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15 jun. 2010

El Premio Nacional de Literatura en Chile no lo tendrá por envidia quizá pero el reconocimiento Internacional de Isabel perdurara para siempre.

Columnas
12 de Junio de 2010

Isabel Allende y el premio nacional

Javier Campos
Poeta y columnista. Profesor de Literatura Latinoamericana, Fairfield University, Connecticut..
...He leído algunos artículos que se oponen con dureza a que Isabel Allende sea postulada al Premio Nacional de Literatura 2010. Pero lo peor es que jamás se le otorgue el premio a ella porque su literatura es lo mismo que premiar las hamburguesas de McDonald’s como dijo crudamente Álvaro Matus en un artículo en La Tercera. Una comparación bastante desproporcionada.

2 .En una entrevista Marco Antonio de la Parra dijo: “No es la misión del Premio Nacional consagrar a quien ha consagrado el mercado sólo el mercado y para el mercado”. Parra piensa que la verdadera literatura es, por ejemplo, la de Diamela Eltit: “Su obra, por hermética que sea, es luz para muchos autores posteriores y es marca y sangre de tiempos duros y de una percepción espiritual y emocional distinta”. Y termina con un juicio implacable y muy discutible: “Pero Dios nos pille confesados si se abre tal premiación hacia valores espurios sub o paraliterarios”.

Las razones que dan estos dos escritores, que probablemente son las mismas de muchos en Chile, es hacer creer que toda la obra de Isabel Allende es pura basura comercial. Basura para entretener alienando a los lectores. Diversión tan mala como pueden ser los videos juegos, las radionovelas, las telenovelas venezolanas, brasileñas o mexicanas. Sería pues una sub literatura como se llamaba en los 70 según la crítica marxista para diferenciarla de la alta literatura (Corín Tellado versus Julio Cortázar, para poner un ejemplo bien claro). Vargas Llosa tiene un artículo bien conocido y bastante negativo sobre la literatura de Manuel Puig por ejemplo. Al peruano no le gustó nunca esa literatura que usaba como temas la entretención de los medios masivos incrustada en una novela con el cine o las radionovelas. No sé si sigue pensando lo mismo. Pero Puig es un referente importante en la literatura Latinoamérica. ¿Entonces es Puig también comparable a las hamburguesas, según Álvaro Matus?

Pero lo que no se dice sobre la obra de Isabel Allende, y tampoco lo mencionan para nada esos dos escritores (¿lapsus, olvido deliberado?) es la cantidad impresionante de tesis doctorales en universidades de EE.UU. y Europa sobre la obra de ella.En Chile hay una narrativa como la de Fuguet que también ha usado el “consumo capitalista” en algunas de sus obras (el cine por ejemplo). Su novela “Mala Onda” ¿por qué es mejor de literatura que “La casa de los espíritus” de Isabel Allende? Las opiniones de Marco Antonio de la Parra y Álvaro Matus no explican claramente por qué lo de Isabel Allende es solamente un producto del consumo como quien consume hamburguesas (según Matus). Frase bien bonita eso de “escribir o producir para el mercado” cuando aparece en un artículo de periódico o en una entrevista pero si no se analiza y discute desde varios ángulos solamente queda como una frase hecha y sin sentido. No hay ningún escritor o artista en este momento en que el consumo capitalista o global no influya en su obra. Más aún cuando la literatura, de una u otra manera, está incrustada en la comunicación digital actual.

La valoración tradicional del arte y la literatura ha cambiado justamente por esta revolución digital del Tercer Milenio que a su vez privilegia un nuevo tipo de consumo global del que nadie se puede escapar. Ni siquiera un escritor, ni menos el imaginario del artista joven o viejo. Principalmente los más dispuestos a contaminarse voluntariamente con la nueva cultura de la imagen y los nuevos medios virtuales. Pero, por otro lado, aquello dificulta lo siguiente: determinar cuál es el valor artístico de esa masiva producción literaria que entra, por ejemplo, cada día por miles a la red. Estamos en una frontera bastante hibrida. Es decir, entre la cultura popular consumista y el que en este momento ha dejado de escribir en una torre de marfil. Por eso también los escritores nos hemos convertido cada vez más en productores mestizos porque la misma revolución digital entremezcla múltiples géneros. O sea, somos lectores y productores multi híbridos como lo es también, -¡vaya ironía!- el mismo mercado.

