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23 jun. 2010

Carisma y buen humor

La autora chilena leyó extractos de Island Beneath the Sea y firmó centenares de libros.

Fotos: Alberto Brown Rodríguez/MH
Isabel Allende compartió sonrisas y comentarios con cada una de las personas que se acercaron a que les firmara sus libros.

 Grata sorpresa se llevaron muchas de las 380 personas que asistieron a la lectura y firma de autógrafos de la escritora chilena Isabel Allende, el 6 de mayo en el Atlanta History Center.

Los asistentes descubrieron que la prolífica autora posee un sentido del humor, una picardía muy latina y un carisma sinigual.

“Me sorprendió su gran expresividad, y lo honesta que es”, dijo la mexicana Laura Murvantían, quien por primera vez asistió a una lectura en vivo de la autora de La casa de los espíritus y La hija de la fortuna.

Allende, quien leyó durante más de media hora extractos de su más reciente novela, dedicó unos 20 minutos a responder preguntas de los asistentes sin pelos en la lengua y con una velocidad mental sorprendente.

“Escribo acerca de mujeres que han vencido difíciles obstáculos, escribo acerca de sobrevivientes y mujeres de carácter fuerte. Hasta el momento no he conocido una mujer débil”, dijo en una ocasión causando que el público la ovacionara.

En otro momento, la autora recomendó a los estadounidenses explorar más tierras y perder el miedo a salir de su país para descubrir las bellezas que el mundo ofrece. Al pedírsele un consejo para jóvenes que planean dedicarse a escribir, dijo: “Escriban y escriban. De una página que se publica, miles de páginas van al cesto de la basura”.

En esta gira promocional, Allende visitará 13 ciudades en 19 días.


Otras Preguntas


»¿Cuál es su rutina para escribir?: “Me recluyo en mi casa, generalmente escribo en una habitación al lado de la piscina”.


»¿Por qué se dedicó a la escritura?: “Porque no soy buena candidata para ser empleada, y me pagan por contar mentiras, jajaja”.


»¿Con cuál de los personajes de sus libros se identifica más?: “Soy parte de todos mis personajes, creo firmemente en todo lo que ellos creen. Desearía ser en la vida real como son ellas, altas y con lindas piernas”.

»¿Cuándo escribe tiene una misión social o política?:

“No tengo una misión. Escribo sobre la vida tal como la veo, y en la vida real hay situaciones sociales y políticas que nos rodean”.

CHILE ESTA EN DEUDA CON ISABEL ALLENDE, EDWARDS


SANTIAGO DE CHILE, 20 (ANSA) - El escritor Jorge Edwards, designado por el presidente Sebastián Piñera nuevo embajador en Francia, opinó que Chile deberá conceder "en algún momento el Premio Nacional (de Literatura) a Isabel Allende". Consultado respecto de sus candidatos para dicho galardón, dijo que le gustaría mucho que "lo obtuviera Oscar Lihn, poeta notable, pero este año le toca a un prosista".
Sobre la autora de "De amor y de sombra", "Cuentos de Eva Luna", "Paula", "Inés del alma mía" y "Retrato en sepia", entre otros, estimó que "ella es un fenómeno literario, aunque a uno no le guste, y tiene un talento narrativo natural".
El escritor agregó que "la imagen que se proyecta es que nosotros no le hemos dado el premio porque es mujer. Eso me dijo una notable escritora brasileña hace poco. Tengo mis dudas, pero me inclinaría por ella".
Isabel Allende es "un fenómeno de escritura comercial, natural, popular, fuerte y que tiene trascendencia mundial. Eso en Chile no se perdona, pero el éxito no es pecado", abundó Jorge Edwards.
JMG
21/05/2010 01:42
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Premio Nacional de Literatura Isabel Allende


Isabel Allende comenzo escribiendo hace muchos años su primer éxito La casa de los Espíritus nos llevo sin duda a embarcarnos en un viaje de emociones donde la magia y la realidad se entremezclaron y dieron a luz a una de las mejores Escritoras de los últimos tiempos, valorar su Literatura despectivamente es algo realmente injusto. He releído los textos de Isabel en especial tres de mis favoritos PAULA, LA HIJA DE LA FORTUNA Y MI PAIS INVENTADO no hay duda que se merece el premio que los lectores ya le hemos dado. Hay millones de títulos en las estanterías de las librerías pero no solo se trata de saber vender un producto sino que este contenga la emoción que esta mujer entrega en sus historias. He reído, he llorado me he emocionado a través de las paginas de sus libros mi sensación es que transmite emoción en cada página, no puedo hacer una critica literaria por mis obvias carencia pero tengo la oportunidad de haber leído cientos de historias y miles de escritores que a la segunda página me aburren por más buenos que otros los vean para gustos colores. 
La literatura es el arte de expresar la belleza por medio de la palabra de transmitir emoción a través de las páginas y eso lo consigue Isabel Allende somos millones quienes seguimos de cerca su Obra Literaria y puedo decir sin temor a equivocarme que no solo merece el Premio Nacional de Chile sino todos los Premios por una sencilla razón por compartir sus más profundas emociones y lograr llevarnos de la mano a mundos desconocidos, dejar la puerta abierta a la imaginación,  demostrarnos a través de su enorme sensibilidad la grandeza de su Obra porque Isabel Allende no solo es una Excelente Escritora sino también un Extraordinario Ser Humano y es esa Luz interior  la que la hace brillar y logra iluminar el camino de mucha gente con sus relatos, logra arrancarnos una lágrima o una sonrisa, consigue emocionarnos y en los tiempos que corren donde el aire huele a egoísmo, tedio, soledad y tristeza lograr semejante proeza ya es un enorme triunfo.
Paula es una de las Historias más tristes y más maravillosas que he leído en mi vida quien lea este libro y no logre emocionarse no tiene idea lo que es Amar y perder a alguien que realmente se Ama y si esto no es BELLEZA que bajen Shakespeare, Cervantes o Silva y me expliquen que significa LITERATURA...o este mundo esta tan lleno de sabios o es que yo soy muy Tonta y mi sensibilidad no entiende de teorias...

Machismo en Chile o cuestión de Talento?


Hernán Rivera Letelier entre los favoritos para ganar el Premio Nacional de Literatura
11:18.- En agosto se conocerá quien será el ganador al Premio Nacional de Literatura y entre los favoritos en recibir el galardón se encuentra el escritor local, Hernán Rivera Letelier. No obstante, su contendora más cercana es la afamada escritora Isabel Allende que también cuenta con bastante preferencia.

El ganador de este premio, además de convertirse en el escritor que recibió el reconocimiento en un año tan importante como es el Bicentenario de nuestra Nación, recibe un premio en dinero de 600 mil pesos de manera vitalicia.

Isabel Allende se lo merece con diferencia el mayor triunfo sería que ella siendo excelente reconocida y aclamada mundialmente sea su nombre el que dé  más  Honor a esos Premios, millones de personas alrededor del mundo no estamos equivocados y ojala Chile esta vez le conceda ese privilegio a la más aclamada de sus Embajadores que aun nacida en Perú y ciudadana Americana se siente más Chilena que los muchos que han nacido en esa bendita tierra,  esperamos los Honores, Premios y Reconocimientos para Isabel se los hagan en vida, es el mejor premio a sus millones de seguidores Chile es la Tierra de su corazón pero Isabel y su Literatura le pertenece al mundo, e historias como PAULA viviran eternamente.

Isabel Allende es propuesta como favorita al Premio Nacional de Literatura 2010

A pesar de haber manifestado en más de una oportunidad que no desea ser postulada al Premio Nacional de Literatura, el nombre de Isabel Allende ya suena como parte del ramillete de “elegidos”, que en la última semana de agosto próximo esperarán el llamado del ministro de Eduación, para saber si ganaron o no el galardón.


Tanto es lo que la consideran sus fans, que la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de acuerdo que pide al Ministerio de Educación aceptar su postulación al máximo premio de los literatos nacionales.

Según lo señalado por el diputado independiente Pedro Velásquez, esta acción tiene como propósito reconocer la trayectoria de la escritora, quien se ha ganado un sitial en el mundo de las letras nacionales e internacionales.

Los demás postulantes al Premio Nacional de Literatura de este año son los clásicos Poli Délano, Germán Marín, Enrique Lafourcade, Jorge Guzmán, Antonio Skármeta y Damiela Eltit.

El premio, que es anunciado telefónicamente al ganador, consiste en un cheque por 14 millones de pesos y una pensión vitalicia cercana a los 600.000 pesos mensuales, además del ingreso al limbo literario histórico chileno.

Por este motivo, Velázquez indicó que lo realizado por la Cámara de Diputados es avalar su trayectoria y reconocimiento a su labor. Por esto se le pide al ministro de Educación, Joaquín Lavín que considere sus antecedentes para hacerla merecedora del Premio Nacional de Literatura.

El objetivo de los parlamentarios es que la escritora nacional Isabel Allende reciba en vida el premio máximo de literatura, transformándose en un aval del talento nacional en la literatura.

Machismo aun en el Siglo XX

Tomada de la edición impresa del 22 de junio del 2010
 La política fue una temática de “género”

FOTO: ALFREDO PIEDRAHÍTA/ El Telégrafo
El estudio es un texto crítico a una literatura marcada por las dictaduras en el cono sur.
Datos
La obra fue presentada, el pasado miércoles, en la Universidad Andina Simón Bolívar.
El ensayo contiene temas como los conflictos de pareja, la aristocracia y alta burguesía, los exilios políticos y otros temas.
Florence Baillon es doctora en Literatura de la Universidad Sorbonne Vouvelle, de París.
Ella es, a su vez, traductora literaria.
Un ensayo analiza los nuevos imaginarios en la escritura de mujeres del siglo pasado
En un mundo editorial dominado por hombres, la actividad literaria femenina no ha tenido el protagonismo que debería tener. Si ya ser escritor de la periferia se vuelve una labor estoica, más aún ser una escritora del tercer mundo.
Ellas pelean contra un mundo de prejuicios en un caso y, en otros, etiquetas como la mencionada “literatura de género”, que sugiere una obra sin mucho rigor estético y que se enfoca más bien en temas ligeros como “la novela rosa” o “light”.
Después de los fuertes movimientos feministas de los años 50, diversas fueron las reflexiones que se instalaron en la sociedad y que permitieron a las mujeres conquistar lugares clave en el mundo del trabajo y el entorno académico en América.

En ese aspecto, la literatura contó aquellos temas que de su condición sexual se necesitaron para lograr un espacio dentro de las letras. Luego se empezó a explorar otros temas que habían sido prioridad, hasta ese momento, de los hombres, como la política o la sexualidad.

