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21 dic. 2009

Isabel Allende:Las Mujeres tienen el don de restituirlo todo

En su más reciente libro, La isla bajo el mar, esa imbatible contadora de historias que es Isabel Allende, ha vuelto a reafirmar, una vez más, que ``las mujeres tienen el don de restituirlo todo''. Y esta vez, se trata de una constatación incluso anterior a la narración misma. Comenzó a pensar en la historia hace un par de años, en Nueva Orleans, mientras recorría los escenarios donde se cruzaron los destinos del pirata Jean Lafitte y de El Zorro, cuando descubrió que esa ciudad no se parecía a ninguna otra de los Estados Unidos porque había absorbido las enormes hordas de franceses derrotadas por sus antiguos esclavos en la indómita Haití.
Y, sin embargo, cada vez que intentaba narrar la épica de esa isla en donde las europeas enloquecían de miedo, y los hijos de la revolución francesa despreciaban la sangre negra que vertían para extraer la blanquísima azúcar a ritmo frenético, la historia se le salía de las manos. No le valió, como otras veces, haberla iniciado un 8 de enero. Fue necesario que dos mujeres hicieran su aparición. Una emergió de la historia misma de la rebelión de los esclavos. ``Supe que cuando se juntaron en Bois Cayman en la gran reunión que precedió la insurrección, una mujer vieja poseída por Ogún, alzó sus brazos en medio de la ceremonia vudú y de un solo tajo, mató al cerdo negro''. Cree que sin el poder de esa muerte ritual oficiada por una anciana que adquirió una fuerza sobrehumana, no hubiera sido posible lograr que la enorme muchedumbre de esclavos harapientos y apenas armados con palos o machetes se convirtiera en una sola fuerza alzada capaz de derrotar los contingentes del ejército francés y de formar la primera república independiente de los negros. ``Lo único que hice --afirma Allende-- fue darle ese papel a mi personaje Tante Rose. Me tomé la libertad de hacerlo''.
Pero esta mujer, sacerdotisa y curandera, no habría podido tampoco cobrar cuerpo, de no ser por la aparición de una figura de cuya realidad no hay ninguna constatación y que sin embargo, Allende vio llegar, como desde el entresueño, para entregarle el tono de una historia que no se iba a dejar contar sino desde esa voz. La voz de una esclava. Ese escenario que inauguró en América las sagas de lo real maravilloso y que Alejo Carpentier narró desde la perspectiva masculina del esclavo Ti-Noel, reaparece en La isla bajo el mar, no sólo en los acontecimientos que se desencadenaron décadas después, sino transfigurado por la manera de narrar la historia de las mujeres. Allende vio a Zarité --supo que ese nombre que nunca antes había escuchado era el que le correspondía-- vestida de blanco, con turbante, ya mujer, en el momento en que pedía su libertad. ``Vi a esta mujer alta, con una especie de natural elegancia, con una dignidad extraordinaria, posesionada de sí misma, contenida y silenciosa y desde ella empecé a contar la historia que estaba buscando''. Su libro contiene el drama de esta esclava altiva que sin embargo permanece atada al amo que le repugna para proteger los hijos que éste le ha engendrado; y escarba en los reductos de libertad que buscaban las mestizas cortesanas, o en los dilemas sociales de los hombres blancos que llegaban a amar a las ``cuarteronas'', sin reunir el coraje de desafiar las convenciones. Pero sobre todo narra el modo en que las hipocresías que sostienen la doble moral son el caldo de cultivo de las atrocidades que en determinados momentos históricos convierten a las multitudes de cualquier raza en hordas asesinas. Y, además, recobra el modo en que después de todas las sagas del horror, las mujeres se levantan a reinventar el mundo. Esa convicción es mucho más que literaria: la ha refrendado, por ejemplo, a través de la fundación que creó en memoria de su hija Paula, en lugares como la propia Haití, donde constata que uno de los modos más eficaces de combatir la miseria es apoyar las iniciativas de las mujeres, no sólo porque éstas sostienen las familias y redes enteras de vínculos a los cuales irradian cualquier beneficio, sino porque suelen retornar el dinero que se invierte en ellas. De este modo, la aparición de Zarité no sólo le permitió urdir una novela, sino que la llevó a comprometerse con proyectos sociales liderados por mujeres en la isla donde la vio surgir. ``He pasado mi vida rodeada de mujeres fuertes, extraordinarias. Las conozco bien'', asegura.
Isabel Allende cuenta que la abuela que viajó desde Chile hasta Lima para su nacimiento, pronosticó que sería muy afortunada cuando descubrió un lunar en forma de estrella en su nalga. ``He tenido en efecto, una suerte total''. En buena parte, ésta ha provenido del eje femenino de su vida. No obstante, ante la pregunta de si asume conscientemente un papel como narradora buscando recontar la historia invisible de las mujeres, responde de modo muy concreto, sin investir de un aura especial el papel que ha tenido al narrar en sus ficciones la historia vista a través de los ojos de las mujeres. ``Sencillamente cuento lo que me interesa, lo que entiendo. Si me pidieran que escribiera sobre Wall Street no podría hacerlo porque no podría ponerme en el papel de esas personas. Me interesan los marginales, la gente que se sobrepone a los obstáculos, la gente que cae de rodillas y se puede poner de pie. Si entre líneas se desliza la persona que soy o aquellas cosas contra las cuales o a favor de las cuales estoy es sencillamente porque resulta inevitable que el autor se refleje en lo que escribe''. •

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