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28 ago. 2009

Entrevista

Diálogo con la autora de "La casa de los espíritus"
"Seguirá existiendo la literatura y seguiremos leyendo como locos"

Domingo 9 de enero de 2000
Como cada 8 de enero, ayer, Isabel Allende comenzó a escribir otro libro
Foto: Gentileza de Editorial Sudamericana

Viene de un año trajinado. Doce meses de trasiego por el mundo. La escritora chilena Isabel Allende agotó las hojas de 1999 en la gira de promoción de su última novela, "Hija de la fortuna" (Sudamericana), por Australia y Nueva Zelanda, Canadá, parte de Europa y los Estados Unidos. Y cuando el tercer milenio apenas asoma sobre California, donde vive, ella retoma el ritual que más ama y conoce. Ayer, como ha hecho los últimos 8 de enero de su vida, se sentó frente a la página en blanco y empezó a escribir el borrador de una novela: ésta será la primera del siglo XXI.
Mientras tanto, "Hija de la fortuna" no deja de darle alegrías. Se ha mantenido por semanas entre las más vendidas en Alemania. Aún más que "Mi siglo" (Alfaguara), del reciente premio Nobel de Literatura, el alemán Günter Grass.
"En Alemania, mis libros se venden muy bien. Los alemanes son lectores muy fieles. Diría que gran parte de mis royalties proviene de ese país", comenta la autora con un innegable matiz chileno en su voz serena.
Cuando se le pregunta sobre su reciente año literario, su palabra adquiere un tono de fastidio. La gira promocional la dejó exhausta:
"Es el último año que dedico a esto. Desde enero de 1999 no he parado. La promoción se ha convertido en una exigencia de los editores que arruina la vida del escritor, porque te corta el ritmo, te agota y, además, uno no sirve para eso. El 1º de febrero retomaré la escritura y no voy a salir de mi casa en todo el año, ni siquiera para ir a la esquina".

Contar historias
-¿Cuál es su balance del último año en materia de literatura?
-Es una pregunta difícil, porque no hago ese tipo de análisis. Ni enseño ni estudié literatura, y soy una lectora completamente desorganizada. Sin embargo, hay algo que me gusta: a pesar de todos los horribles pronósticos sobre que la literatura se termina y que todo va a pasar por la pantalla, eso no ocurre. Los tres libros en lista de best seller en los Estados Unidos, durante los últimos meses, han sido las tres novelas de Harry Potter. Son libros para niños que se venden por encima de cualquier libro para adultos, justo en el mercado norteamericano, donde se supone que los niños no leen. Llegamos al año 2000 con una saturación de libros. Cada vez se publican más y hay más variedad. Y ahora tenemos a los niños leyendo como locos. Son buenas noticias.

-¿Cómo ha sido su vida el año último sin escribir?
-Los escritores somos, en general, gente introvertida. Uno necesita su espacio de silencio y soledad para poder hacer aquello que es el propio oficio. En las giras, además del contacto con la prensa, hay todos los días una lectura en alguna librería o lugar público donde se junta gente y ésa es la parte simpática del asunto. Uno recibe información sobre la forma en que el público siente los libros. Con "Hija de la fortuna" me pasó algo curioso: la novela les ha gustado, pero se han quedado colgando con el final, porque no les pareció concluyente. La gente quiere finales felices, y uno no siempre puede hacerlos.

-Cuando eso ocurre, ¿el escritor se siente movido a seguir narrando la misma historia?
-Depende del escritor. Yo creo que hay libros que no se prestan a segundas partes. A mí la gente me pidió hasta el infinito que hiciera la segunda parte de "La casa de los espíritus". Y me pareció que no se podía. Puedo intentar escribir una segunda parte el día de mañana y que no salga. Es un poco lo que me pasó con esa novela. Lo intenté, pero eran tantas las presiones que no resultó. Uno no escribe por encargo. Uno escribe... yo no sé por qué, supongo que por necesidad.

-Aunque usted no habla sobre lo que comienza a escribir,
¿puede contarnos, por lo menos, cuáles son sus obsesiones?
-Tengo cosas que me dan vuelta como temas, pero hasta que no escribo la primera frase no sé si realmente podré hacer lo que tengo planeado. Esa es una de las razones por las que no hablo, y la otra es por superstición. Tengo la idea de que si uno habla mucho sobre lo que va a hacer, no lo hace, se va en palabras, pierde la energía. Hay algo muy íntimo en el acto de comenzar la escritura. Cualquier escritor te dirá que nada da más vergüenza que mostrar un borrador. Y es lo que me pasa. Como no tengo un guión, no sé lo que voy a escribir. Lo voy haciendo palabra a palabra. Me da vergüenza hablar de lo que puede ser horrendo. Lo corrijo un millón de veces. Aun a mi mamá, que es una crítica feroz, se lo muestro con vergüenza, porque sé que después de que ella lo vea voy a tener que rehacerlo. Si pasa el examen de mi mamá, puede pasar cualquier otro.