Por ello, la doctora en Literatura Comparada Florence Baillon, francesa residente en el país por varios años, inició un estudio para encontrar “Los nuevos imaginarios en la escritura de mujeres”.

Un libro que aborda las nuevas preocupaciones que las mujeres trataron en la mitad del siglo pasado, sobre todo en el cono sur.

Países que vivieron severas dictaduras y profundos cambios sociales como Uruguay, Argentina o Chile. Baillon comenta que “ese cambio de mentalidad” marcó nuevas temáticas en la escritura y fueron trabajados de manera muy diferente a sus pares masculinos. “Los hombres escriben sobre un personaje político muy poderoso, mientras que en las mujeres interviene la cotidianidad que está alrededor de lo político”.

Comenta, por ejemplo, un cuento de la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi, en el que aparece la historia de un niño en la playa que, jugando sólo con su imaginación, observa una mujer que corre desesperada y a la que la persiguen varios soldados. Él se imagina que es la virgen María perseguida por soldados romanos. “Pero lo que entendemos es la dictadura de su país que está atrás, persiguiéndola”, afirma.

Esta literatura más fantástica también introduce elementos que cuestionan la religión y son más subversivos, como otro cuento donde un negro es perseguido, pero sin dar pistas claras al lector de por qué. Este hombre invoca a la estatua de la virgen María para que lo salve, mientras que la figura se muestra fría, argumentando que los mismos hombres la hicieron así. “Acaríciame para que te pueda ayudar”, le dice.

La ensayista asegura en su publicación que mientras el realismo mágico fue la estética más trascendente para los escritores, “ésta está casi ausente en las mujeres”. No se menciona en el estudio, de la intrascendente pero mundialmente famosa obra de Isabel Allende o Flor Romero, sino la de Marvel Moreno, que sitúa los ambientes de su obra en los años 50, y que ataca la doble moral y la hipocresía de la vida provinciana; o la de Zoé Valdés, que mientras describe los caminos eróticos sentimentales de sus personajes femeninos, critica ferozmente el régimen de Fidel Castro.

Frente a este tema, se dedica un amplio capítulo a la sexualidad. La virginidad, por ejemplo, se debe conservar celosamente para ofrecerla intacta a su marido, y se basa en la ignorancia que tiene la joven en cuanto a su cuerpo.

Los cuentos de Silvina Ocampo retratan a una alta burguesía donde las niñas son confiadas a la servidumbre por padres concentrados en sus ocupaciones mundanas. Aquí, la iniciación sexual, si se viese amenazada por un vulgar plebeyo seductor, es un “saber” y “un poder”, porque representa la inversión del poder social y conflicto de clase. La obra ya se encuentra en varias librerías.

Por Esteban Fuertes

Premio Nacional de Literatura para Isabel Allende?


Por primera vez en su carrera, la escritora Isabel Allende fue postulada para competir por el Premio Nacional de Literatura en una iniciativa liderada por un grupo de personalidades públicas como Delfina Guzmán, Ximena Rincón, Marcela Serrano, Delia Vergara y la directora de Giro País, Mariana Aylwin.

La ex ministra destacó el aporte de la escritora a la literatura chilena, pero aseguró que cree que ser mujer y tener una literatura de carácter masivo le ha jugado en contra en su carrera.

"Sentimos que aquí a veces hay un pseudo intelectualismo que rechaza lo masivo, pero también hay una suerte de machismo", dijo Aylwin a Cooperativa.

La directora de Giro País añadió que "creo que hay una suerte de desprecio de lo femenino y también hay un desprecio de lo masivo".
Giro País estará a cargo de la campaña virtual de Allende para su candidatura.

El nombre del ganador o ganadora del Premio Nacional de Literatura, donde además de Allende suenan Delia Domínguez, Diamela Eltit, Hernán Rivera Letelier y Poli Délano, se conocerá a fines de agosto.
http://www.cooperativa.cl
Primer Aniversario del Fallecimiento de Vicente Ferrer

El 19 de junio se conmemora el primer aniversario de la muerte de Vicente Ferrer. Anantapur recuerda su figura con una ceremonia de gran simbolismo, un homenaje colectivo que recuerda al pasado y mira al futuro.



Desde la Fundación Vicente Ferrer reafirmamos nuestro compromiso con el trabajo que él empezó hace más de cuarenta años. Un programa de desarrollo integral pionero que ha demostrado que erradicar la pobreza extrema no es una utopía.



Hoy afrontamos nuevos retos y ampliamos nuestros proyectos a más zonas y colectivos, fieles a nuestro cometido: convertir este mundo en un lugar más justo y más humano.
Hay dos cosas que Vicente me dijo muchas veces: que hay que trabajar donde hay la pobreza y la tristeza, que la Fundacion tiene que dar apoyo a miles de personas y llegar a muchos pueblos. Siempre tenemos que pensar en los más desfavorecidos y en sus necesidades.

Dios bendiga a todo el que da con Amor y nos demuestra que a pesar del egoísmo universal reinante en cada rincón de este averno,  ejemplos como los de este hombre nos llenan la vida de esperanzas y debe ser cierto aquello de que nada es imposible para los enviados del Señor
nada es imposible...

Alma de Angel...Vicente Ferrer

Los lemas de Vicente Ferrer

"Los buenos son más que los malos, lo que ocurre es que los malos son más listos, tenemos que ser más listos que ellos".

"Dejémonos de estupideces y vayamos a hacer las cosas que realmente son importantes".

"Convirtamos la sociedad en humanidad".

"Como Don Quijote, mi descanso es la pelea".
Algunas de las personas que conocieron, trabajaron y fueron ayudadas por Vicente Ferrer quisieron hacerle su particular homenaje en el que los agradecimientos no tuvieron límite. Lancy, un ahijado de Vicente, que fue discriminado por los suyos debido a su enfermedad y a quien el catalán ayudó para que pudiera tener una vida normal, aseguró que le estará agradecido durante el resto de su vida: "Para mí es como un Dios, es una persona muy cercana, está en la calle, te viene a buscar y está por ti".
"Lo que él ha hecho en India desde el origen es exactamente lo que hay que hacer para salir de la indignidad, del dolor y la pobreza, y es dar una herramienta para aprender a vivir de la manera que te permita sobrevivir ¿Cómo no le vamos a pedir el Premio Nobel de la Paz a este hombre?".
La educación es otro de los pilares fundamentales de la Fundación. La creación de escuelas ha servido para acabar con el analfabetismo y hacer que la ley de castas desaparezca poco a poco. Gracias a la gran labor de Vicente Ferrer, hoy en día, la mujer hindú está totalmente reinsertada en una sociedad hasta entonces machista, logrando a la misma vez que el maltrato físico al que estaban sometidas vaya desapareciendo cada vez más deprisa


Ana Ferre: "Con Vicente al lado no conocimos la palabra imposible"

15 jun. 2010

PAULA, ISABEL ALLENDE, ESTA HISTORIA MERECE EL NOBEL NO SOLO EL PREMIO NACIONAL EN CHILE

Contraportada
Paula es una descarnada memoria que se lee sin respirar, como una novela de suspenso. A partir de una experiencia trágica, Isabel Allende escribe estas páginas conmovedoras.
En diciembre de 1991, su hija Paula cayó enferma de gravedad y poco después entró en estado de coma. En el hospital la autora comienza a contar la leyenda de su familia para
su hija inerte: "¿Dónde andas, Paula?

¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Tendrás memoria o tendré que contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?" Aparecen entonces ante nuestros ojos los extravagantes antepasados, los recuerdos deliciosos y amargos de la
infancia, las anécdotas inverosímiles de la juventud, los secretos más íntimos transmitidos en susurros. Y también el país natal, Chile, y su turbulenta historia: el golpe militar de 1973, la dictadura y los años de exilio para la familia. Entre sus múltiples personajes se destaca el primo de su padre, un joven diputado "que predicaba contra la Propiedad
privada y la moral conservadora": Salvador Allende.

Como un exorcismo contra la muerte, Isabel Allende en estas página explora el pasado e interroga a los dioses. El resultado es un libro mágico que lleva al lector del llanto a la
risa, del terror a la sensualidad y a al sabiduría. Paula es una prodigiosa evocación y un canto a la vida escrito desde el alma por esta mujer valiente y admirable, la creadora de
La casa de los espíritus.

En diciembre de 1991 mi hija Paula cayó enferma de gravedad y poco después entró en coma. Estas páginas fueron escritas durante horas interminables en los pasillos de un hospital de Madrid y en un cuarto de hotel, donde viví varios meses. También junto a su cama, en nuestra casa de California, en el verano y el otoño de 1992.

PRIMERA PARTE
Diciembre 1991–Mayo 1992

Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estés tan perdida.
La leyenda familiar comienza a principios del siglo pasado, cuando un fornido marinero vasco desembarcó en las costas de Chile, con la cabeza perdida en proyectos de grandeza y protegido por el relicario de su madre colgado al cuello, pero para qué ir tan atrás, basta decir que su descendencia fue una estirpe de mujeres impetuosas y hombres de brazos firmes para el trabajo y corazón sentimental. Algunos de carácter irascible murieron echando espumarajos por la boca, pero tal vez la causa no fue rabia, como señalaron las malas lenguas, sino alguna peste local. Compraron tierras fértiles en las cercanías de la capital que con el tiempo aumentaron de valor, se refinaron, levantaron mansiones señoriales con parques y arboledas, casaron a sus hijas con criollos ricos, educaron a los hijos en severos colegios religiosos, y así con el correr de los años se integraron a una orgullosa aristocracia de terratenientes que prevaleció por más de un siglo, hasta que el vendaval del modernismo la reemplazó en el poder por tecnócratas y comerciantes. Uno de ellos era mi abuelo. Nació en buena cuna, pero su padre murió temprano de un inexplicable escopetazo; nunca se divulgaron los detalles de lo ocurrido esa noche fatídica,quizás fue un duelo, una venganza o un accidente de amor, en todo caso, su familia quedó sin recursos y, por ser el mayor, debió abandonar la escuela y buscar empleo para mantener a su madre y educar a sus hermanos menores. Mucho después, cuando se había convertido en hombre de fortuna ante quien los demás se quitaban el sombrero, me confesó que la peor pobreza es la de cuello y corbata, porque hay que disimularla. Se presentaba impecable con la ropa del padre ajustada a su tamaño, los cuellos tiesos y los trajes bien planchados para disimular el desgaste de la tela. Esa época de penurias le templó el carácter, creía que la existencia es sólo esfuerzo y trabajo, y que un hombre honorable no puede ir por este mundo sin ayudar al prójimo. Ya entonces tenía la expresión concentrada y la integridad que lo caracterizaron, estaba hecho del mismo material pétreo de sus antepasados y, como muchos de ellos, tenía los pies plantados en suelo firme, pero una parte de su alma escapaba hacia el abismo de los sueños. Por eso se enamoró de mi abuela, la menor de una familia de doce hermanos, todos locos excéntricos y deliciosos, como Teresa, a quien al final de su vida empezaron a brotarle alas de santa y cuando murió se secaron en una noche todos los rosales del Parque Japonés, o Ambrosio, gran rajadiablos y fornicador, que en sus momentos de generosidad se desnudaba en la calle para regalar su ropa a los pobres. Me crié oyendo comentarios sobre el talento de mi abuela para predecir el futuro, leer la mente ajena, dialogar con los animales y mover objetos con la mirada. Cuentan que una vez desplazó una mesa de billar por el salón, pero en verdad lo único que vi moverse en su presencia fue un azucarero insignificante, que a la hora del té solía deslizarse errático sobre la mesa.

