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7 abr. 2013

Pensamientos sin costura

Bernard Fougéres

Por más bajo que voló, la balletista alcanzó el cielo, la vistieron de cisne, le inyectaron poesía, se murió de muerte sobrenatural. A veces estamos tan anclados en nuestro propio te quiero que no logramos escuchar el que nos susurra el ser amado. Venus se desnudó cuando se dio cuenta de que no podía más esconder su ropa. Si yo fuera de bronce no se escamaría mi piel; si fuera de arena, el mar me habría borrado. Tuve que escoger entre obra y arte: me fue mal en ambos casos. Quizás por enamorarnos de la luz no intuimos lo que esconde la sombra. El masoquismo es prurito de desesperanza, no de desesperación. Anhelo avanzar pero me siguen halando desde el pasado. Una cosa es recibir la luz, otra es ser atropellado por ella. Si te gusta llorar sangre acostúmbrate a ver el mundo en un solo color. Ser esclavo de alguien puede volverse glorioso, pero ser esclavo de uno mismo suele ser un infierno. Cuando uno se siente mal amado se le desdibuja el mundo, cada ventana esconde una pared ¿Qué podemos hacer para recuperar aquella alma que un buen día saquearon? Ayer fue para mí un día de perros pero al menos aprendí a ladrar. 

Por una célula que explota millones intentan sobrevivir. El erotismo es cuando uno hace girar el motor de la sensualidad hasta alcanzar la zona roja del dial. El silencio de Dios nos permite inventar sus respuestas. Excesiva calma puede ser muerte prematura. Cuando el amor humano llega al rojo vivo puede desafiar a los dioses: de aquello murió Orfeo. Quienes perdieron el uso de sus manos no se complican con angustias existenciales. Extravié el camino por seguir creyendo en Pulgarcito. ¡Qué hermoso es el erotismo cuando la desnudez se viste de poesía! 

Ser agnóstico es no tener a nadie a quien agradecer el don maravilloso de la conciencia; quizás resulta más intenso seguir buscando a Dios por caminos donde ni los lobos se atreven que instalarse en la fe como en una cómoda hamaca. Se puede amar a alguien sin haberlo visto jamás, solo así se explica la suerte de los creyentes. Se viró la torta de los reyes magos: Su Majestad don Juan Carlos llegó a ser rey mas perdió la magia en el camino pues sabemos que los monarcas y los de la jet set van al baño como cualquier mortal. En el corazón solo está de paso la sangre, depende de nosotros que fluya con prisa o con serenidad. Cada nube cargada de lluvia lleva un filo de luz porque al sol le gusta jugar a las escondidas. Culminar el acto amoroso es como morir de una muerte de mentiras: el orgasmo sigue siendo placer en cortocircuito. A ella, a quien sigo diciendo usted, la recuerdo hasta la madrugada en que se despidió con un gesto de la mano, desapareció entre aquellas olas que van y vienen sin devolver jamás lo que para siempre perdimos. 
¿Será que veo mal o es que Dios está retocando lo que daba por creado?

La difícil indulgencia

Bernard Fougéres
Al pensar que perdonar me vuelve superior a quien me ofendió, falseo la esencia de la indulgencia. Debe existir igualdad entre ofensor y ofendido dentro del mismo humanismo. Me interesa el perdón más allá de las religiones. La filosofía de Kant, al considerar un acto como bueno cuando pueda convertirse en ley universal, me seduce tanto como su imperativo categórico (hazlo porque sí). Recuerdo de mi adolescencia el teatro de Corneille. “Soyons amis, Cinna, c´est moi qui t´en convie” (Seamos amigos, Cinna, yo te lo propongo; aprende conmigo a vencer tu rencor). Mis padres me educaron dentro del catolicismo al que abandoné luego, pero del que sigo apreciando el abrazo de paz o aquella frasecita del padrenuestro: “Perdónanos nuestras ofensas como perdonamos a quienes nos ofendieron”. No es simple oración sino precepto de vida. 

Puedo afirmar que siempre perdoné sin obtener otra recompensa que la de sentirme a gusto con mi conciencia. No hay gloria más grande que recuperar a quien, con o sin motivo se ha enemistado. Me sucedió con Pancho Jaime cuando lo visité en la cárcel para ver de qué modo podía ayudar a su familia, no dejé ningún hilo suelto ni mastiqué ofensas del remoto pasado. Cumplí con mi deber y fue dulce la tarea. Tengo mil y un defectos, mas aborrezco las expresiones del tipo “no dar el brazo a torcer”, “el que la hace me la paga” de la rapera Milka. Adopto lo de Gandhi: “Ojo por ojo, al final el mundo acabará ciego”. La famosa ley del talión me incomoda. Humoristas como Bonil (“Cuando puedes adjetivar tus deficiencias, recién puedes reírte”) me entienden. Roque Maldonado también: “Puedo sufrir a gusto la desesperación existencial, repantigado entre el polvo sin memoria y los fulgores mineralógicos del ser o no ser”. Se mofaron ambos de la solemnidad intelectual con desenfadada finura. “Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir” (Tomás del Pelo). El humor puede ser más preciso que la cuchilla del cirujano, más profundo que un editorial. El entrañable Bonil sabe perdonar, por eso, presumo, me soporta como amigo. Perdonar es refaccionar el corazón. ensancharlo. Lo malo de las pasiones es que nos enardecen hasta provocar ceguera. Muchos siguieron con pasión enardecida el avance del cáncer de Hugo Chávez, así como otros esperaron, buitres desbocados, el asesinato de Gadafi. El humanismo auténtico jamás podría desear la muerte de un ser humano por más diferencias que puedan existir. 

Saddam Hussein frente a la horca dijo: “No tengan miedo, es allá adonde todos vamos. Iremos al cielo, nuestros enemigos se pudrirán en el infierno”. No sabía de humor ni de perdón pero sí algo de filosofía. El desquite envenena nuestra vida. Aprendamos a perdonar: la magnanimidad es noble forma de crecer. “Solo aquel que es bastante fuerte para perdonar sabe amar” (Gandhi). Por más que intentemos convertirnos en seres humanos entrañables habrá siempre dentro de nosotros facetas ariscas, ásperas, susceptibles de atraernos enemistades o antipatías. Si todos nos quisieran seríamos santos del calendario. Lo importante no es ser amado sino dar los primeros pasos hacia la mutua comprensión.

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