcal, donde mi abuelo era considerado primero después de Dios Todopoderoso. Mi madre, en contra de su voluntad, se casó con el hombre equivocado: mi padre. Durante su luna de miel, en un crucero en el Pacífico, el novio estaba constantemente mareado, sin embargo se las arreglaron para concebirme. Durante los siguientes tres años, mis padres estuvieron separados la mayor parte del tiempo, pero en los cortos períodos que pasaron juntos tuvieron dos hijos más. (La fertilidad corre en mi familia. Tengo la suerte de haber llegado a la adultez en la época de la píldora.) 

El matrimonio de mis padres fue un desastre desde el principio. Un día, cerca de mi tercer cumpleaños, mi padre fue a comprar cigarrillos y nunca volvió. Esa fue la primera gran perdida de mi vida, y quizás es por eso no puedo escribir sobre padres. Hay tantos niños abandonados en mis libros que yo podría abrir un orfanato. Mi padre dejó a mi madre abandonada en un país extranjero con tres niños pequeños. Para empeorar las cosas, no existía el divorcio en Chile. Es el único país de la galaxia sin divorcio. [El divorcio en Chile fue legalizado finalmente en el 2004.] De alguna manera, mi madre se las arregló para anular su matrimonio, y por lo tanto se convirtió en madre soltera con tres hijos ilegítimos. No tenía dinero, educación ni preparación para trabajar. Su única opción fue regresar a casa de su padre en busca de ayuda. 

La casa de mis abuelos, donde pasé mi infancia, estaba habitada por mascotas salvajes, seres humanos extraños y fantasmas benévolos. Mi abuela era una mujer encantadora que tenía muy poco interés en el mundo material y pasó la mayor parte de su tiempo experimentando con la telepatía y hablando con las almas de los muertos en sesiones de espiritismo. Esta señora clarividente, que podía mover objetos sin tocarlos, me sirvió de modelo para Clara del Valle en mi primera novela, La Casa de los Espíritus. Ella murió hace mucho tiempo, a una edad temprana, pero como mi hija Paula, es una presencia constante en mi vida. 

Mi abuelo, un vasco sólido, tenaz y fuerte como una mula, me dio el don de la disciplina. Podía recordar cientos de cuentos populares y largos poemas épicos, hablaba usando proverbios. Vivió casi un siglo, y durante la última parte de su vida leyó la Biblia muchas veces de cabo a rabo y la Enciclopedia Británica de la A a la Z. Él me dio el amor por el lenguaje y las historias. 

En mi familia, la felicidad era irrelevante. Mis abuelos se habrían quedado atónitos al saber que la gente realmente gasta dinero en terapia para superar su infelicidad. Para ellos la vida era naturalmente dolorosa y suponer lo contrario era una tontería. La satisfacción provenía de hacer lo correcto, de la familia, el honor, el servicio, el aprendizaje, y la capacidad de aguante. Por supuesto, la alegría estaba presente en muchas formas en nuestras vidas y el amor no era la última entre ellas, pero nunca hablábamos del amor, hubiera sido muy embarazoso. Los sentimientos fluían en silencio. No había muchas caricias o besos; los niños no eran elogiados ni consentidos, no se consideraba saludable. La apariencia física y las funciones del cuerpo eran ignoradas. Era un delito de mal gusto hablar de religión, política, salud, y sobre todo, de dinero. Mi familia practicaba la caridad en abundancia y con discreción. La generosidad no era una virtud, era un deber, nada de lo cual jactarse.

Infancia y Rebelión 

Mi madre no sólo era hermosa, era también vulnerable y lloraba todo el tiempo, lo que resultaba muy atractivo, ya que a su lado cualquier hombre se sentía fuerte. Tuvo muchos pretendientes, pero terminó casándose con el más feo de todos. Mi padrastro se parecía a una rana, pero con el tiempo se convirtió en un príncipe y ahora puedo jurar que es casi guapo. Tiene un corazón noble, pero es tan patriarcal como mi abuelo y no tuve más remedio que luchar contra él. La rebelión era la única manera de sobrevivir para una niña en mi familia.