Esas Facultades despertaban cierto recelo y a pesar del encanto de la muchacha los posibles pretendientes se acobardaban en su presencia; pero para mi abuelo la telepatía y la telequinesia eran diversiones inocentes y de ninguna manera obstáculos serios para el
matrimonio, sólo le preocupaba la diferencia de edad, ella era mucho menor y cuando la conoció todavía jugaba con muñecas y andaba abrazada a una almohadita roñosa. De
tanto verla como a una niña, no se dio cuenta de su pasión hasta que ella apareció un día con vestido largo y el cabello recogido y entonces la revelación de un amor gestado por años lo sumió en tal crisis de timidez que dejó de visitarla. Ella adivinó su estado de ánimo antes que él mismo pudiera desenredar la madeja de sus propios sentimientos y le mandó una carta, la primera de muchas que le escribiría en los momentos decisivos de sus vidas.
No se trataba de una esquela perfumada tanteando terreno, sino de una breve nota a lápiz en papel de cuaderno preguntándole sin preámbulos si quería ser su marido y, en caso afirmativo, cuándo. Meses más tarde se llevó a cabo el matrimonio. La novia se presentó ante el altar como una visión de otras épocas, ataviada en encajes color marfil y con un desorden de azahares de cera enredados en el moño; al verla él decidió que la amaría porfiadamente hasta el fin de sus días.



Para mí esta pareja fueron siempre el Tata y la Memé. De sus hijos sólo mi madre interesa en esta historia, porque si empiezo a contar del resto de la tribu no terminamos nunca y
además los que aún viven están muy lejos; así es el exilio, lanza a la gente a los cuatro vientos y después resulta muy difícil reunir a los dispersos. Mi madre nació entre dos
guerras mundiales un día de primavera en los años veinte, una niña sensible, incapaz de acompañar a sus hermanos en las correrías por el ático de la casa cazando ratones para
guardarlos en frascos de formol. Creció protegida entre las paredes de su hogar y del colegio, entretenida en lecturas románticas y obras de caridad, con fama de ser la más bella que se había visto en esa familia de mujeres enigmáticas.

Desde la pubertad tuvo varios enamorados rondándola como moscardones, que su padre mantenía a la distancia y su madre analizaba con sus naipes del Tarot, hasta que los coqueteos inocentes terminaron con la llegada a su destino de un hombre talentoso y
equívoco, quien desplazó sin esfuerzo a los demás rivales y le colmó el alma de inquietudes. Fue tu abuelo Tomás, que desapareció en la bruma, y lo menciono sólo
porque llevas algo de su sangre, Paula, por ninguna otra razón. Este hombre de mente rápida y lengua despiadada, resultaba demasiado inteligente y desprejuiciado para esa
sociedad provinciana, un ave rara en el Santiago de entonces. Se le atribuía un pasado oscuro, circulaban rumores de que pertenecía a la Masonería, por lo tanto era enemigo de
la Iglesia, y que mantenía oculto un hijo bastardo, pero nada de eso podía esgrimir el Tata para disuadir a su hija porque carecía de pruebas y él no era persona capaz de
manchar sin fundamento la reputación ajena. En esos tiempos Chile era una torta de milhojas –y en cierta forma todavía lo es–, había más castas que en la India y existía un epíteto peyorativo para colocar a cada cual en su sitio: roto, pije, arribista, siútico y
muchos más hasta alcanzar la plataforma cómoda de la gente como uno. El nacimiento determinaba a las personas; era fácil descender en la jerarquía social, pero para subir no bastaban dinero, fama o talento, se requería el esfuerzo sostenido de varias generaciones.

En favor de Tomás pesaba su linaje honorable, a pesar de que a los ojos del Tata existían antecedentes políticos sospechosos. Ya entonces sonaba el nombre de un tal Salvador
Allende, fundador del Partido Socialista, que predicaba contra la propiedad privada, la moral conservadora y la autoridad de los patrones. Tomás era primo de ese joven
diputado.

Mira, Paula, tengo aquí el retrato del Tata. Este hombre de facciones severas, pupila clara, lentes sin montura y boina negra, es tu bisabuelo. En la fotografía aparece sentado
empuñando su bastón, y junto a él, apoyada en su rodilla derecha, hay una niña de tres años vestida de fiesta, graciosa como una bailarina en miniatura, mirando la cámara con
ojos lánguidos. Ésa eres tú, detrás estamos mi madre y yo, la silla me oculta la barriga, estaba embarazada de tu hermano Nicolás. Se ve al viejo de frente y se aprecia su gesto
altivo, esa dignidad sin aspavientos de quien se ha formado solo, ha recorrido su camino derechamente y ya no espera más de la vida. Lo recuerdo siempre anciano, aunque casi sin arrugas, salvo dos surcos profundos en las comisuras de la boca, con una blanca
melena de león y una risa brusca de dientes amarillos. Al final de sus años le costaba moverse, pero se ponía trabajosamente de pie para saludar y despedir a las mujeres y
apoyado en su bastón acompañaba a las visitas hasta la puerta del jardín. Me gustaban sus manos, ramas retorcidas de roble, fuertes y nudosas, su infaltable pañuelo de seda al
cuello y su olor a jabón inglés de lavanda y desinfectante. Trató con humor desprendido de inculcar a sus descendientes su filosofía estoica; la incomodidad le parecía sana y la
calefacción nociva, exigía comida simple –nada de salsas ni revoltijos– y le parecía vulgar divertirse. Por las mañanas soportaba una ducha fría, costumbre que nadie en la familia
imitó y que hacia el final de su existencia, cuando parecía un anciano escarabajo, cumplía impávido sentado en una silla bajo el chorro helado. Hablaba en refranes contundentes y
a cualquier interrogatorio contestaba con otras preguntas, de modo que no sé mucho de su ideología, pero conocí a fondo su carácter. Fíjate en mi madre, que en este retrato
tiene algo más de cuarenta años y se encuentra en el apogeo de su esplendor, vestida a la moda con falda corta y el pelo como un nido de abejas. Está riéndose y sus grandes ojos verdes se ven como dos rayas enmarcadas por el arco en punta de las cejas negras. Ésa era la época más feliz de su vida, cuando había terminado de criar a sus hijos, estaba
enamorada y todavía su mundo parecía seguro.

Me gustaría mostrarte una fotografía de mi padre, pero las quemaron todas hace más de cuarenta años.

¿Dónde andas, Paula? ¿Cómo serás cuando despiertes? ¿Serás la misma mujer o deberemos aprender a conocernos como dos extrañas?

¿Tendrás memoria o tendré que contarte pacientemente los veintiocho años de tu vida y los cuarenta y nueve de la mía?

Dios guarde a su niña, me susurra con dificultad don Manuel, el enfermo que ocupa la cama a tu lado. Es un viejo campesino, operado varias veces del estómago, que lucha todavía contra el estropicio y la muerte. Dios guarde a su niña, me dijo también ayer una mujer joven con un bebé en los brazos, que se había enterado de tu caso y acudió al hospital a ofrecerme esperanza.

Sufrió un ataque de porfiria hace dos años y estuvo en coma más de un mes, tardó un año en volver a la normalidad y debe cuidarse por el resto de sus días, pero ya trabaja, se casó y tuvo un niño. Me aseguró que el estado de coma es como dormir sin sueños, un misterioso paréntesis. No llore más, señora, dijo, su hija no siente nada, saldrá de aquí caminando y después no se acordará de lo que le ha pasado.

Cada mañana recorro los pasillos del sexto piso a la caza del especialista para indagar
nuevos detalles. Ese hombre tiene tu vida en sus manos y no confío en él, pasa como una corriente de aire, distraído y apurado, dándome engorrosas explicaciones sobre enzimas y copias de artículos sobre tu enfermedad, que trato de leer, pero no entiendo. Parece más
interesado en hilvanar las estadísticas de su computadora y las fórmulas de su laboratorio, que en tu cuerpo crucificado sobre esta cama. Así es esta condición, unos se recuperan de
la crisis en poco tiempo y otros pasan semanas en terapia intensiva, antes los pacientes simplemente se morían, pero ahora podemos mantenerlos vivos hasta que el metabolismo
funciona de nuevo, me dice sin mirarme a los ojos. Bien, si es así sólo cabe esperar. Si tú resistes, Paula, yo también.

Cuando despiertes tendremos meses, tal vez años para pegar los trozos rotos de tu pasado o mejor aún podemos inventar tus recuerdos a medida según tus fantasías; por ahora te contaré de mí y de otros miembros de esta familia a la cual las dos pertenecemos, pero no me pidas exactitudes porque se me deslizarán errores, mucho se
me olvida o se me tuerce, no retengo lugares fechas ni nombres, en cambio jamás se me escapa una buena historia. Sentada a tu lado observando en una pantalla las líneas luminosas que señalan los latidos de tu corazón, trato de comunicarme contigo con los
métodos mágicos de mi abuela. Si ella estuviera aquí podría llevarte mis mensajes y ayudarme a sujetarte en este mundo. Has emprendido un extraño viaje por los médanos
de la inconsciencia. ¿Para qué tanta palabra si no puedes oírme?

¿Para qué estas páginas que tal vez nunca leas? Mi vida se hace al contarla y mi memoria se fija con la escritura; lo que no pongo en palabras sobre papel, lo borra el tiempo.

