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28 may. 2009

La Fuerza de las palabras

Entrevista
Isabel Allende: la fuerza de las palabras
Diálogo intimista con la más popular de las escritoras latinoamericanas, que lleva 55 millones de ejemplares vendidos y cuyos mejores títulos publicará LA NACION


Isabel Allende, en la plenitud de su carrera. Ahora prepara sus memorias, con historias de su vida que quedaron pendientes

Su diminuta figura es inversamente proporcional a su fortaleza. Isabel Allende conoció el cielo y el infierno. El éxito, la fortuna construida con cada palabra moldeada en papel, sus 17 libros publicados y los 55 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Pero también vivió el abandono de su padre, a los tres años; el exilio tras el golpe militar en Chile, en 1973, y sufrió la peor de las pérdidas: la muerte de su hija (después de una larga enfermedad), a quien dedicó su libro Paula. En esas páginas transitó todos los estados de ánimo y encontró el impulso para crear la Fundación Isabel Allende, que ayuda a mujeres desprotegidas. Sus siguientes libros continuaron vendiéndose de a millones y en el último, La suma de los días, muestra su retrato familiar: con su marido, también escritor -William Gordon-, su hijo Nico, sus hijastros y su perra Olivia.

-¿Por qué la necesidad de escribir sobre su familia?
-Pasaron más de 10 años desde que escribí Paula y todavía me llegan cartas preguntando qué pasó con éste y con el otro; también habían pasado tantas cosas en nuestra pequeña tribu que me pareció digno de contarse, pero no fue idea mía, aunque ya rondaba. El 8 de enero me iba a sentar a escribir otra novela, pero mi agente, Carmen Balcells, me llamó y me dijo que ya era tiempo de escribir otra memoria.

-Paula fue un homenaje a su hija. ¿Fue una suerte de bálsamo que la ayudó a atravesar tanto dolor?
-Me ayudó a ordenar en mi cabeza y en el papel lo que había pasado, a entenderlo, a aceptarlo, a estar ocupada durante el primer año de duelo, que fue fatal. Y después fueron los lectores los que me acompañaron, hasta el día de hoy.

-¿Cómo se logra seguir después de la muerte de un hijo?
-La gente lo hace de diferentes maneras. Es muy doloroso, y creo que la tristeza queda como una semilla dentro de uno, que nunca se va. Pero en esa tierra fértil de nostalgia y tristeza, muchas cosas germinan: creatividad, compasión, camaradería, solidaridad... Creo que uno se hace mucho más fuerte. Hay gente que se destruye, pero a mí me sirvió poder escribirlo y transformarlo en fortaleza y en una fundación que me permite continuar el trabajo de Paula.

-¿El dolor llegó a paralizarla?
-No, porque empecé a escribir inmediatamente. El dolor me paralizó, me aplastó, durante el año que ella estuvo en coma, y unos días después de su muerte. Pero apenas me puse a escribir, empecé a actuar; todo el mundo dice que estaba muy deprimida, pero no lo estaba, porque la gente deprimida no puede hacer nada; yo estaba muy triste, pero cómo no iba a estar triste.

-¿La escritura ocupa el lugar del diván?
-No, a mí me gusta contar historias, pero, ¿por qué elijo ciertas historias? Porque en el fondo estoy explorando algo de mi propio pasado, de mi propia mente. Pero no reemplaza al terapeuta, al que recurrí siempre que he tenido graves crisis familiares.

-Una mujer tan sistemática, que escribe 10 horas por día, ¿cómo hace para estar casada con un hombre que sólo puede concentrarse 12 minutos?
-(Ríe mucho) Es terrible, fíjate que no puede estar sentado a la mesa más de 12 minutos. Y en América latina nosotros hacemos sobremesas larguísimas, pero a Willi esas conversaciones banales lo ponen terriblemente nervioso. Pero nos llevamos bien, en parte porque cada uno tiene su espacio, y a mí no me importa si se va de la mesa y después va a comprar lechuga. Mira: va al mercado, compra lechuga y vuelve, y después vuelve a salir para comprar el pan. ¡Tiene que volver a salir! (ríe). Es impaciente; no puede con su genio. A mí me pone nerviosa que él escriba 12 minutos e interrumpa, y después retome a los tres días. Así trabaja; si tiene que estar sentado como yo, se vuelve loco.

-Alguna vez dijo que su vida estuvo signada por muchos tropiezos...
-Mi padre abandonó a mi madre cuando yo tenía tres años, y la vida nos cambió; mi mamá pasó a ser una madre soltera con tres niños, viviendo de la caridad de su padre, en aquella época. Imagínate: los años 40, un Chile católico y conservador... Mi mamá estaba en el coto de caza de los machos sueltos, y de los casados también. Mi pobre mamá lo pasó bien mal; no tenía plata ni educación. Después se casó con un diplomático y empezamos a viajar; nos quedábamos uno o dos años en cada lugar; siempre había que estar despidiéndose de los amigos, aprendiendo otra lengua. Después volví a Chile, donde me casé y tuve dos niños, pero enseguida vino el golpe militar, luego el exilio, después pasó lo de la Paulita.