Mi padrastro era diplomático y poco después de que entró en nuestras vidas empezamos a viajar. En l958 estábamos viviendo en Líbano. Ese año marcó el comienzo de la violencia política que eventualmente destruiría al país. Mis hermanos y yo fuimos enviados de vuelta a Chile y terminamos viviendo de nuevo en el hogar de mi abuelo. Yo tenía quince años y estaba tan cansada de decir adiós a lugares y personas que decidí que iba a plantar mis raíces en Chile y no volvería a viajar más. 

En mi infancia vi a mi madre como una víctima. Las únicas veces que recibía atención era cuando estaba enferma, por lo tanto se enfermaba mucho. Obviamente, yo no quería ser como ella, quería ser como mi abuelo. Casi lo conseguí, pero cerca de mi duodécimo cumpleaños la naturaleza me traicionó y dos uvas aparecieron en mi pecho. De la noche a la mañana pasé de ser una chiquilla recia, a ser una niña insegura con granos y sin cintura, cuya principal preocupación era ser amada por el sexo opuesto. Yo no tenía buena de materia prima: era baja y de mal carácter. No podía ocultar mi desprecio por la mayoría de los niños varones, porque me parecía obvio que yo era más inteligente. Me tomó años aprender a hacerme la tonta para que los hombres se sientan superiores. 

Fui la adolescente más infeliz de la historia de la humanidad. Me odiaba a mí misma. Pensé convertirme en monja para ocultar el hecho de que nunca iba a atraer a un marido, así es que pueden imaginar mi sorpresa y deleite cuando el primer muchacho que se fijó en mí me propuso matrimonio. Yo tenía apenas quince años y ya estaba tan desesperada que me aferré a él como un cangrejo. Me casé a los diecinueve años, a los veintitrés ya tenía dos hijos, y permanecí casada durante veinticinco eternos años. Los primeros quince años fueron felices, estábamos muy enamorados y nuestros hijos, Paula y Nicolás, eran maravillosos. Durante un tiempo todo fue perfecto. Tenía éxito como periodista y me conocían por mis columnas de humor feminista y programas de televisión.

Fui criada para seguir los pasos de mi madre, recuerden que eran los años sesenta y sesenta. Lo ideal como mujer habría sido que ignorar cualquier ambición personal, controlar el enojo, reprimir la imaginación y negar la sexualidad sexualidad, pero eso nunca me funciono. 

Durante mi juventud en Chile trabajé de periodista y también escribí obras de teatro y cuentos infantiles. Siempre quise ser escritora, pero era algo casi impensable para una mujer en ese momento y en ese entorno. Las mujeres de mi generación en Chile no debían ser creativas o exitosas, ese era el destino de los hombres. Se suponía que deberíamos ser damas, comportarnos apropiadamente, ser muys buenas madres, buenas esposas, y buenas ciudadanas (créanme que yo lo fui). Pero yo había adquirido el vicio de contar historias a una edad muy temprana. Mi madre dice que apenas aprendí a hablar ya estaba torturando a mis pobres hermanos con cuentos morbosos que llenaron sus días con terror y sus sueños con pesadillas. Más tarde, mis hijos tuvieron que pasar por el mismo calvario. He estado contando historias desde que tengo memoria, pero no me convertí en una escritora de ficción hasta casi los cuarenta años, porque antes carecía de confianza en mí misma, y estaba demasiado ocupada criando a una familia y trabajando para sobrevivir. 

La Vida En El Exilio 

La primera parte de mi vida terminó el 11 de septiembre de 1973. Ese día hubo un brutal golpe militar en Chile. El Presidente Salvador Allende, el primer presidente socialista elegido democráticamente, murió. En unas pocas horas, un siglo de democracia terminó en mi país y fue sustituido por un régimen basado en el terror. Miles fueron arrestados, torturados o asesinados. Muchos desaparecieron y sus cuerpos nunca fueron encontrados. La familia Allende huyó y los que estaban en el extranjero no pudieron regresar. Yo fui la última en irme. Me quedé hasta que no pude soportarlo más; en 1975, me fui con mi marido y nuestros hijos. 

