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20 jul. 2010

Una reflexión sobre el próximo Premio Nacional de Literatura

Una reflexión sobre el próximo Premio Nacional de Literatura
Un país sin identidad exige a sus escritores triunfos en el exterior como condición para otorgarles reconocimiento. Lo experimentaron la Mistral, Neruda, Huidobro, Bolaño y ahora Isabel Allende
Arturo Alejandro Muñoz | Para Kaos en la Red | Hoy a las 2:21 |
www.kaosenlared.net/noticia/reflexion-sobre-proximo-premio-nacional-literatura
ESTA LITERATURA NUESTRA de las últimas siete décadas, que tomó del brazo al país y lo guió en su andar histórico mostrando de forma esquiva sus virtudes para que sus carencias no fuesen descubiertas, sufre hoy un nuevo vendaval que la sacude.

¿Merece o no merece el Premio Nacional de Literatura la escritora Isabel Allende? ¿Qué tan importante puede ser –o llegar a serlo- ese mentado premio que, por cierto, para las grandes casas editoriales europeas y norteamericanas carece de peso específico, tanto como para el público lector que habita en otros continentes?

En Chile, letras y patria, nación y versos, han marchado a la par con el mismo paso somnoliento que permiten los devaneos de una inasible búsqueda de identidad. Enfundadas en una capa de ingenua lucubración política, patria y letras han alcanzado en su caminar los portales del nimbo que abren las puertas a la nada toda.

Desde el ‘Frente Popular’ a la ‘Escoba Ibañista’ y la ‘Revolución en Libertad’, siguiendo luego el tímido y fracasado intento de ‘Revolución a la chilena’, para llegar finalmente –dictadura y genocidio de por medio- al ‘despertar del jaguar’ que dormía (y sigue bostezando) en medio de farallones y altas cumbres cordilleranas, nuestro país vivenció avances y retrocesos tanto en su economía como en sus quehaceres literarios en perfecta relación dialéctica –una se explica a partir de la otra y viceversa- , lo cual hizo necesario que muchos de nuestros escritores y vates obtuviesen el reconocimiento extranjero, pagando costos personales ignominiosos en algunos casos, para luego recibir tardíamente las palmas nacionales.

Así, Gabriela Mistral, que delataba a comienzos de los años de administración del Frente Popular la vergüenza que vivía el país por aquellos miles de pies infantiles descalzos, vio cómo Chile le volvía la espalda para permitirse mirarla de frente sólo cuando, en Estocolmo, la academia le otorgó el Nobel…siete años antes que la patria reconociera la calidad de la insigne escritora entregándole –casi con rubor- el Premio Nacional de Literatura.

Neruda por su parte tuvo más suerte y mejor reconocimiento, aunque debió llevar sus zapatos por innúmeros países para solidificar en Chile un prestigio cuyo reconocimiento internacional aún no encuentra parangón entre nuestros escritores. El gran parralino era consciente de que la patria sólo aplaudía a quienes el resto del mudo hubiese premiado y vitoreado con antelación. Cuando esto ocurre, aseguraba Neruda a sus amigos más íntimos, entonces y sólo entonces los chilenos entregan su aprobación, aunque en más de una oportunidad lo hacen vertiendo críticas negativamente apologéticas por la simple insana costumbre nacional de echarle pelos a la sopa.

Si Roberto Bolaño hubiese permanecido y muerto en Chile, sus obras seguirían amontonadas en algún baúl ignoto. Eso lo aseguro sin dilación. Nacido en Santiago, desde muy joven Bolaño llevó una existencia trashumante. A los 15 años estaba viviendo en México, donde comenzó a trabajar como periodista y se hizo troskista. En 1973 regresó a su país y pudo presenciar el golpe militar. Se alistó en la resistencia y terminó preso. Unos amigos detectives de la adolescencia lo reconocieron y lograron que a los ocho días abandonase la cárcel. Se fue a El Salvador; allí conoció al poeta Roque Dalton y a sus asesinos.

En 1977 se instaló en España, ejerciendo (al igual que hizo después en Francia y otros países) una diversidad de oficios: lavaplatos, camarero, vigilante nocturno, basurero, descargador de barcos, vendimiador. Hasta que, en los 80, pudo sustentarse ganando concursos literarios. A fines de los años 90 la suerte empezó a estar de su lado: su novela Los detectives salvajes (1999) obtuvo el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, considerado el Nobel de Latinoamérica. Falleció en el mes de julio el año 2003, y recién luego de su deceso Chile mostró real interés en su producción escritural cuando desde el extranjero (España, México, Argentina y Estados Unidos) comenzaron a arribar a los diarios y radios nacionales las excelentes críticas y comentarios de las obras de Bolaño.