Ya se sabe cómo Octavio Paz arremetía contra la nueva publicidad para vender mejor unos sostenes de mujer de alguna famosa tienda global que usaba el busto de la Venus de Milos. Cosa que a Carlos Monsiváis, por el contrario, no le disgustaba pues gozaba con esa combinación. Uno piensa cómo Cervantes hubiera podido escribir El Quijote teniendo en sus manos estas herramientas virtuales e instalado en este siglo. Porque con esta revolución digital y consumista, y el fin de las ideologías, los mega relatos han desaparecido para siempre. Cervantes habría tenido sin duda otro Alonso Quijano, otra Dulcinea del Toboso y otro tipo de gracioso llamado Sancho Panza comunicándose vía iPod con Don Quijote.

Pero lo que no se dice sobre la obra de Isabel Allende, y tampoco lo mencionan para nada esos dos escritores (¿lapsus, olvido deliberado?) es la cantidad impresionante de tesis doctorales en universidades de EE.UU. y Europa sobre la obra de ella. Y no sólo eso, sino cientos de artículos académicos de respetados profesores de literatura y estudiantes graduados. También hay muchos académicos chilenos tanto en Chile como fuera de Chile quienes han escrito sobre Isabel Allende o presentado ponencias en congresos internacionales sobre su obra. Menciono por ejemplo al profesor chileno Marcelo Coddou, quien fue el primero que editó el primer libro de ensayos sobre la obra de Isabel Allende y allí van reconocidos académicos internacionales. También a la respetada profesa chilena Gabriela Mora, entre muchos más de distintos países del mundo

¿Cuántas tesis doctorales sobre Isabel Allende se han hecho sólo en universidades chilenas? No tengo estos últimos datos pero sí las hay. ¿Por qué le dieron a ella el Premio “José Donoso” en Chile? ¿Es que el jurado era inepto e incapaz de distinguir entre la literatura y las hamburguesas? Entonces, mi pregunta también es ¿todos esos investigadores, estudiantes graduados de distintas universidades del mundo, realmente son unos estúpidos donde el “consumismo capitalista” les ha lavado el cerebro y son incapaces de ver y diferenciar la verdadera literatura? No creo que exista ninguna tesis doctoral sobre las novela de Corín Tellado, por ejemplo.

No voy a mencionar la otra cantidad de honores que Isabel Allende ha recibido de universidades extranjeras. ¿Esos honores son realmente otro ejemplo de esos jurados que también les han lavado el cerebro la sociedad de consumo globalizada? Es cierto que Isabel Allende ha vendido cerca de 70 millones de libros por el mundo pero eso, es cierto, no sería tan importante para nominarla al Premio Nacional o recibirlo, sino lo que dije anteriormente. La academia, la alta cultura si se quiere usar ese término, nunca la ignoró ni la marginó de los departamentos de literatura ya fueran de español o de estudios comparados. ¿Por qué?

Finalmente Álvaro Matus menciona otra gran deficiencia de Isabel Allende para que no le den el Premio Nacional. Son esas preguntas donde se compara con otra cosa para probar su punto pero que no funcionan por lo absurdo: “¿a qué se debe que nadie la incluya entre los candidatos al Reina Sofía, Juan Rulfo o Cervantes, por nombrar sólo tres galardones en nuestra lengua?” Pongamos pues una larga lista de buenos narradores chilenos que tampoco han sido incluidos en esos premios. Pero eso no prueba nada.


Premio Nacional de Best Seller
Distinguir a Isabel Allende sería una señal inequívoca de nuestra ignorancia, equivalente a premiar a las hamburguesas del McDonald's en una feria gastronómica.
por Alvaro Matus - 04/06/2010 - 04:00

Cuando apareció El símbolo perdido, de Dan Brown, escribí una columna donde contrapuse la capacidad de la crítica estadounidense para juzgar el libro en su calidad de producto de entretención con la rigidez de nuestros críticos, que examinan a los escritores de best sellers con la misma vara con que analizan a los novelistas literarios. El resultado suele ser un texto que se parece tanto a una masacre en la plaza pública como a un exasperante ejercicio de vanidad.