Nos fuimos a Venezuela, un país verde y generoso. Era la época del auge del petróleo, cuando el oro negro fluía de la tierra como un río inagotable de riqueza. Sin embargo, yo no fui capaz de ver el encanto de Venezuela, estaba paralizada por la nostalgia, siempre mirando hacia el sur, esperando el fin de la dictadura. Me tomó muchos años superar el trauma del exilio, pero tuve suerte, porque encontré algo que me salvó de la desesperación: la literatura. Francamente, creo que no me habría convertido en escritora, si no me hubiera visto obligada a dejar todo y comenzar de nuevo. Si no hubiera sido por el golpe de estado, habría permanecido en Chile, seguiría siendo periodista, y probablemente una periodista feliz. En el exilio, la literatura me dio una voz, rescató mis recuerdos de la maldición del olvido y me permitió crear mi propio universo. 

Una Carta Espiritual 


 Mi destino cambió el 8 de enero de l981. Ese día, recibimos una llamada telefónica en Caracas diciendo que mi abuelo se estaba muriendo. No podía volver a Chile para despedirme de él, así que esa noche comencé una especie de carta espiritual para ese amado viejo. Supuse que no iba a vivir para leerla, pero eso no me detuvo. Escribí la primera frase como en trance: "Barrabás llegó a la familia por vía marítima." ¿Quién era Barrabás, por qué vino por vía marítima? No tenía ni la más remota idea, pero continué escribiendo como una loca hasta el amanecer, cuando el agotamiento me venció y gateé hasta mi cama. "¿Qué estabas haciendo?" murmuró mi marido. "Magia", le contesté. Y de hecho, fue magia. A la noche siguiente después de la cena, de nuevo me encerré en la cocina para escribir. Escribía todas las noches, haciendo caso omiso al hecho de que mi abuelo había muerto. El texto creció como un gigantesco organismo con muchos tentáculos, y para fin de año tenía quinientas páginas en el mostrador de la cocina. Ya no parecía una carta. Mi primera novela, La Casa de los Espíritus, había nacido. Había encontrado la única cosa que realmente quería hacer: escribir historias. 

Todavía no podía volver a Chile, la dictadura militar duraría diecisiete años. En l983 publiqué otra novela, De Amor y De Sombra, basada en un crimen político cometido en Chile, y dos años después la tercera, Eva Luna, un libro muy importante para mí, porque es la vida de una narradora, mi alter ego. Fue seguido por Cuentos de Eva Luna, una colección de veintitrés cuentos, todos sobre el amor, aunque a veces el amor es tan retorcido que es difícil reconocerlo. 

Mientras tanto, la relación con mi marido se había deteriorado por completo. Estábamos en Venezuela y no en Chile, así que pudimos divorciarnos. Fue un divorcio amistoso.

Amor, Lujuria y Romance 

 Esta es la parte donde debo hablar de mi intimidad y sobre el romanticismo.

Mis libros me obligan a viajar con frecuencia. Mi karma es ir de un lugar a otro, como una peregrina errante. En l987, cuando todavía vivía en Venezuela, hice una gira de conferencias que me llevó desde Islandia a Puerto Rico y a muchos climas entre medio, hasta que terminé en el norte de California. Nunca hubiera sospechado que ahí mi existencia cambiaría de nuevo. Conocí al hombre destinado para mi, como diría mi madre, un abogado estadounidense llamado William Gordon, al que me presentaron como el último soltero heterosexual en San Francisco. Willie había leído mi segunda novela y le gusto. Cuando me vio, sin embargo, se debe haber sentido decepcionado, porque le gustan las rubias altas. 

Después de mi discurso fuimos invitados a una cena en un restaurante italiano. Había luna llena y Frank Sinatra cantaba "Strangers in the Night"(Extraños en la Noche), el tipo de cosas que arruinaría una novela. Willie estaba sentado frente a mí, observándome con una expresión de desconcierto. La combinación de Frank Sinatra y los espaguetis tutto mare tuvieron un efecto predecible en mí: y cai en estado de lujuria. Había estado viviendo en castidad por un largo plazo, dos semanas o tres semanas si mal no recuerdo, así es que tomé la iniciativa. Le pedí que me contara sobre su vida. ¡Este truco siempre funciona, señoras! Pídanle a cualquier hombre que hable de sí mismo y finjan escuchar mientras se relajan y disfrutan de la comida, y el terminará convencido de que está frente a una mujer inteligente y sexy. En este caso, sin embargo, no tuve que fingir, porque me había topado con una de esas raras joyas que los narradores siempre están buscando. ¡La vida de ese hombre era una novela! Así es que hice lo que toda escritora latinoamericana normal habría hecho: casarse con el hombre para conseguir la historia. Bueno, no me casé con él de inmediato, fue necesario algo de manipulación.