Hoy es 8 de enero de 1992. En un día como hoy, hace once años comencé en Caracas una carta para despedirme de mi abuelo, que agonizaba con un siglo de lucha a la
espalda. Sus firmes huesos seguían resistiendo, aunque hacía mucho él se preparaba para seguir a la Memé, quien le hacía señas desde el umbral. Yo no podía regresar a Chile y no
era el caso molestarlo con el teléfono que tanto lo fastidiaba, para decirle que se fuera tranquilo porque nada se perdería del tesoro de anécdotas que me contó a lo largo de
nuestra amistad, yo nada había olvidado. Poco después el viejo murió, pero el cuento me había atrapado y no pude detenerme, otras voces hablaban a través de mí, escribía en trance, con la sensación de ir desenredando un ovillo de lana, y con la misma urgencia con que escribo ahora. Al final del año se habían juntado quinientas páginas en una bolsa
de lona y comprendí que eso ya no era una carta, entonces anuncié tímidamente a la familia que había escrito un libro. ¿Cómo se titula? Preguntó mi madre. Hicimos una lista
de nombres, pero no logramos ponernos de acuerdo en ninguno y por fin tú, Paula, lanzaste una moneda al aire para decidirlo.

Así nació y se bautizó mi primera novela, La casa de los espíritus, y yo me inicié en el vicio irrecuperable de contar historias. Ese libro me salvó la vida. La escritura es una larga introspección, es un viaje hacia las cavernas más oscuras de la conciencia, una lenta meditación. Escribo a tientas en el silencio y por el camino descubro partículas de verdad, pequeños cristales que caben en la palma de una mano y justifican mi paso por este mundo. También un 8 de enero comencé mi segunda novela y después ya no me atreví a cambiar aquella fecha afortunada, en parte por superstición, pero también por disciplina; he comenzado todos mis libros un 8 de enero.

Hace varios meses terminé El plan infinito, mi novela más reciente, y desde entonces me preparo para este día. Tenía todo listo: tema, título, primera frase, sin embargo noescribiré esa historia todavía, porque desde que enfermaste sólo me alcanzan las fuerzas para acompañarte, Paula. Llevas un mes dormida, no sé cómo alcanzarte, te llamo y te llamo, pero tu nombre se pierde en los vericuetos de este hospital. Tengo el alma sofocada de arena, la tristeza es un desierto estéril. No sé rezar, no logro hilar dos pensamientos, menos podría sumergirme en la creación de otro libro. Me vuelco en estas páginas en un intento irracional de vencer mi terror, se me ocurre que si doy forma a esta devastación podré ayudarte y ayudarme, el meticuloso ejercicio de la escritura puede ser nuestra salvación. Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida.

Era mi madre una espléndida joven de dieciocho años cuando el Tata se llevó a la familia a Europa en un viaje de esfuerzo que entonces se hacía sólo una vez en la vida, Chile queda a los pies del mundo. Tenía intención de dejar a su hija en un colegio de Inglaterra para que adquiriera cultura y de paso olvidara sus amores con Tomás, pero Hitler le
desbarató los planes y la Segunda Guerra Mundial estalló con estrépito de cataclismo, sorprendiéndolos en la Costa Azul. Con increíbles dificultades, avanzando contra la corriente por caminos atochados de gente que escapaba a pie, a caballo o en cualquier
vehículo disponible, lograron llegar a Amberes y subir en el último barco chileno que zarpó del muelle. Las cubiertas y los botes salvavidas habían sido tomados por docenas de
familias judías que huían dejando pertenencias –y en algunos casos fortunas– en manos de cónsules inescrupulosos que les vendieron visas a precio de oro. A falta de camarotes viajaban como ganado, durmiendo a la intemperie y pasando hambre porque el alimento
estaba racionado. Durante esa penosa travesía la Memé consolaba a las mujeres que lloraban por sus hogares perdidos y por la incertidumbre del futuro, mientras el Tata negociaba comida en la cocina y frazadas con los marineros para repartir entre los
refugiados. Uno de ellos, peletero de oficio, en agradecimiento le regaló a la Memé un suntuoso abrigo de astracán gris. Navegaron durante semanas por aguas infestadas de
submarinos enemigos, con las luces apagadas por la noche y rezando de día, hasta que dejaron atrás el Atlántico y llegaron sanos y salvos a Chile. Al atracar en el puerto de Valparaíso lo primero que vislumbraron fue la figura inconfundible de Tomás en traje de
lino blanco y sombrero de Panamá, entonces el Tata comprendió la futilidad de oponerse a los misteriosos mandatos del destino y, de muy mal talante, dio su consentimiento para la boda.

La ceremonia se llevó a cabo en su casa, con participación del Nuncio Apostólico y algunos personajes del mundo oficial. La novia lucía un sobrio vestido de raso y una actitud
desafiante; no sé cómo se presentó el novio, porque la fotografía está cortada, de él sólo nos queda un brazo. Al conducir a su hija al salón, donde habían levantado un altar
adornado con cascadas de rosas, el Tata se detuvo al pie de la escalera.

–Todavía es tiempo de arrepentirse. No se case, hija, por favor piénselo mejor. Hágame una señal y yo me encargo de deshacer esta pelotera de gente y mandar el banquete al
hospicio... –Ella replicó con una mirada glacial.

Tal como había sido advertida mi abuela en una sesión de espiritismo, el matrimonio de mis padres fue un desastre desde sus albores. Mi madre se embarcó de nuevo, esta vez
rumbo al Perú, donde Tomás había sido nombrado secretario de la Embajada de Chile. Llevaba una colección de pesados baúles con su ajuar de desposada y un cargamento de
regalos, tantos objetos de porcelana, cristal y plata, que medio siglo más tarde aún tropezamos con ellos en rincones inesperados. Cincuenta años de destinacionesdiplomáticas en diversas latitudes, divorcios y largos exilios no lograron liberar a la familia de ese lastre; mucho me temo, Paula, que heredarás, entre otros objetos espeluznantes, una lámpara de ninfas caóticas y querubines rechonchos que mi madre aún preserva.

Tu casa es de una sencillez monacal y en tu escuálido ropero sólo cuelgan cuatro blusas y dos pantalones, me pregunto qué haces con lo que te voy dando, eres como la Memé,
que apenas descendió del barco y pisó tierra firme, se desprendió del abrigo de astracán para cubrir a una pordiosera. Mi madre pasó los dos primeros días de su luna de miel tan
mareada por los brincos del océano Pacífico que no pudo dejar el camarote, y apenas se sintió algo mejor y salió a respirar a pleno pulmón, su marido cayó postrado con dolor de
muelas. Mientras ella paseaba por las cubiertas, indiferente a las miradas codiciosas de oficiales y marineros, él gimoteaba en su litera. La puesta de sol pintaba de naranja el horizonte inmenso y por las noches las estrellas escandalosas invitaban al amor, pero el sufrimiento fue más poderoso que el romance. Habían de pasar tres días interminables
antes que el paciente permitiera al médico de a bordo intervenir con un alicate para aliviarlo del suplicio, sólo entonces cedió la hinchazón y los esposos pudieron iniciar la
vida de casados. La noche siguiente se presentaron juntos en el comedor invitados a la mesa del capitán. Después de un formal brindis por los recién casados apareció la
entrada, langostinos servidos en copas talladas en hielo. En un gesto de coqueta intimidad mi madre estiró su tenedor y sacó un marisco del plato de su marido, con tan mala suerte que un minúsculo punto de salsa americana cayó en su corbata. Tomás cogió un cuchillo para raspar el agravio, pero la mancha se extendió. Y entonces, ante el asombro de los
comensales y la mortificación de su mujer, el diplomático metió los dedos en el plato, cogió los crustáceos, se los restregó sobre el pecho, encharcando la camisa, el traje y el resto de la corbata, enseguida se pasó las manos por el cabello engominado, se puso de pie, saludó con una breve inclinación y partió a su camarote, donde permaneció durante
el resto de la navegación sumido en taimado silencio. A pesar de esos percances, yo fui engendrada en alta mar.

Mi madre no había sido preparada para la maternidad, en aquel tiempo esos asuntos se trataban en susurros frente a las muchachas solteras, y la Memé no tuvo la ocurrencia de
advertirla sobre los indecentes afanes de las abejas y las flores, porque su alma flotaba en otros niveles, más interesada en la translúcida naturaleza de los aparecidos que en las groseras realidades de este mundo, sin embargo apenas presintió su embarazo supo que
sería una niña, la llamó Isabel y estableció con ella un diálogo permanente que no ha cesado hasta hoy. Aferrada a la criatura que crecía en su vientre, trató de compensar su
soledad de mujer mal casada; me conversaba en alta voz asustando a quienes la veían actuar como una alucinada, y supongo que yo la escuchaba y le respondía, pero no me
acuerdo de ese período intrauterino.

Mi padre tenía gustos espléndidos. La ostentación siempre fue vicio mal mirado en Chile, donde la sobriedad es signo de refinamiento, en cambio en Lima, ciudad de virreyes, el
boato es de buen tono. Se instaló en una casa desproporcionada a su posición de segundo secretario de la Embajada, se rodeó de indios de servicio, encargó a Detroit un automóvil lujoso y despilfarró en fiestas, casinos y paseos en yate, sin que nadie se
explicara cómo financiaba tales extravagancias. En breve tiempo consiguió relacionarse con lo más granado del mundillo político y social, descubrió las flaquezas de cada uno y
mediante sus contactos llegó a enterarse de ciertas confidencias indiscretas y hasta de algunos secretos de Estado. Se convirtió en el invitado infaltable de las parrandas de
Lima; en plena guerra obtenía el mejor whisky, la cocaína más pura y las cortesanas máscomplacientes, todas las puertas se le abrían. Mientras él trepaba los peldaños de su carrera, su mujer se sentía prisionera en una situación sin salida, unida a los veinte años a
un hombre escurridizo de quien dependía por completo. Languidecía en el calor húmedo del verano escribiendo páginas interminables a su madre, que se cruzaban en el mar y se
perdían en las bolsas del correo como una conversación de sordos. Esas cartas melancólicas apiladas sobre su escritorio convencieron a la Memé del desencanto de su
hija, suspendió sus sesiones de espiritismo con sus tres amigas esotéricas de la Hermandad Blanca, puso las barajas de adivinación en un maletín y partió a Lima en un
frágil bimotor, de los pocos que llevaban pasajeros, porque en ese período de guerra los aviones se reservaban para propósitos militares. Llegó justo a tiempo para mi nacimiento.
Como había traído sus hijos al mundo en la casa, ayudada por su marido y una comadrona, se desconcertó con los modernos métodos de la clínica.

