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4 mar. 2012

La verdad inalcanzable

domingo 04 de marzo del 2012
Bernard Fougéres
bernardf@telconet.net

La verdad inalcanzable

“Lo que somos lo podemos transmitir, lo que aparentamos no”, dijo María Zambrano, de ahí mi arduo, no siempre cumplido afán de armonizar mi vida con lo que escribo. Me preguntan por qué cito tanto, ¿será por esa pila de libros que moran al pie de mi cama, frases que tiño de verde con marcador cuando la verdad pide paso? Actualmente estoy inmerso en quienes me guían en la búsqueda de la esquiva certeza. Soy lo que Marcel Duchamp llamaba “un respirador apasionado”. Están María Zambrano y Emile Cioran (“¿Por qué nos agitamos tanto para volver a ser lo que éramos antes de ser”), Miguel Donoso Pareja siempre, sobre todo Peter Sloterdijk denunciando la crisis del humanismo convertido en “una falsa conciencia ilustrada” siendo posiblemente válida la actitud del “cínico coherente” (Normas para el Parque Humano). Más importante que el humanismo es la lucidez: pensar en lo peor hasta la últimas consecuencias pero picoteando fragmentos de felicidad. Cuando degusto en cata ciega, ojos cerrados, un beso amoroso, un Merlot superlativo, un filete miñón, no pienso en inepcias metafísicas. En cambio quien busca a como dé lugar el sustento de la familia no elucubra manarradas, hasta su crimen se puede comprender aunque se lo condene. La palabra justificar es ambigua, no creo en la justicia. Este siglo vive entre un televisor, un auto, un centro comercial que muchos seres anónimos nunca pisaron. Padre nuestro no nos dejes caer en la tentación y libéranos del mall.

No cito por citar, mastico lo que pueda pacificar nuestra ansia de certezas en la diaria vida. Quienes se apegan a cualquier religión no suelen indagar otras posibilidades, se consideran dueños de todas. La cultura puede ser inmensa aunque practica farsa. La ansiedad de sentirnos mortales entre nacer y morir es la única realidad, no hay angustia que dure cien años sino paréntesis de placer amoroso, gastronómico, musical, deportivo (¡gooooool!), religioso (el inefable consuelo de la liturgia, el autocastigo, la vida eterna). Se publicó recién un libro apasionante acerca de Albert Camus: El existencialista hastiado por Howard Mumma. Estas conversaciones con el escritor echaron tierra sobre lo que me habían enseñado de él. Me topé con un Camus que un buen día entró en una iglesia “para buscar algo que yo no tenía, algo que ni siquiera me sentía capaz de definir”. Honro hasta no poder a todo ser que investiga, busca, rasguña las paredes de lo absurdo hasta perder la razón en el asunto. Respeto a mis numerosas amigas (os) poetas suicidas: “Mis ojos tienen 20 años y no me dicen nada. He consumido mi vida en un instante. Recuerdo cuando era niña, es decir ayer, es decir hace siglos”. (A. Pizarnik). La farra no es panacea, pues no resulta fácil siempre tener 18 años: “Tan cansada de estar aquí con todos estos miedos sin infancia” (Carolina Patiño).

Los libros despiden su olor, mojamos un dedo, damos vuelta a sus páginas, penetramos en el mundo de quienes buscaron la esquiva certidumbre con cola de sirena, cuerpo de mujer, la de tantos siglos amarrados a las mismas preguntas frente a una divinidad callada.

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