Primero, me invitó a su casa.Yo esperaba una noche romántica en el ático de un divorciado con vista al puente Golden Gate, jazz suave, champaña y salmón ahumado. No hubo nada de eso. Había tanta caca de perro en el garaje, que debió dar marcha atrás para que yo pudiera salir del coche. Su hijo menor, un malcriado de diez años, nos recibió con balas de goma. El perro, un golden retriever tan hiperactivo como el niño, colocó sus patas embarradas en mis hombros y me lamió la cara. Había otras mascotas también: un par de ratas locas en una jaula sucia, masticándose las colas una a la otra, y peces muertos flotando en las aguas fangosas de una pecera. No me inmuté. La lujuria tiene ese efecto en algunas personas: les da una actitud heroica. Me gustó el hombre y quería escuchar el resto de su historia. Sirvió un pollo quemado, bebimos vino barato de California, y el resto lo pasaré por alto. Al día siguiente, cuando me llevó al aeropuerto, le pregunté cortésmente si teníamos algún tipo de compromiso. Se puso tan pálido y sus manos temblaban tanto, que tuvo que detener el coche. Yo no sabía que jamás se menciona la palabra “compromiso” adelante de una mericano. "¡De qué estás hablando, nos acabamos de conocer!", murmuró aterrorizado. "Tengo cuarenta y cinco años y no tengo tiempo que perder", le dije. "Necesito saber si esta cosa va en serio o no." "¿Qué cosa?", preguntó desconcertado. 

Ese día tomé el avión, pero una semana más tarde estaba de vuelta sin invitación. Me mudé a su casa y seis meses después tuvo que casarse conmigo porque lo puse entre la espada y la pared. 

Sí, escribí sobre la vida de Willie, después de todo. El libro se llama El plan infinitos, y es la historia de un hombre imperfecto con un gran corazón. 

Willie y yo hemos estado juntos por muchos años y nuestro amor ha sobrevivido muchos altos y bajos, grandes éxitos y grandes pérdidas. 

Paula 

En diciembre de 1991, mi hija Paula, que tenía una rara condición genética llamada porfiria, cayó en coma en España. La negligencia en la unidad de cuidados intensivos le provocó severo daño cerebral y ella terminó en estado vegetativo. La llevamos a nuestra casa en California y la cuidamos hasta que murió en mis brazos, un año después. La larga agonía de Paula fue un calvario para nuestra familia. Las cosas fueron de mal en peor, cuando unos meses después la hija de Willie, Jennifer, murió de una sobredosis. Dicen que no hay dolor más grande que perder un hijo. Pero el dolor que compartíamos Willie y yo, no nos hizo sentirnos más cerca. Somos gente fuerte y testaruda, y supongo que no podíamos admitir que teníamos el carozaón roto.. Nos llevo a los dos mucho tiempo y terapia para poder abrazarnos y de llorar juntos. 

Después de la muerte de Paula, la escritura fue la única cosa que me mantuvo relativamente cuerda. El dolor fue un largo viaje a los infiernos, fue como caminar sola en un túnel oscuro. Mi manera de recorrer el túnel fue escribiendo. Cada mañana me arrastraba de la cama y me iba a mi oficina, encendía una vela delante de la foto de Paula, prendía la computadora, y empezaba a llorar. A menudo, el dolor era insoportable y me quedaba mirando la pantalla durante horas, incapaz de escribir una sola palabra. Otras veces, las frases fluían, como dictadas desde el más allá por la misma Paula. Un año más tarde llegué al final del túnel, pude ver la luz y descubrí, asombrada, que había escrito otro libro y que ya no rezaba para morir. Quería vivir. 

Mi libro Paula es una biografía—la trágica muerte prematura de una joven—pero es sobre todo, una celebración de la vida. Dos historias se entrelazan en estas páginas: la de mi hija Paula y mi propio destino aventurera. Su larga agonía me dio una oportunidad única para revisar mi pasado. Durante todo un año, mi vida se detuvo por completo, no había nada para hacer, sólo esperar y recordar. De a poco, aprendí a ver los patrones de mi existencia y me hice las preguntas fundamentales: ¿Qué hay del otro lado de la vida? ¿Es solo noche, silencio y soledad? ¿Qué queda cuando no hay más deseos, recuerdos, o esperanza? 