Atontaron a la parturienta de un solo pinchazo sin darle oportunidad de participar en los acontecimientos y apenas nació el bebé lo trasladaron a una guardería aséptica. Mucho
después, cuando se disiparon las brumas de la anestesia, informaron a la madre que había dado a luz una niña, pero que de acuerdo con el reglamento sólo podría tenerla
consigo a las horas de amamantarla.

–¡Es un fenómeno y por eso no me dejan verla!

–Es una chiquilla preciosa –replicó mi abuela, procurando dar a su voz un tono convincente, aunque en realidad no había tenido ocasión de verme bien todavía. A través
de un vidrio le habían asomado un bulto envuelto en una mantilla, que a sus ojos no tenía aspecto completamente humano.

Mientras yo chillaba de hambre en otro piso, mi madre forcejeaba furiosa, dispuesta a recuperar a su hija por la violencia, en caso necesario. Acudió un doctor, diagnosticó una crisis histérica, le colocó otra inyección y la dejó dormida por doce horas más. Para
entonces mi abuela estaba convencida que se encontraban en la antesala del infierno y apenas su hija se espabiló un poco, la ayudó a lavarse la cara con agua fría y ponerse la
ropa.

–Hay que escapar de aquí. Vístete y saldremos del brazo como dos señoras que han venido de visita.

–¡Pero no podemos irnos sin la niña, mamá por Dios!

–Cierto –replicó mi abuela, quien probablemente no había pensado en ese detalle.

Entraron con actitud decidida a la sala donde estaban secuestrados los recién nacidos, cogieron un bebé y se lo llevaron apresuradamente sin levantar sospechas. Pudieron identificar el sexo porque la criatura llevaba una cinta rosada en la muñeca, pero no dispusieron de tiempo para averiguar si acaso se trataba de la suya y por lo demás el asunto no era de vital importancia, todos los niños son más o menos iguales a esa edad.
Es posible que en la prisa me confundieran y en alguna parte hay una mujer con dotes de clarividencia y ojos color de espinaca ocupando mi lugar.

A salvo en la casa me desnudaron para ver si estaba completa y descubrieron un sol en la base de la espalda. Esta mancha es buen signo, aseguró la Memé, no debemos
preocuparnos por ella, crecerá sana y afortunada. Nací en agosto, signo Leo, sexo femenino y si no me cambiaron en la clínica tengo sangre castellano–vasca, un cuarto de francesa y una cierta dosis de araucana o mapuche, como todos los de mi tierra. A pesar
de haber venido al mundo en Lima, soy chilena; vengo de "un largo pétalo de mar y vino y nieve" como definió Pablo Neruda a mi país, y de allí vienes tú también, Paula aunque tienes el sello indeleble del Caribe, donde creciste.



Te cuesta un poco entender nuestra mentalidad del sur. En Chile estamos determinados por la presencia eterna de las montañas, que nos separan del resto del continente, y por la sensación de precariedad, inevitable En una región de catástrofes geológicas y políticas.
Todo tiembla bajo nuestros pies, no conocemos seguridades, si nos preguntan cómo estamos, la respuesta es "sin novedad" o "más o menos"; nos movemos de una incertidumbre a otra, caminamos cautelosos en una región de claroscuros, nada es
preciso, no nos gustan los enfrentamientos, preferimos negociar.



Cuando las circunstancias nos empujan a los extremos despiertan nuestros peores instintos y la historia da un vuelvo trágico, porque los mismos hombres que en la vida
cotidiana parecen mansos, al contar con impunidad y un buen pretexto suelen convertirse en fieras sanguinarias. Pero en tiempos normales los chilenos son sobrios, circunspectos,
formales y sienten pánico de llamar la atención, que para ellos es sinónimo de hacer el ridículo. Por lo mismo yo he sido un bochorno para la familia.



¿Y dónde estaba Tomás mientras su mujer daba a luz y su suegra llevaba a cabo el discreto rapto de su primogénita? No lo sé, mi padre es una gran ausencia en mi vida, se fue tan temprano y de manera tan rotunda, que no guardo recuerdos suyos. Mi madre
convivió con él por cuatro años con dos largas separaciones entre medio, y se dio tiempo para dar a luz tres hijos. Era tan fértil que bastaba sacudir un calzoncillo en un radio de
medio kilómetro para que ella quedara embarazada, condición que heredé, pero tuve la fortuna de llegar a tiempo a la época de la píldora. En cada parto desaparecía su marido, tal como hacía frente a cualquier problema significativo, y regresaba alegre con un regalo
extravagante para su mujer una vez que la emergencia había sido superada. Ella veía proliferar cuadros en las paredes y porcelanas chinas en las repisas sin comprender el
origen de tanto dispendio; era imposible explicar esos lujos con un sueldo que a otros funcionarios apenas alcanzaba, pero cuando intentaba averiguarlo, él le contestaba con
evasivas, tal como ocurría al indagar ella sobre sus ausencias nocturnas, sus viajes misteriosos y sus turbias amistades. Ya tenía dos niños y estaba a punto de dar a luz el
tercero, cuando el castillo de naipes de su inocencia se desmoronó. Una mañana Lima amaneció agitada por un rumor de escándalo que sin ser publicado en los periódicos, se
deslizó en todos los salones. Se trataba de un viejo millonario que solía prestar su apartamento a los amigotes para citas clandestinas de amor. En el dormitorio, entre
muebles antiguos y tapices persas colgaba un falso espejo de marco barroco, que en realidad era una ventana. Al otro lado se instalaba el dueño de casa con grupos selectos
de sus invitados, bien provistos de licor y drogas, dispuestos a deleitarse con los juegos de la pareja de turno, que por lo general nada sospechaba. Esa noche se encontraba entre los mirones un político altamente colocado en el Gobierno. Al abrir la cortina para
espiar a los incautos amantes, la primera sorpresa fue que se trataba de dos varones, y la segunda que uno de ellos, ataviado con corsé y portaligas de encaje, era el hijo mayor del
político, un joven abogado a quien se le auguraba una carrera brillante. La humillación hizo perder el control al padre, a patadas rompió el espejo, se lanzó encima de su hijo
para arrancarle los colgajos de mujer y si no lo atajan tal vez lo asesina. Pocas horas
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después los corrillos limeños comentaban los pormenores de lo ocurrido, agregando detalles cada vez más escabrosos. Se sospechaba que el incidente no fue casual, que
alguien planeó la escena por puro afán de maldad. Asustado, Tomás desapareció sin dar explicaciones. Mi madre no se enteró del escándalo hasta varios días después; vivía
aislada por las molestias de sus continuos embarazos y también para evitar a los acreedores que reclamaban cuentas impagas. Cansados de esperar sus sueldos, los criados de la casa habían desertado, sólo quedaba Margara, una empleada chilena de
rostro hermético y corazón de piedra que servía a la familia desde tiempos inmemoriales. En esas condiciones comenzaron los síntomas del parto, apretó los dientes y se dispuso a dar a luz del modo más primitivo. Yo tenía cerca de tres años, y mi hermano Pancho
apenas caminaba. Esa noche, encogidos en un pasillo, oímos los gemidos de mi madre y presenciamos el trasiego de Margara con teteras de agua caliente y toallas. Juan vino al mundo a medianoche, pequeño y arrugado, un desmigajado ratón sin pelo que apenas respiraba.



Pronto se vio que no podía tragar, tenía un nudo en la garganta y el alimento no pasaba, estaba destinado a perecer de hambre mientras a su madre le reventaban los senos de
leche, pero lo salvó la tenacidad de Margara, empeñada en mantenerlo vivo, primero con un algodón empapado en leche que exprimía gota a gota, y después metiéndole a la
fuerza una papilla espesa con una cuchara de palo.



Por años dieron vuelta en mi cabeza razones morbosas para justificar la desaparición de mi padre, me cansé de preguntar a medio mundo, existe un silencio conspirativo en torno a él.



Quienes lo conocieron y aún viven, me lo describen como un hombre muy inteligente y no agregan más. En mi niñez lo imaginé como un criminal y más tarde, cuando supe de perversiones sexuales, se las atribuí todas, pero parece que nada tan novelesco adorna su pasado, era sólo un alma cobarde; un día se vio acosado por sus mentiras, perdió el control de la situación y salió escapando.



Dejó la Cancillería, no volvió a ver a su madre, sus familiares ni amigos, literalmente se hizo humo. Lo visualizo –un poco en broma, claro está– huyendo hacia Machu Picchu disfrazado de india peruana, con trenzas postizas y varias polleras multicolores. ¡No repitas eso jamás! ¿de dónde sacas tantas tonterías? me atajó mi madre cuando le mencioné aquella posibilidad. Fuera como fuera, partió sin dejar rastro, pero no se trasladó a las alturas transparentes de los Andes para diluirse en una aldea de aymarás, como yo suponía, simplemente descendió un peldaño en la implacable escalera de las clases sociales chilenas y se tornó invisible.



Regresó a Santiago y continuó transitando por las calles céntricas, pero como no frecuentaba el mismo medio social, fue como si hubiera muerto. No volví a ver a mi abuela paterna ni a nadie de su familia, excepto Salvador Allende, quien se mantuvo cerca de nosotros por un firme sentimiento de lealtad. Nunca más vi a mi padre, no oí mencionar su nombre y nada sé de su aspecto físico, por lo tanto resulta irónico que un día me llamaran para identificar su cadáver en la morgue, pero eso fue mucho después.



Lamento, Paula, que en este punto desaparezca este personaje, porque los villanos constituyen la parte más sabrosa de los cuentos.