-Entre todos los libros que escribió, ¿cuál es el que siente más próximo y cuál es el más lejano?
-No he vuelto a leer mis libros porque me da una lata espantosa. El más cercano e importante es "Paula". Es un libro que inevitablemente tengo presente porque todos lo días, al abrir el correo, hay cartas respecto de ese libro. Y los que menos correspondencia e importancia tienen en mi vida son "De amor y de sombra" y "El plan infinito".

-¿Cuánta correspondencia recibe diariamente, Isabel?
-Llega mucha por fax y por correo. No tengo correo electrónico, porque no habría manera de leer todo lo que me mandan. Cuando sale un libro me escribe un montón de gente. Pero el único por el que me siguen escribiendo es "Paula". A veces, también por "Eva Luna" y "La casa de los espíritus", porque son de lectura obligatoria en colegios y universidades de los Estados Unidos.

-En los albores del tercer milenio, ¿cuáles son sus principales preocupaciones?
-En general, soy muy optimista respecto del futuro. He vivido 57 años y a lo largo de mi vida he visto cómo el mundo ha cambiado para mejor. Creo que la ciencia y la tecnología nos van a permitir vivir largo y mejor. Lo que más me preocupa es que se va ensanchando el abismo entre la gente que tiene acceso a la tecnología, a la cultura, a la educación, a la salud y a la ciencia, y la que no lo tiene. Así se va creando un submundo de los pobres y eso me asusta, porque veo que, en el interés político o filosófico, esto se contempla muy poco. La gente aspira a cosas muy individualistas y no incluye mucho a los demás. Mientras más se habla de moral y de espiritualidad, menos compasión existe.

-¿Con qué asignaturas pendientes entró en este siglo?
-Desde que murió mi hija Paula tengo la impresión de vivir gratis y de que tendría que haberme muerto entonces. Vivo muy agradecida por lo que me pasa y lo que tengo. Vivo al día. Si muriera mañana, todo estaría bien porque me ha pasado tanto que me daría igual. Ya estoy un poco vieja para tener asignaturas pendientes. A los 57 años no voy a cambiar mucho. Sólo espero ir desprendiéndome de la pasión para volverme más serena. No puedo ser tan apasionada con todo, porque eso cansa. (Comienza a reír suavemente.) Tanta causa, tanto ideal, tantos amores, tanta familia... ¡no se puede ser tan intenso, Dios mío!

-En el mundo, unos pocos concentran el 90% de la riqueza y muchos están amenazados de morir de hambre. Desde su perspectiva como intelectual, ¿cómo puede subsanarse este desequilibrio?
-Primero tiene que haber cambios muy profundos para que eso ocurra. Por ejemplo, control de la población y, luego, una distribución más justa del ingreso. Tiene que existir una concepción filosófica y espiritual diferente de cómo queremos que sea el mundo. Estamos bastante lejos de alcanzarla, porque no veo que haya una tendencia en ese sentido. Creo que va a tener que suceder, porque la alternativa es demasiado dramática. En este momento la curva no va en esa dirección. Va en una dirección cada vez más individualista. El hombre es cada vez peor ciudadano y no le interesa la comunidad. Sólo le interesa estar metido en su computadora, encerrado en su mundo chiquito, mirando por una pantalla el resto del mundo, pero sin relacionarse. La gente está dispuesta a dar dinero, pero no quiere involucrarse personalmente. Eso hay que tratar de cambiarlo; hay que crear comunidades.

-¿La mujer tiene mucho para decir en este sentido?
-La más grande revolución de nuestra civilización ha sido femenina. En la medida en que las mujeres se incorporan al poder, va cambiando la faz de la política, de la geopolítica y del mundo. Básicamente, las mujeres están mucho más vinculadas con los procesos de comunidad. Están más orientadas hacia las relaciones que a los objetivos abstractos. A la mujer le interesa mucho más la relación y el proceso, en tanto que el hombre busca más el objetivo, sin importar cuáles son los medios para alcanzarlo. Las mujeres que criamos hijos sabemos que el fin está determinado por los medios y que los malos medios no producen un buen fin. Por otra parte, una de las mayores aspiraciones es la paz. Y la vamos a alcanzar. No lo veré yo, pero sí mis nietos.

-¿De qué modo piensa que puede cambiar el oficio de escritor en esta etapa del mundo?
-La escritura se va a empezar a leer en pantalla. Seguirá existiendo la literatura y seguiremos leyendo como locos. Vamos a necesitar que nos sigan contando historias. Pero en lugar de usar papel y destrozar árboles, vamos a escucharlas y a verlas en pantalla. Es posible que se incorporen la imagen, el sonido y hasta el olor. Eso nos va a abrir maravillosas posibilidades. Por ejemplo, la de interactuar con el libro. El lector podrá apretar un botón y jugar con el libro y los personajes.
Susana Reinoso

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