La Escritura Como Terapia 

Después de que terminé Paula, no pude escribir ficción durante casi tres años; pensé que mi manantial de historias y la necesidad de contarlas se habían secado para siempre. Y entonces me acordé de que soy periodista y si me dan un tema y tiempo para investigar, puedo escribir sobre casi cualquier cosa. (Bueno, no sobre deporte o política.) Elegí un tema tan alejado del dolor como fue posible y terminé escribiendo Afrodita, una divagación sobre la lujuria y la gula, los únicos pecados mortales que valen la pena.

La investigación para este libro, realizada principalmente en las tiendas de pornografía de Castro, el barrio gay de San Francisco, me sacó de la depresión y me hizo regresar al cuerpo. El primer síntoma fue un sueño erótico. Soñé que ponía a Antonio Banderas desnudo en una tortilla mexicana, lo untaba con guacamole y salsa, lo enrollaba, y me lo comía.

La terapia de escribir sobre la comida y el amor funcionó y poco después de publicar Afrodita, empecé una novela sobre la fiebre del oro de California, llamada Hija de la Fortuna. Es la historia de Eliza Sommers, una joven huérfana criada por una familia británica en el puerto chileno de Valparaíso a mediados del siglo diecinueve. A los dieciséis años, Eliza sigue a su amante a California, a donde él ha ido a buscar fortuna en la fiebre del oro. Pensé que estaba escribiendo una historia de amor, pero en realidad esta novela es sobre la libertad, un tema recurrente en mi vida. Al igual que Eliza Sommers, yo decidí a una edad temprana que iba a encontrar mi propio camino. Eso me hizo feminista en un momento y en un lugar, donde el feminismo era equivalente a estar poseído por el demonio. 

Después vino Retrato en Sepia, que transcurre en Chile durante la segunda mitad del siglo diecinueve. Es la historia de Aurora del Valle, la nieta de Eliza Sommers. Aunque no es la segunda parte-se puede leer en forma independiente-el libro junta a varios personajes de Hija de la Fortuna y de mi primera novela, La Casa de los Espíritus. (Estos tres libros pueden ser considerados una trilogía.) Aurora del Valle sufre un trauma a una edad muy temprana y bloquea su pasado: no puede recordar nada de sus primeros años. Su misión es desentrañar los misterios de su vida y los secretos de su familia. Retrato en Sepia es una novela sobre la memoria, un tema, como la libertad, que es relevante en mi propia vida. Siempre he estado viajando; en realidad no pertenezco a ningún lugar, por eso mis raíces están en mi memoria. Cada libro es un viaje hacia el pasado, al alma, y a la memoria.

Una novela histórica es un proyecto fascinante. Mientras escribía las novelas de esta trilogía, me metí en una máquina del tiempo y me fui al 1848, y luego avancé hasta llegar a 1973-un lapso de más de cien años. ¿Se imaginan cuánta investigación fue necesaria?

En el 2001, escribí una novela para niños y jóvenes: La Ciudad de las Bestias. ¡Fue tan divertido! Es la historia de Alexander Cold, un muchacho americano de quince años, quien se va de viaje al Amazonas, donde conoce a una extraña chica llamada Nadia Santos. Juntos viven una aventura mágica entre indios de la Edad de Piedra. (Fue seguido por dos libros más con los mismos protagonistas: El Reino del Dragón de Oro y el Bosque de los Pigmeos.) 

Toda ficción es en última instancia autobiográfica. Escribo sobre el amor y la violencia, sobre la muerte y la redención, sobre mujeres fuertes y padres ausentes, sobre la supervivencia. La mayoría de mis personajes son seres marginales, no están protegidos por la sociedad, son poco convencionales, irrespetuosos, desafiantes.

Para obtener información sobre los libros mencionados, por favor diríjanse a La Línea de Tiempo] 

Por Qué Escribo 

Este es un resumen de mi vida y de mi trabajo. No crean todo lo que digo-tiendo a exagerar un poco, pero siempre me aferro a la verdad poética, como los ladrones en la historia de Eduardo Galeano sobre el viejo y las cartas. ¿Recuerdan? De todos modos, las cosas realmente importantes no están en mi currículum, han pasado casi inadvertidas en las cámaras secretas del corazón. Soy una escritora, porque nací con buen oído para las historias y tuve una infancia infeliz y una familia extraña. (Con parientes tan raros como los míos no hay necesidad de inventar nada, ellos solos proporcionan material suficiente para el realismo mágico). La literatura me ha definido. Palabra por palabra, página tras página, me he transformado en esta persona exagerada y extravagante que soy. 