Mi madre, que había sido criada en un ambiente privilegiado donde las mujeres no participaban en los asuntos económicos, se atrincheró en su casa cerrada, enjugó las lágrimas del abandono y sacó la cuenta que al menos por un tiempo no moriría de
inanición porque contaba con el tesoro de las bandejas de plata que podía ir liquidando una a una para pagar las cuentas. Se encontraba sola con tres criaturas en un país extraño, rodeada de un boato inexplicable y sin un centavo en la cartera, pero era demasiado orgullosa para pedir ayuda. De todos modos la Embajada estaba alerta y se
supo de inmediato que Tomás había desaparecido dejando a los suyos en bancarrota. El decoro del país estaba en juego, no se podía permitir que el nombre de un funcionario chileno rodara por el lodo y mucho menos que su mujer e hijos fueran puestos en la calle
por los acreedores. El cónsul se presentó a visitar a la familia con instrucciones de enviarla de vuelta a Chile con la mayor discreción posible. Adivinaste, Paula, se trataba del tío
Ramón, tu abuelo príncipe y descendiente directo de Jesucristo. Él mismo asegura que era uno de los hombres más feos de su generación, pero creo que exagera; no diremos que
es guapo, pero lo que le falta en gallardía le sobra en inteligencia y encanto, además, los años le han dado un aire de gran dignidad. En la época en que fue enviado en nuestra ayuda era un caballero desmirriado, de tinte verdoso, con bigotes de morsa y cejas
mefistofélicas, padre de cuatro hijos y católico observante, ni sombra del personaje mítico que llegó a ser después, cuando cambió la piel como las culebras. Margara abrió la puerta
al visitante y lo condujo a la habitación de la señora, quien lo recibió en cama rodeada de sus niños, todavía machucada por el alumbramiento pero en todo el resplandor dramático
y la ebullente fortaleza de su juventud. El señor cónsul, que apenas conocía a la esposa de su colega –la había visto siempre embarazada y con un aire distante que no invitaba a
acercarse– permaneció de pie cerca de la puerta sumido en un manglar de emociones. Mientras la interrogaba sobre los pormenores de su situación y le explicaba el plan de repatriarla, lo atormentaba una furiosa estampida de toros en el pecho. Calculando que no
existía una mujer más fascinante y sin comprender cómo su marido pudo abandonarla, porque él daría la vida por ella, suspiró abatido por la tremenda injusticia de haberla
conocido demasiado tarde. Ella lo miró largamente.



–Está bien, volveré a la casa de mi padre –aceptó por fin.



–Dentro de pocos días sale un barco del Callao rumbo a Valparaíso, trataré de conseguir pasajes –tartamudeó él.



–Viajo con mis tres hijos, Margara y la perra. No sé si este niño, que nació muy débil, resistirá la travesía –y aunque le brillaban los ojos de lágrimas no se permitió llorar.



En un chispazo desfilaron por la mente de Ramón su esposa, sus hijos, su padre apuntándolo con un índice acusador y su tío obispo con un crucifijo en la mano lanzando
rayos de condenación, se vio saliendo excomulgado de la Iglesia y sin honra de la Cancillería, pero no podía desprenderse del rostro perfecto de esa mujer y sintió que un
huracán lo levantaba del suelo. Dio dos pasos en dirección a la cama. En esos dos pasos decidió su futuro.



–De ahora en adelante yo me hago cargo de ti y de tus hijos para siempre.



Para siempre... ¿Qué es eso, Paula? He perdido la medida del tiempo en este edificio blanco donde reina el eco y nunca es de noche. Se han esfumado las fronteras de la
realidad, la vida es un laberinto de espejos encontrados y de imágenes torcidas. Hace un
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mes, a esta misma hora, yo era otra mujer. Hay una fotografía mía de entonces, estoy en la fiesta de presentación de mi reciente novela en España, con un vestido escotado color berenjena, collar y pulseras de plata, las uñas largas y la sonrisa confiada, un siglo más
joven que ahora. No reconozco a esa mujer, en cuatro semanas el dolor me ha transformado. Mientras explicaba desde un micrófono las circunstancias que me llevaron a
escribir El plan infinito, mi agente se abrió paso en el gentío para soplarme al oído que tú habías ingresado al hospital. Tuve el presentimiento feroz de que una desgracia
fundamental nos había desviado las vidas. Cuando llegué a Madrid dos días antes, ya te sentías muy mal. Me extrañó que no estuvieras en el aeropuerto para recibirme, como
siempre hacías, dejé las maletas en el hotel y, agotada por el esforzado viaje desde California, partí a tu casa donde te encontré vomitando y abrasada de fiebre. Acababas de regresar de un retiro espiritual con las monjas del colegio en el cual trabajas, cuarenta horas a la semana como voluntaria ayudando a niños sin recursos, y me contaste que había sido una experiencia intensa y triste, te abrumaban las dudas, tu fe era frágil.



–Ando buscando a Dios y se me escapa, mamá...



–Dios espera siempre, por ahora es más urgente buscar un médico.



¿Qué te pasa, hija?



–Porfiria –replicaste sin vacilar.



Desde hacía varios años, al saber que heredaste esa condición, te cuidabas mucho y te controlabas con uno de los pocos especialistas de España. Al verte ya sin fuerzas, tu marido te llevó a un servicio de emergencia, diagnosticaron una gripe y te mandaron de vuelta a casa. Esa noche Ernesto me contó que desde hacía semanas, incluso meses, estabas tensa y cansada. Mientras discutíamos una supuesta depresión, tú sufrías tras la puerta cerrada de tu pieza; la porfiria te estaba envenenando de prisa y ninguno de nosotros tuvo el buen ojo para darse cuenta. No sé cómo cumplí con mi trabajo, tenía la voluntad ausente y entre dos entrevistas de prensa corría al teléfono para llamarte. Apenas me dieron la noticia de que estabas peor cancelé el resto de la gira y volé a verte al hospital, subí corriendo los seis pisos y ubiqué tu sala en ese monstruoso edificio. Te encontré reclinada en la cama, lívida, con una expresión perdida, y me bastó una mirada para comprender cuán grave estabas.



–¿Por qué lloras? –me preguntaste con voz desconocida.


–Porque tengo miedo. Te quiero, Paula.


–Yo también te quiero, mamá...


Eso fue lo último que me dijiste, hija. Instantes después delirabas recitando números, los ojos fijos en el techo. Ernesto y yo nos quedamos a tu lado durante la noche, consternados, turnándonos la única silla disponible, mientras en otras camas de la sala agonizaba una anciana, gritaba una mujer demente e intentaba dormir una gitana desnutrida y marcada de golpes. Al amanecer convencí a tu marido que se fuera a descansar, llevaba varias noches en vela y estaba extenuado. Se despidió de ti con un beso en la boca. Una hora después se desencadenó el horror, un escalofriante vómito de sangre seguido de convulsiones; tu cuerpo tenso, arqueado hacia atrás, se agitaba en
violentos espasmos que te levantaban de la cama, los brazos temblaban con las manos agarrotadas, como si intentaras aferrarte a algo, los ojos despavoridos, el rostro congestionado y babeante. Me lancé encima de ti para sujetarte, grité y grité pidiendo ayuda, la sala se llenó de gente vestida de blanco y me sacaron a viva fuerza.



Recuerdo encontrarme de rodillas en el suelo, luego un bofetón en la cara. ¡Tranquila, señora, cállese o tendrá que irse! Su hija se encuentra mejor, puede entrar y quedarse con ella, me sacudió un enfermero. Traté de ponerme de pie, pero se me doblaban las piernas; me ayudaron a llegar hasta tu cama y después se fueron, quedé sola contigo y con las pacientes de las otras camas, que observaban en silencio, cada una sumida en sus propios males.



Tenías el color ceniza de los espectros, los ojos volteados hacia arriba, un hilo de sangre seca junto a la boca, estabas fría.

Esperé llamándote con los nombres que te he dado desde niña, pero te alejabas hacia otro mundo; quise darte de beber agua, te sacudí, me fijaste las pupilas dilatadas y vidriosas, mirando a través de mí hacia otro horizonte y de pronto te quedaste inmóvil, exangüe, sin respirar. Alcancé a llamar a gritos y enseguida intenté darte respiración boca a boca, pero el miedo me había bloqueado, hice todo mal, te soplé aire sin ritmo ni concierto, de cualquier modo, cinco o seis veces, y entonces noté que tampoco te latía el corazón y comencé a golpearte el pecho con los puños.


Instantes más tarde llegó ayuda y lo último que vi fue tu cama alejándose a la carrera por el pasillo hacia el ascensor. Desde ese momento la vida se detuvo para ti y también para mí, las dos cruzamos un misterioso umbral y entramos a la zona más oscura.



–Su estado es crítico –me notificó el médico de guardia en la Unidad de Cuidados Intensivos.

–¿Debo llamar a su padre en Chile? Demorará más de veinte horas en llegar aquí – pregunté.

–Sí.

Se había corrido la voz y empezaban a llegar parientes de Ernesto, amigos y monjas de tu colegio; alguien avisó por teléfono a la familia, repartida en Chile, Venezuela y los Estados Unidos. Al poco rato apareció tu marido, sereno y suave, más preocupado por los sentimientos ajenos que por los propios, se veía muy cansado.

Le permitieron verte por unos minutos y al salir nos informó que estabas conectada a un respirador y recibías una transfusión de sangre. No está tan mal como dicen, siento el corazón de Paula latiendo fuerte junto al mío, dijo, frase que en ese momento me pareció sin sentido, pero ahora que lo conozco más puedo comprender mejor. Ambos pasamos ese día y la noche siguiente sentados en la sala de espera, a ratos me dormía extenuada y cuando abría los ojos lo veía a él inmóvil, siempre en la misma postura, aguardando.

–Estoy aterrada, Ernesto –admití al amanecer.

–Nada podemos hacer, Paula está en manos de Dios.

–Para ti debe ser más fácil aceptarlo porque al menos cuentas con tu religión.

–Me duele como a ti, pero tengo menos miedo de la muerte y más esperanza en la vida – replicó abrazándome. Hundí la cara en su chaleco, aspirando su olor a hombre joven, sacudida por un atávico espanto.

Horas después llegaron de Chile mi madre y Michael, también Willie de California. Tu padre venía muy pálido, subió al avión en Santiago convencido que te encontraría muerta,
el viaje debe haber sido eterno para él. Desconsolada abracé a mi madre y comprobé que a pesar de haberse reducido de tamaño con la edad, todavía es una enorme presencia
protectora. A su lado Willie parece un gigante, pero cuando busqué un pecho donde apoyar la cabeza, el de ella me resultó más amplio y seguro que el de mi marido. Entramos a la sala de Cuidados Intensivos y alcanzamos a verte consciente y un poco mejor que el día anterior, los médicos comenzaban a reponerte el sodio, que perdías a raudales, y la sangre fresca te había reanimado; sin embargo la ilusión duró sólo unas horas, poco después tuviste una crisis de ansiedad y te administraron una dosis masiva de sedantes, que te tumbó en un coma profundo del que no has despertado hasta ahora.

–Pobrecita su niña, no merece esta suerte. ¿Por qué no me muero yo, que ya estoy viejo, en vez de ella? –me dice a veces don Manuel, el enfermo de la cama de al lado, con su trabajosa voz de agonizante.

Es muy difícil escribir estas páginas, Paula, recorrer de nuevo las etapas de este doloroso viaje, precisar los detalles, imaginar cómo habría sido si hubieras caído en mejores manos, si no te hubieran aturdido con drogas, si... ¿Cómo sacudirme la culpa?