No se trata aquí de colocar a un lado la alta literatura y al otro la popular, porque hace rato que estas fronteras se han vuelto porosas, como lo demostraron Manuel Puig o David Foster Wallace. Lo importante ahora es dejar claro que una cosa es la literatura (buena, regular o mala) y otra muy distinta son los best sellers, productos editoriales que forman, junto a los videojuegos y al cine, parte de la industria del entretenimiento. Si a Barbara Wood hay que valorarla con parámetros diferentes a los de J.M. Coetzee, convengamos en que ambos juegan en ligas distintas.

En las sociedades cultas la división es lo suficientemente clara. A nadie le extraña que John Grisham reconozca que lo que hace "no es literatura". En nuestro país, en cambio, los escritores desean que se los trate como a Javier Marías o V.S. Naipaul, y el caso más patente es el de quienes plantean que Isabel Allende merece el Premio Nacional de Literatura en virtud del éxito comercial que tienen sus libros en todo el mundo. El caradura de Volodia Teitelboim, ya con el premio en el bolsillo, por supuesto, dijo que había que "levantar el veto" a la autora de La casa de los espíritus, como si los académicos y críticos literarios habitaran en el Moscú neoestalinista del que seguramente él mismo nunca regresó.

En estos días de postulaciones se ha escuchado a Jorge Edwards y Roberto Ampuero alzar la voz a favor de Allende, escritora que tiene libros importantes (La casa de los espíritus y Paula) y otros que si bien son inferiores, se leyeron con interés: Eva luna, De amor y de sombra, Mi país inventado. El problema es que, en términos generales, viene rodando por el despeñadero desde Afrodita (1997). ¿De verdad la autora de El zorro merece el máximo galardón de nuestras letras porque vende más que todos los otros candidatos juntos?

Hay buenas razones para pensar que el Premio Nacional de Literatura es una chacra. Lo han recibido Arturo Aldunate Phillips y Rodolfo Oroz, y se les ha negado a Enrique Lihn, María Luisa Bombal y Jorge Teillier. Tampoco obtuvo este reconocimiento Gonzalo Millán. Ni Roberto Bolaño.

La suma de errores, sin embargo, obliga a darle dignidad al premio. Hay que terminar con la alternancia de géneros y reformular el jurado. Pero de momento, lo primero es no premiar a Isabel Allende. Porque no sólo están sus limitaciones. También están los libros de Diamela Eltit y Germán Marín. Ambos son dueños de una obra poderosa y original, donde la imaginación se entrelaza con la historia del país. Eltit ha ampliado los límites de la escritura más que ningún otro narrador chileno: sus textos incorporan elementos cinematográficos, la técnica del reportaje, la escritura automática y la poesía, para registrar el tétrico deterioro de los que van quedando en el camino. Diamela no habla del pasado, sino de las raíces del presente. Marín, por su lado, introduce la cabeza en los escombros de este país y, lejos de perder la cordura, narra qué es lo que encontró: familias dispuestas a todo con tal de subir en la escala social, militantes inflexibles en sus posturas, amores resquebrajados.

¿Quién en EEUU sale a decir que Dan Brown merece el National Book Award por ser más popular que Denis Johnson? Si Allende fuera tan "universal" y "reconocida", como dicen sus partidarios, ¿a qué se debe que nadie la incluya entre los candidatos al Reina Sofía, Juan Rulfo o Cervantes, por nombrar sólo tres galardones en nuestra lengua?

Por fortuna, todavía quedan unos cuantos reconocimientos para los cuales el éxito comercial, el mercado, está lejos de ser la medida de calidad en materia artística. Distinguir a Isabel Allende sería una señal inequívoca de nuestra ignorancia, equivalente a premiar a las hamburguesas del McDonald's en una feria gastronómica. Al revés de lo que sucede en los best sellers, en la literatura la trama importa menos que el talento para indagar en las pasiones, debilidades y valores que tensionan la vida. Germán Marín y Diamela Eltit han constituido una voz, una voz que nos habla sin intención moralista ni simplificaciones, revelándonos hasta los momentos más íntimos de la mente humana. Sus libros dan cuenta de asuntos que todos hemos vivido y que no obstante considerábamos incomunicables, permitiendo que por un momento nos sintamos menos solos. ¿No es eso lo que logran los grandes escritores?

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