En los últimos veinte años, he aprendido que sólo una cosa es segura: nada me alegra más que escribir. Me hace sentir joven, fuerte, poderosa y feliz. Es tan estimulante como hacer el amor con el amante perfecto,( lo cual es casi imposible a mi edad.)

Las novelas están hechas del tejido de la vida. Una novela es una proyecto largo y paciente, como bordar un tapiz de muchos hilos y colores. Trabajo por instinto, sin saber muy bien lo que estoy haciendo, hasta que un día lo doy vuelta y miro el diseño. Realmente nunca termino un libro, llega un punto en que simplemente me doy por vencida. Siempre hay más que decir: otra vuelta de tuerca en la trama, otro personaje sorprendente, más que se podría cambiar, editar, ó profundizar. Los personajes son seres vivos, con su propio destino, y mi trabajo consiste en permitirles que cuenten sus historias. Disfruto del proceso de escribir, sin pensar mucho en el resultado final, eso le corresponde a mis agentes y editores ".

Me encanta el tiempo que paso sola y en silencio en mi estudio: semanas añadiendo detalles para crear el mundo único de la historia, meses permitíendole a los personajes que crezcan y hablen por sí mismos, años tratando de entender sus motivaciones y sus pasiones. Una novela requiere pasión, paciencia y dedicación. Es un compromiso total, como enamorarse. El primer impulso que dispara la escritura es siempre una emoción profunda que ha estado en mí por mucho tiempo. El tiempo me permite entender mejor el tema, me da suficiente distancia, ambigüedad y hasta ironía para narrar. Es difícil escribir en el centro del huracán; es preferible recrear la historia después de que los furiosos vientos hayan pasado y entonces puedo comprender el significado de los escombros. Lucha, pérdida, confusión, memoria-estas son las materias primas de mi escritura.

Para mí, la vida se convierte en realidad cuando escribo sobre ella. Lo que no escribo, es borrado por el viento del olvido. Olvido mucho, mi mente me traiciona. No puedo recordar lugares, nombres, fechas, o caras, pero nunca olvido una buena historia o un sueño significativo. La escritura es una introspección silenciosa, un viaje a las oscuras cavernas de la memoria y de el alma. La ficción, como la memoria, va desde revelación a revelación. 

Escribo porque necesito recordar y superar. Es a partir de la memoria y un sentimiento de pérdida que la pasión de crear surge. Cada libro es un acto de amor, una ofrenda que preparo con gran cuidado, con la esperanza de que será bien recibida. 

2 ago. 2013

PAULA

“Allende es una novelista fascinante que adquiere aquí un doble desafío. Escribiendo literatura no novelesca por primera vez, ella entreteje la historia de su propia vida con la lenta muerte de su hija de 28 años de edad, Paula. Haciendo magia con las palabras, Allende hace de este escenario sombrío un encuentro maravilloso con los dolores más íntimos y las alegrías de otro ser humano.”
 —Publishers Weekly

 “Este es el mejor y más mágico trabajo de Allende. Ella va a través del tiempo, equilibrando la toxicidad del amor y los momentos mágicos en el pasado de su familia con la desesperante incurabilidad del coma de Paula. Los recuerdos son vivos e imaginativos: 'En casa de mi abuelo, que era tan larga como un ferrocarril', recuerda ella, 'las paredes eran tan finas que nuestros sueños se entremezclaban a la noche.'”
 —The Seattle Times

“Paula es más que una autobiografía; se trata de una madre desnudando su alma al espíritu de su amada hija mientras se enfrenta con sus miedos más íntimos … la aceptación de Allende de la magia y su convivencia con la realidad … le permite contar esta historia con toda la fuerza de su privilegiada voz. Ella escribe sobre su tragedia personal mientras sigue haciendo un hechizo de encantamiento. El poder de este libro es sobre la aceptación de Allende de la realidad en tanto ella aprende a aceptar la muerte de su hija y es transformada por esto.” 
—The Oregonian


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