Cuando mencionaste la porfiria pensé que exagerabas y en vez de buscar más ayuda confié en esta gente vestida de blanco, les entregué sin reservas a mi hija. Es imposible retroceder en el tiempo, no debo mirar hacia atrás, sin embargo no puedo dejar de hacerlo, es una obsesión. Para mí sólo existe la certeza irremisible de este hospital madrileño, el resto de mi existencia se ha esfumado en una densa niebla.

Willie, quien a los pocos días debió regresar a su trabajo en California, me llama cada mañana y cada noche para darme fuerza, recordarme que nos amamos y tenemos una vida feliz al otro lado del mar. Me llega su voz de muy lejos y me parece que lo estoy soñando, que en realidad no existe una casa de madera colgada sobre la bahía de San Francisco, ni ese ardiente amante ahora convertido en un marido lejano. También me parece que he soñado a mi hijo Nicolás, a Celia mi nuera, al pequeño Alejandro con sus pestañas de jirafa. Carmen Balcells, mi agente, viene a veces para transmitirme condolencias de mis editores o noticias de mis libros y no sé de qué me habla, sólo existes tú, hija, y el espacio sin tiempo donde ambas nos hemos instalado.

En las largas horas de silencio se me atropellan los recuerdos, todo me ha sucedido en el mismo instante, como si mi vida entera fuera una sola imagen ininteligible. La niña y la joven que fui, la mujer que soy, la anciana que seré, todas las etapas son agua del mismo impetuoso manantial. Mi memoria es como un mural mexicano donde todo ocurre simultáneamente: las naves de los conquistadores por una esquina mientras la Inquisición tortura indios en otra, los libertadores galopando con banderas ensangrentadas y la Serpiente Emplumada frente a un Cristo sufriente entre las chimeneas humeantes de la era industrial. Así es mi vida, un fresco múltiple y variable que sólo yo puedo descifrar y que me pertenece como un secreto. La mente selecciona, exagera, traiciona, los acontecimientos se esfuman, las personas se olvidan y al final sólo queda el trayecto del alma, esos escasos momentos de revelación del espíritu. No interesa lo que me pasó, sino las cicatrices que me marcan y distinguen. Mi pasado tiene poco sentido, no veo orden, claridad, propósitos ni caminos, sólo un viaje a ciegas, guiada por el instinto y por acontecimientos incontrolables que desviaron el curso de mi suerte. No hubo cálculo, sólo buenos propósitos y la vaga sospecha de que existe un diseño superior que determina mis pasos. Hasta ahora no he compartido mi pasado, es mi último jardín, allí donde ni el amante más intruso se ha asomado. Tómalo, Paula, tal vez te sirva de algo, porque creo que el tuyo ya no existe, se te perdió en este largo sueño y no se puede vivir sin recuerdos.

Mi madre regresó a casa de sus padres en Santiago; un matrimonio fracasado se consideraba entonces la peor suerte para una mujer, pero ella todavía no lo sabía e iba con la frente en alto. Ramón, el cónsul seducido, la condujo al barco con sus hijos, la temible Margara, la perra, los baúles y las cajas con las bandejas de plata. Al despedirse retuvo sus manos y repitió la promesa de cuidarla para siempre, pero ella, distraída en los afanes de acomodarse en el reducido espacio del camarote, lo premió apenas con una sonrisa vaga. Estaba acostumbrada a recibir galanterías y carecía de razones para sospechar que ese funcionario de tan precario aspecto jugaría un papel fundamental en su futuro, tampoco olvidaba que ese hombre tenía esposa y cuatro hijos, y por lo demás la apremiaban asuntos más urgentes: el recién nacido respiraba a bocanadas como un pez en tierra seca, los otros dos niños lloraban asustados y Margara había entrado en uno de sus hoscos silencios reprobatorios. Cuando oyó el ruido de los motores y la ronca sirena anunciando la salida del barco, tuvo un primer atisbo del huracán que la había volteado.
Podía contar con hospedaje en la casa paterna, pero ya no era una joven soltera y debía hacerse cargo de sus hijos como si fuera viuda. Empezaba a preguntarse cómo se las arreglaría, cuando el zangoloteo de las olas le trajo el recuerdo de los camarones de su luna de miel y entonces sonrió aliviada porque al menos estaba lejos de su extraño marido. Acababa de cumplir veinticuatro años y no sospechaba cómo ganarse el sustento, pero no en vano corría por sus venas la sangre aventurera de aquel remoto marinero vasco.

Así es como a mí me tocó crecer en casa de mis abuelos. Bueno, es una manera de hablar, la verdad es que no crecí mucho, con un esfuerzo desproporcionado alcancé el metro y medio, estatura que mantuve hasta hace un mes, cuando percibí que el espejo del baño estaba subiendo. Pamplinas, no te estás encogiendo, lo que pasa es que has perdido peso y andas sin tacones, asegura mi madre, pero noto que de reojo me observa preocupada. Al decir que crecí con esfuerzo no hablo en metáfora, se hizo todo lo posible por estirarme, excepto administrarme hormonas porque en esa época aún estaban en experimentación y Benjamín Viel, médico de la familia y eterno enamorado platónico de mi madre, temió que me salieran bigotes. No habría sido tan grave, eso se afeita.

Durante años asistí a un gimnasio donde mediante un sistema de cuerdas y poleas me suspendían del techo para que la fuerza de gravedad extendiera mi esqueleto. En mis pesadillas me veo atada por los tobillos cabeza abajo, pero mi madre asegura que eso es totalmente falso, nunca padecí nada tan cruel, me colgaban del cuello con un moderno aparato que impedía la muerte instantánea por ahorcamiento. Aquel recurso extremo fue inútil, sólo se me alargó el cuello. Mi primera escuela fue de monjas alemanas, pero no duré mucho allí, a los seis años me expulsaron por perversa: organicé un concurso de mostrar los calzones, aunque tal vez la verdadera razón fue que mi madre escandalizaba a la pudibunda sociedad santiaguina con su falta de marido. De allí fui a parar a un colegio inglés más comprensivo, donde esas exhibiciones no acarreaban mayores consecuencias, siempre que se hicieran discretamente. Estoy segura que mi infancia habría sido diferente si la Memé hubiera vivido más. Mi abuela me estaba criando para Iluminada, las primeras palabras que me enseñó fueron en esperanto, un engendro impronunciable que ella consideraba el idioma universal del futuro, y aún andaba yo en pañales cuando ya me sentaba a la mesa de los espíritus, pero esas espléndidas posibilidades terminaron con su partida. La casona familiar, encantadora cuando ella la presidía, con sus tertulias de intelectuales, bohemios y lunáticos, se convirtió a su muerte en un espacio triste cruzado de corrientes de aire. El olor de entonces perdura en mi memoria: estufas a parafina en invierno y azúcar quemada en verano, cuando encendían una fogata en el patio para hacer dulce de moras en una enorme olla de cobre. Con la muerte de mi abuela se vaciaron las jaulas de pájaros, callaron las sonatas en el piano, se secaron las plantas y las flores en los jarrones, escaparon los gatos a los tejados, donde se convirtieron en
bestias bravas, y poco a poco perecieron los demás animales domésticos, los conejos y las gallinas acabaron guisados por la cocinera, y la cabra salió un día a la calle y murió aplastada por el carretón del lechero. Sólo quedó la perra Pelvina López–Pun dormitando junto a la cortina que dividía la sala del comedor. Yo deambulaba llamando a mi abuela entre pesados muebles españoles, estatuas de mármol, cuadros bucólicos y pilas de libros, que se acumulaban por los rincones y se reproducían de noche como una fauna incontrolable de papel impreso. Existía una frontera tácita entre la parte ocupada por la familia y la cocina, los patios y los cuartos de las empleadas, donde transcurría la mayor parte de mi vida. Aquél era un submundo de habitaciones mal ventiladas, oscuras, con un camastro, una silla y una cómoda desvencijada como único mobiliario, decoradas con un calendario y estampas de santos. Ése era el único refugio de aquellas mujeres que trabajaban de sol a sol, las primeras en levantarse al amanecer y las últimas en acostarse después de servir la cena a la familia y limpiar la cocina. Salían un domingo cada dos semanas, no recuerdo que gozaran de vacaciones o tuvieran familia, envejecían sirviendo y morían en la casa. Una vez al mes aparecía un hombronazo medio chalado a encerar los pisos. Se colocaba virutillas de acero amarradas a los pies y bailaba una zamba patética raspando el parquet, luego aplicaba a gatas cera con un trapo y finalmente sacaba brillo a mano con un pesado escobillón.

Cada semana venía también la lavandera, una mujercita de nada, en los huesos, siempre con dos o tres chiquillos colgados de sus faldas, que se llevaba una montaña de ropa sucia equilibrada sobre la cabeza. Se la entregaban contada, para que nada faltara cuando la traía de vuelta, limpia y planchada. Cada vez que me tocaba presenciar el humillante proceso de contar camisas, servilletas y sábanas, iba después a esconderme entre los pliegues de felpa del salón para abrazarme a mi abuela. No sabía por qué lloraba; ahora lo sé: lloraba de vergüenza. En la cortina reinaba el espíritu de la Memé y supongo que por eso la perra no se movía de aquel lugar.

Las empleadas, en cambio, creían que rondaba en el sótano, de donde provenían ruidos y luces tenues, por eso evitaban acercarse por aquel lado. Yo conocía bien la causa de esos fenómenos, pero no tenía interés alguno en revelarla. En los cortinajes teatrales del salón buscaba el rostro translúcido de mi abuela; escribía mensajes en trozos de papel, los doblaba con cuidado y los prendía con un alfiler en la gruesa tela para que ella los encontrara y supiera que no la había olvidado.

