Seguidores

7 abr. 2013

La difícil indulgencia

Bernard Fougéres
Al pensar que perdonar me vuelve superior a quien me ofendió, falseo la esencia de la indulgencia. Debe existir igualdad entre ofensor y ofendido dentro del mismo humanismo. Me interesa el perdón más allá de las religiones. La filosofía de Kant, al considerar un acto como bueno cuando pueda convertirse en ley universal, me seduce tanto como su imperativo categórico (hazlo porque sí). Recuerdo de mi adolescencia el teatro de Corneille. “Soyons amis, Cinna, c´est moi qui t´en convie” (Seamos amigos, Cinna, yo te lo propongo; aprende conmigo a vencer tu rencor). Mis padres me educaron dentro del catolicismo al que abandoné luego, pero del que sigo apreciando el abrazo de paz o aquella frasecita del padrenuestro: “Perdónanos nuestras ofensas como perdonamos a quienes nos ofendieron”. No es simple oración sino precepto de vida. 

Puedo afirmar que siempre perdoné sin obtener otra recompensa que la de sentirme a gusto con mi conciencia. No hay gloria más grande que recuperar a quien, con o sin motivo se ha enemistado. Me sucedió con Pancho Jaime cuando lo visité en la cárcel para ver de qué modo podía ayudar a su familia, no dejé ningún hilo suelto ni mastiqué ofensas del remoto pasado. Cumplí con mi deber y fue dulce la tarea. Tengo mil y un defectos, mas aborrezco las expresiones del tipo “no dar el brazo a torcer”, “el que la hace me la paga” de la rapera Milka. Adopto lo de Gandhi: “Ojo por ojo, al final el mundo acabará ciego”. La famosa ley del talión me incomoda. Humoristas como Bonil (“Cuando puedes adjetivar tus deficiencias, recién puedes reírte”) me entienden. Roque Maldonado también: “Puedo sufrir a gusto la desesperación existencial, repantigado entre el polvo sin memoria y los fulgores mineralógicos del ser o no ser”. Se mofaron ambos de la solemnidad intelectual con desenfadada finura. “Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir” (Tomás del Pelo). El humor puede ser más preciso que la cuchilla del cirujano, más profundo que un editorial. El entrañable Bonil sabe perdonar, por eso, presumo, me soporta como amigo. Perdonar es refaccionar el corazón. ensancharlo. Lo malo de las pasiones es que nos enardecen hasta provocar ceguera. Muchos siguieron con pasión enardecida el avance del cáncer de Hugo Chávez, así como otros esperaron, buitres desbocados, el asesinato de Gadafi. El humanismo auténtico jamás podría desear la muerte de un ser humano por más diferencias que puedan existir. 

Saddam Hussein frente a la horca dijo: “No tengan miedo, es allá adonde todos vamos. Iremos al cielo, nuestros enemigos se pudrirán en el infierno”. No sabía de humor ni de perdón pero sí algo de filosofía. El desquite envenena nuestra vida. Aprendamos a perdonar: la magnanimidad es noble forma de crecer. “Solo aquel que es bastante fuerte para perdonar sabe amar” (Gandhi). Por más que intentemos convertirnos en seres humanos entrañables habrá siempre dentro de nosotros facetas ariscas, ásperas, susceptibles de atraernos enemistades o antipatías. Si todos nos quisieran seríamos santos del calendario. Lo importante no es ser amado sino dar los primeros pasos hacia la mutua comprensión.

No hay comentarios:

Visitas