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31 may. 2010

Su nuevo libro La isla bajo el mar arrasa en las lista de los más vendidos en Latinoamérica y apunta con hacer lo propio en España. Una historia repleta de originalidad, hechizo y magnetismo que nos acerca a la esclavitud en el Haití del siglo XVIII Por Adelys Castillo
Por Adelys Castillo

Isabel Allende nació en Perú. Desde los 10 años ha viajado por el mundo. Ha sido exiliada e inmigrante y lleva más de 21 años viviendo en Estados Unidos.

Sin embargo, si le preguntan de dónde es, siempre contesta: “soy chilena”. Después de un breve silencio artístico, regresa a la escena literaria con su nuevo libro La isla bajo el mar, ambientado en el Haití del siglo XVIII, donde el deseo de libertad de los esclavos desencadenó en una gran rebelión.



Su menuda presencia cautiva por su sencillez, genio, humor y sagacidad, una humanidad que hechiza al auditorio y deja a todos encantados. Una personalidad que se hizo más transparente y sincera a través de las preguntas que la moderadora Pepa Fernández le realizó como parte de la presentación de su nuevo trabajo literario. No faltó la mención a su desaparecida hija Paula, a quien sus fieles seguidores invocaron a través de anécdotas y referencias. Isabel, emocionada, no dudó en afirmar que la muerte de Paula ha sido el peor momento de su vida.

-Isabel, ¿La esclavitud en Haití fue especialmente brutal?
-Cuando los esclavos salían caros los trataban mejor porque eran un capital, pero en Haití la idea era que había que explotarlos a muerte. Valía más la pena que murieran trabajando y traer carne fresca. Entonces llegaban todos los años a Haití entre 20 y 30 mil esclavos que eran destinados a reemplazar a los que morían. Fíjate que había medio millón de esclavos controlados por un puñado de 25 mil blancos y otros pocos mulatos libres.

-A medida que ibas a investigando para esta novela, te pusiste literalmente enferma del estómago y no te mejoraste hasta que no la acabaste.
-La investigación fue brutal y una cosa lleva a la otra. En un viaje a Nueva Orleans supe que, por 1800, unos 10 mil colonos blancos franceses huyeron de Saint Domingue, conocido ahora como Haití, por la revolución de los esclavos. Algunos se refugiaron en Cuba, pero la mayoría en esta ciudad. Llegaron allí con sus familias blancas y muchos llevaron a sus concubinas negras con sus hijos de color, y se extendió una clase que ya existía de gente de color libre, educada y con recursos económicos. Incluso había algunos que tenían plantaciones. Esto no se sabe, no se sabe que en esa zona había negros que tenían esclavos negros.



-En la novela, algunos esclavos que aspiran a ser libres se preguntan: ¿De qué sirve que yo sea libre, si los demás siguen siendo esclavos? Eso es algo que deberíamos preguntarnos en otras circunstancias: ¿De qué nos sirve ser felices, si nos rodea gente desgraciada?
-Es que no se puede ser feliz si te rodea gente desgraciada. Yo empecé con el feminismo cuando tenía como cinco años, imagínate, ¡no existía el feminismo! En aquella época, la idea era que no importaba la emancipación personal si eso no se generalizaba. El hecho de que una mujer pudiera llegar al tope de una empresa no servía de nada si las otras no lograban alcanzarlo. Con respecto a la esclavitud, pasaba lo mismo. No importaba que liberaras a los esclavos, porque lo más seguro era que se murieran de hambre. ¿Quién los iba a emplear, si los otros también tenían mano de obra esclava? Ellos no tenían ninguna protección.