La Memé se despidió de la vida con sencillez, nadie se dio cuenta de sus preparativos de viaje al Más Allá hasta última hora, cuando ya era demasiado tarde para intervenir.
Consciente de que se requiere una gran ligereza para desprenderse del suelo, echó todo por la borda, se deshizo de sus bienes terrenales y eliminó sentimientos y deseos superfluos, quedándose sólo con lo esencial, escribió unas cuantas cartas y por último se tendió en su cama para no levantarse más. Agonizó una semana ayudada por su marido,quien usó toda la farmacopea a su alcance para ahorrarle sufrimiento, mientras la vida se le escapaba y un tambor sordo resonaba en su pecho. No hubo tiempo de avisar a nadie,sin embargo sus amigas de la Hermandad Blanca se enteraron telepáticamente y aparecieron en el último instante para entregarle mensajes destinados a las ánimas benevolentes que por años habían comparecido a las sesiones de los jueves en torno a la mesa de tres patas. Esta mujer prodigiosa no dejó rastro material de su paso por este mundo, excepto un espejo de plata, un libro de oraciones con tapas de nácar y un puñado de azahares de cera, restos de su tocado de novia. Tampoco me dejó muchos recuerdos y los que tengo deben estar deformados por mi visión infantil de entonces y el paso del tiempo, pero no importa, porque su presencia me ha acompañado siempre. Cuando el asma o la inquietud le cortaban el aliento, me estrechaba para aliviarse con mi calor, ésa es la imagen más precisa que guardo de ella: su piel de papel de arroz, sus dedos suaves, el aire silbando en su garganta, el abrazo apretado, el aroma de colonia y a veces un soplo del aceite de almendras que se echaba en las manos. He escuchado hablar de ella, conservo en una caja de lata las únicas reliquias suyas que han perdurado y el resto lo he inventado porque todos necesitamos una abuela. Ella no sólo ha cumplido ese papel a la perfección, a pesar del inconveniente de su muerte, sino que inspiró el personaje que más amo de todos los que aparecen en mis libros:

Clara, clarísima, clarividente, en La casa de los espíritus.

Mi abuelo no pudo aceptar la pérdida de su mujer. Creo que vivían en mundos irreconciliables y se amaron en encuentros fugaces con una ternura dolorosa y una pasión secreta. El Tata tenía la vitalidad de un hombre práctico, sano, deportista y emprendedor, ella era extranjera en esta tierra, una presencia etérea e inalcanzable. Su marido debió conformarse con vivir bajo el mismo techo, pero en diferente dimensión, sin poseerla jamás.

Sólo en algunas ocasiones solemnes, como al nacer los hijos que él recibió en sus manos, o cuando la sostuvo en sus brazos a la hora de la muerte, tuvo la sensación de que ella realmente existía.

Intentó mil veces aprehender ese espíritu liviano que pasaba ante sus ojos como un cometa dejando una perdurable estela de polvo astral, pero quedaba siempre con la impresión de que se le escapaba. Al final de sus días, cuando le faltaba poco para cumplir un siglo de vida y del enérgico patriarca sólo quedaba una sombra devorada por la soledad y la implacable corrosión de los años, abandonó la idea de ser su dueño absoluto, como pretendió en la juventud, y sólo entonces pudo abrazarla en términos de igualdad.
La sombra de la Memé adquirió contornos precisos y se convirtió en una criatura tangible que lo acompañaba en la minuciosa reconstrucción de los recuerdos y en los achaques de la vejez. Cuando recién quedó viudo se sintió traicionado, la acusó de haberlo desamparado a mitad de camino, se vistió de luto cerrado como un cuervo, pintó de negro sus muebles y para no sufrir más trató de eliminar otros afectos de su existencia,
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pero nunca lo logró del todo, era un hombre derrotado por su corazón gentil. Ocupaba una pieza grande en el primer piso de la casa, donde sonaban cada hora las campanadas fúnebres de un reloj de torre. La puerta se mantenía cerrada y rara vez me atreví a golpear, pero por las mañanas pasaba a saludarlo antes de ir al colegio y a veces me autorizaba para revisar el cuarto en busca de un chocolate que escondía para mí. Nunca lo oí quejarse, era de una reciedumbre heroica, pero a menudo se le aguaban los ojos y cuando se creía solo hablaba con el recuerdo de su mujer. Con los años y las penas ya no pudo controlar el llanto, se limpiaba las lágrimas a manotazos, furioso por su propia debilidad, me estoy poniendo viejo, caramba, gruñía. Al quedar viudo abolió las flores, los dulces, la música y todo motivo de alegría; el silencio penetró en la casa y en su alma.

La situación de mis padres era ambigua, porque en Chile no hay divorcio, pero no fue difícil convencer a Tomás de anular el matrimonio y así mis hermanos y yo quedamos convertidos en hijos de madre soltera. Mi padre, quien por lo visto no tenía gran interés en incurrir en gastos de manutención, cedió también la tutela de sus hijos y luego se esfumó sin bulla, mientras el círculo social en torno a mi madre se cerraba apretadamente para acallar el escándalo. El único bien que exigió al firmar la nulidad matrimonial fue la devolución de su escudo de armas, tres perros famélicos en un campo azul, que obtuvo de inmediato porque mi madre y el resto de la familia se reían a carcajadas de los blasones. Con la partida de ese irónico escudo desapareció cualquier linaje que pudiéramos reclamar, de un plumazo quedamos sin estirpe. La imagen de Tomás se diluyó en el olvido. Mi abuelo no quiso oír hablar de su antiguo yerno y tampoco admitió quejas en su presencia, por algo había advertido a su hija que no se casara. Ella consiguió un modesto empleo en un banco, cuyo principal atractivo era la posibilidad de jubilarse con sueldo completo al término de treinta y cinco años de abnegada labor y el mayor inconveniente era la concupiscencia del director que solía acosarla por los rincones. En el caserón familiar vivían también un par de tíos solteros que se encargaron de poblar mi infancia de sobresaltos.

Mi preferido era el tío Pablo, un joven huraño y solitario, moreno, de ojos apasionados, dientes albos, pelo negro y tieso peinado con gomina hacia atrás, bastante parecido a Rodolfo Valentino, siempre ataviado con un abrigo de grandes bolsillos donde escondía los libros que se robaba en las bibliotecas públicas y en las casas de sus amigos. Le imploré muchas veces que se casara con mi mamá, pero me convenció que de las relaciones incestuosas nacen siameses pegados, entonces cambié de rumbo y le hice la misma súplica a Benjamín Viel, por quien sentía una admiración incondicional. El tío Pablo fue un gran aliado de su hermana, deslizaba billetes en su cartera, la ayudó a mantener a los hijos y la defendió de chismes y otras agresiones. Enemigo de sentimentalismos, no permitía que nadie lo tocara ni le respirara cerca, consideraba el teléfono y el correo como invasiones a su privacidad, se sentaba a la mesa con un libro abierto junto al plato para desalentar cualquier atisbo de conversación y trataba de atemorizar al prójimo con modales de salvaje, pero todos sabíamos que era un alma compasiva y que en secreto, para que nadie sospechara su vicio, socorría a un verdadero ejército de necesitados. Era el brazo derecho del Tata, su mejor amigo y socio en la empresa de criar ovejas y exportar lana a Escocia. Las empleadas de la casa lo adoraban y a pesar de sus hoscos silencios, sus mañas y bromas pesadas, le sobraban amigos. Muchos años más tarde, este excéntrico atormentado por el comején de la lectura, se enamoró de una prima encantadora que había sido criada en el campo y entendía la vida en términos de trabajo y religión.

Esa rama de la familia, gente muy conservadora y formal, debió soportar estoicamente las rarezas del pretendiente. Un día mi tío compró una cabeza de vaca en el mercado, pasó dos días raspándola y limpiándola por dentro, ante el asco nuestro, que no habíamos visto de cerca nada tan fétido ni tan monstruoso, y terminada la faena se presentó el domingo después de misa en casa de su novia, vestido de etiqueta y con la cabezota puesta, como una máscara.

Pase, don Pablito, lo saludó al instante y sin inmutarse la empleada que abrió la puerta. En el dormitorio de mi tío había repisas con libros del suelo hasta el techo y al centro un camastro de anacoreta, donde pasaba gran parte de la noche leyendo. Me había convencido que en la oscuridad los personajes abandonan las páginas y recorren la casa; yo escondía la cabeza bajo las sábanas por miedo al Diablo en los espejos y a esa multitud de personajes que deambulaban por las piezas reviviendo sus aventuras y pasiones: piratas, cortesanas, bandidos, brujas y doncellas. A las ocho y media debía apagar la luz y dormir, pero el tío Pablo me regaló una linterna para leer entre las sábanas; desde entonces tengo una inclinación perversa por la lectura secreta.

Resultaba imposible aburrirse en esa casa llena de libros y de parientes estrafalarios, con un sótano prohibido, sucesivas camadas de gatos recién nacidos –que Margara ahogaba en un balde con agua– y la radio de la cocina, encendida a espaldas de mi abuelo, donde atronaban canciones de moda, noticias de crímenes horrendos y novelas de despecho. Mis tíos inventaron los juegos bruscos, feroz diversión que consistía básicamente en atormentar a los niños hasta hacerlos llorar. Los recursos eran siempre novedosos, desde pegar en el techo el billete de diez pesos que nos daban de mesada, donde podíamos verlo pero no alcanzarlo, hasta ofrecernos bombones a los cuales les habían quitado con una jeringa el relleno de chocolate para reemplazarlo por salsa picante. Nos lanzaban dentro de un cajón desde lo alto de la escalera, nos colgaban cabeza abajo sobre el excusado amenazaban con tirar la cadena, llenaban el lavatorio con alcohol, le encendían fuego y nos ofrecían una propina si metíamos la mano, apilaban cauchos viejos del automóvil de mi abuelo y nos colocaban dentro, donde chillábamos de susto en la oscuridad, medio asfixiados por el olor a goma podrida. Cuando cambiaron la antigua cocina a gas por una eléctrica, nos paraban sobre las hornillas, las encendían a temperatura baja y empezaban a contarnos un cuento, a ver si el calor en la suela de los zapatos podía más que el interés por la historia, mientras nosotros saltábamos de un pie a otro. Mi madre nos defendía con el ardor de una leona, pero no siempre estaba cerca para protegernos, en cambio el Tata tenía la idea que los juegos bruscos fortalecían el carácter, eran una forma de educación. La teoría de que la infancia debe ser un período de inocencia plácida no existía entonces, ése fue un invento posterior de los norteamericanos, antes se esperaba que la vida fuera dura y para eso nos templaban los nervios. Los métodos didácticos se fundamentaban en la resistencia: mientras más pruebas inhumanas superaba un crío, mejor preparado estaba para los albures de la edad adulta. Admito que en mi caso dio buen resultado y si fuera consecuente con esa tradición habría martirizado a mis hijos y ahora lo estaría haciendo con mi nieto, pero tengo el corazón blando.

Algunos domingos de verano íbamos con la familia al San Cristóbal, un cerro en el medio de la capital que entonces era salvaje y hoy es un parque. A veces nos acompañaban Salvador y Tencha Allende con sus tres hijas y sus perros. Allende ya era un político de renombre, el diputado más combativo de la izquierda y blanco del odio de la derecha, pero para nosotros era sólo un tío más.

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