Mientras tanto, al interior de nuestro país, los críticos literarios desmenuzan mefistofélicamente las obras de los autores nacionales que no han querido –o no ha podido- emigrar a tierras más civilizadas, usando para ello el cedazo mediático basado en la posición social, política o religiosa de los autores. El país, desgraciadamente compuesto por una enorme masa desinformada, sigue esa envolvente marea sin detener el avance de los depredadores que habitan en la prensa perteneciente a los dos consorcios que dominan la información en nuestra república, para quienes todo o gran parte de lo que sea completamente chileno –al menos en literatura- resulta gris, lento, plañidero y resentido…o audaz, irrespetuoso y grosero, según la vara con que se mida (v.gr.: comercial o fundamentalista beata).

Agradezcamos la ventura de contar con otros autores de fuste que no nacieron en nuestro suelo, pues de haber sido así, ¿qué habría pasado, por ejemplo, con la producción literaria de Kafka, de Joyce, de Proust, de Kundera, de Fuentes? ¿Qué habría dicho de ellos la crítica nacional? ¿Qué habría prohibido el Consejo Nacional del Libro? ¿Alguna editorial sita en Chile se habría interesado en publicar una o más de esas obras? Seguramente alguien responderá a estas líneas diciendo que se trata de autores cuya calidad es indiscutible, pero…y repito la quemante pregunta, ¿si hubiesen sido chilenos habrían logrado el reconocimiento de nuestras editoriales y de nuestra meliflua prensa especializada antes que el mundo los aplaudiese? ¿Podrían esos autores haber sobrevivido a las plumas y lenguas mordaces de comerciantes de la palabra escrita, de militaristas, pechoños y socialistas renovados?

Por ello es que me atreví a afirmar que patria, política, dólar y letras van de la mano en nuestro suelo, lamentablemente. Isabel Allende es una enorme, una magnífica, una gran escritora. Casi gratuitamente nos otorga prestigio por toneladas en el extranjero, provocando en Chile los consabidos tironeos de chaqueta cuando alguien sube la escalera del éxito.

Es que este asunto de escribir best sellers o escribir mamotretos agotadores que pocos logran deglutir hasta el final, ha sido una cuestión de permanente discrepancia por parte de los críticos, muchos de los cuales acusan a la Allende de inclinarse sólo por la literatura que tiene buena venta. Pero todos –críticos y lectores- debemos entender de una buena vez que es el público –y no los ‘especialistas’ ni los pares- quien determina y decide cuál libro es bueno y cuál no lo es. Así como Buonarotti jamás esculpió ni pintó para un grupo de ‘especialistas’ sino para la humanidad en su conjunto, así también un escritor, un novelista, un poeta, derrama su sapiencia sobre el papel transformándola en historia, drama, romance o ensayo, para que el mundo –y no un exiguo número de críticos pagados por el establishment periodístico- la abrace o la critique.

Comparto plenamente algunos de los juicios emitidos por la escritora, en especial aquellos referidos a la monotonía en la creación literaria que gusta a los críticos nacionales, pero quiero aclarar que lo anterior se debe específicamente a que tal método de narración es el que interpreta a cabalidad el estado depresivo y de frustración perenne que caracteriza a nuestros insoportables y quejumbrosos críticos literarios, lo cual obliga a muchos autores –si están decididos a ‘triunfar’ en este suelo- a seguir esa huella de un método que definitivamente aburriría hasta a un santo, lo que en palabras simples debe leerse como “escribir lo que los críticos quieren que se escriba”.

Afortunadamente, Isabel Allende está muy lejos de todo ello, y con su personal prosapia y redacción, con su imaginería femenina, con su pluma audaz e irreverente, obtuvo lo que pocos han logrado: el aplauso planetario.

Ella cumplió el gran requisito que este país sin identidad impetra a sus poetas y novelistas: vivir y triunfar en el extranjero. Es hora, pues, de que se le conceda el premio menor, ese que pomposamente llamamos Nacional de Literatura, pero que en realidad sólo sirve para llenar algún recuadro en el periódico del día o en el noticiero nocturno de la televisión, pues su jerarquía pocas veces ha alcanzado la estatura que en lugares de verdadera relevancia se exige para su publicación.

Por otra parte, y como reflexión final, tarde o temprano, hoy o mañana, aún viva o quizá ya fallecida, el país finalmente le otorgará a Isabel Allende el controvertido Premio Nacional. ¿Alguien lo discute? Entonces, entregarle ese reconocimiento cuenta con validez plena sólo si ella, de cuerpo presente, puede disfrutarlo. Es hora. Sin duda.

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