-En esta novela brillan de nuevo los personajes femeninos, que son una constante en tu obra. Zarité, la protagonista, es una mujer valiente y rebelde. ¿Qué hay de ti en ella?
-Hay una constante. ¿Por qué un autor elige un tema y pasa tantos años en eso? Es porque uno está explorando algo en el alma propia o hay algo de experiencia personal que uno tiene que explicar, exponer. Yo no podría escribir una novela sobre señoras ricas en el club de golf, porque no tengo nada en común con ellas, pero puedo escribir sobre una persona marginal en un barrio de Nepal porque me siento más cerca, porque siento que hay algo en la marginalidad, en vencer obstáculos, que ha sido mi vida también. Claro, yo he tenido una vida muy fácil comparada con la de Zarité, pero también es una vida de buscar independencia, de mandarme sola, de que no me manden otros, de desafiar lo que es injusto y esa es la vida de Zarité, a pesar de que era una persona que no sabía leer ni escribir y que había nacido en la esclavitud.

-Valmorain, el protagonista masculino de la historia, en un momento dice: “Ya no necesito a nadie, porque a medida que pasan los años me voy desencantando más de la gente”. ¿A ti te pasa lo mismo?
-No, a mí no. Todo lo contrario. Lo que pasa es que con la edad voy eliminando de mi vida a toda la gente que no me gusta. Ya no tengo paciencia para la tontería. No me alcanza la vida para la conversación banal, para la mezquindad.

-En la novela está muy presente la adivinación, la magia, el vudú, las loas. ¿Tú crees en ello?
-Creo que definitivamente fueron esenciales en la revolución de los esclavos. Ellos venían de muchas partes de África y a menudo no compartían la lengua, la raza, pero venían con muchas creencias. Es curioso, pero cuando se trata de las creencias ajenas es una superstición, y cuando se trata de las propias es religión. Lo que los unió en la isla fueron los tambores, el deseo de la libertad, la disposición de morir por la libertad y el vudú. Sin el vudú, no se habría podido explicar la revolución de los esclavos, no se habría podido escribir esta novela porque esa dimensión mágica de la vida les permitía luchar con la seguridad de que los “loas”, sus dioses, peleaban con ellos, al igual que los espíritus de los muertos. Y cuando se enfrentaban a los cañones de Napoleón no estaban solos, había 10 mil espíritus detrás. La verdad es que no tuve que inventar mucho, porque la historia es fabulosa.

-¿No hay peor sufrimiento que amar con miedo?
-Esas madres esclavas amaban a sus hijos con el miedo de que se los quitaran, con el miedo de que viniera el capataz y los azotara. Creo que todas las madres vivimos con el miedo de que les pase algo a nuestros hijos. Además, amaban a un hombre con el miedo de que los iban a separar.

-Todos tenemos dentro una insospechada reserva de fortaleza que emerge cuando la vida nos pone a prueba. ¿Todo se puede superar?
-No, yo no creo que todo se pueda superar, pero creo que no sabemos cuán fuerte somos hasta que nos ponen a prueba. El testimonio es que en momentos de catástrofe, en guerras, en situaciones extremas, hay tanta gente haciendo cosas sobrenaturales, cosas sobrehumanas, sacamos fuerzas de donde no hay. Lo he vivido una y otra vez.

-¿Tú no crees que hay magia en la realidad?
-Claro que hay magia, pero controlamos tan poco nuestras vidas, podemos explicar tan pocas cosas, que si uno se abre al misterio de la existencia, creo que se ampliaría el horizonte en la vida personal y sobre todo en la literatura. En esta novela no tuve que inventar ni recurrir al realismo mágico, porque fue mágico lo que pasó en Haití.

-¿Tienes algún ritual para cerrar un libro y comenzar con un tema nuevo?
-No tengo ritual para cerrar un libro. Un suspiro de alivio, porque la verdad es que uno se da por vencida ya, uno quiere que se vayan. Casi todos los finales de mis libros se producen solos. Llego un día para escribir más de la novela y me doy cuenta de que acabó el día anterior. Lo que a veces sí pasa es que muchos años más tarde lo recoges de nuevo, pero siempre doy por terminada una historia.

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