-¿Es fatalista? ¿Cree en el destino?
-Creo que uno nace con unos naipes y tú los juegas lo mejor que puedes. Pero no tienen cambio. ¡Claro que hay destino! Cómo puedes decirme tú que una persona que nace en un campo de concentración, miserable, va a tener el mismo destino de alguien que nace en Buenos Aires, con educación y salud.

-Hablando de naipes, usted le presentó a Gordon una tarotista, que le vaticinó que también sería escritor. ¿Cree en la videncia?
-No, tengo un círculo de amigas, autodenominadas "las hermanas del perpetuo desorden", y ellas me regalaron hace años una lectura con esta psíquica. Fue tan extraordinario lo que esta mujer me dijo en un casete que me envió, que mi familia se rio y dijo que había leído mi página web. Así que le pedí a Willi que se dejara hacer la lectura; la psíquica no sabía siquiera que él era mi marido, y fue muy precisa. Lo describió sin conocerlo y le dijo que sus hijos eran sus peores enemigos. De ahí para adelante, acertó un montón. La consulté una o dos veces más, para mi nuera y para mi asistente.

-¿La ausencia paterna la llevó a sentirse una matriarca?
-Me llevó a ser feminista, me hizo consciente de que tenía que valerme por mí misma, defender a mi mamá. Yo quería cambiar el patriarcado; me rebelé contra la autoridad masculina en todas sus formas, desde la Iglesia hasta la Policía.

-Usted es inmigrante, ¿cómo ve que Europa y Estados Unidos tengan leyes tan duras con los inmigrantes?
-He tenido suerte porque pude mantenerme con mis libros, porque me casé con Willi y traje a mi hijo. Mi fundación trabaja con inmigrantes, sobre todo con mujeres y niños. Vivo horrorizada con las cosas que pasan. A una mexicana ilegal, embarazada de nueve meses, la arrestaron y dio a luz encadenada a una cama, y después le quitaron al bebé. Hay leyes y acciones brutales contra los inmigrantes, pero hay 12 millones aquí y otros tantos listos para venir. No se puede parar la inmigración.

-Cambiemos de tema. Usted dijo que siempre estuvo enamorada, ¿en todos los casos era amor o temor a la soledad?
-No, a veces fue pura lujuria (carcajadas).

-Debe de ser por eso que ha tenido sueños eróticos con Antonio Banderas...
-Todavía los tengo (ríe mucho). Hay que tener algún objeto de deseo (no puede parar de reír). Todavía sueño con Banderas...

-¿Es cierto que al tercer sueño su marido la mandó a terapia?
-Es broma. No nos celamos, porque creo que si hubiéramos pasado juntos la juventud, sí habríamos tenido muchas escenas de celos, pero a la edad en que nos conocimos ya estábamos de vuelta de todo. Aunque nos pusimos de acuerdo en ser monógamos y hemos estado tan ocupados que no creo que ninguno de los dos haya hecho nada. No nos quedan energías, pero además nos queremos bastante. Nos gustamos, y creo que el pobre Willi está agotado conmigo, no le deben de quedar muchos ímpetus para salir a cazar blondas.

-¿Es tan apasionada en el amor?
-Soy apasionada en la vida, y todo tiene cierta intensidad; no diría que lo agoto sexualmente ni que ande vestida de bataclana corriéndolo por la casa, pero hay una intensidad en la relación.
-Usted perdió a Paula y su marido, a una hija, ¿es más llevadero el dolor de a dos?
-Para él ha sido peor, porque ha perdido a su hija, tiene un hijo que ha pasado más de 12 años en prisión por drogas, tiene otro que parece un enfermo mental; tiene mucho más karma que yo. Creo que hay un momento en que el dolor de perder un hijo es muy privado y no lo puedes compartir, pero después te ayudan el amor y la compañía. Mi mamá lo definió: cuando murió Paula, el 6 de diciembre de 1992, me recetaron antidepresivos y ella me dijo que no los tomara. "No te van a ayudar ni vacaciones, ni un spa ni un psiquiatra. Es un dolor que tienes que vivir, un túnel oscuro que tienes que caminarlo sola. Camínalo paso a paso, y yo te juro que al otro lado hay luz", me dijo. Y mi manera de caminar ese túnel solitario y oscuro fue escribir el libro. Y del otro lado me estaba esperando Willi.

-Usted leyó un libro sobre un enano pervertido que escribió Gordon y le dijo que lo guardara en un arcón y no lo sacara más. ¿Es muy crítica con la escritura de su marido?
-¡Ese libro era un horror! Lo tomó bien, porque si él me dice algo así a mí, la pelea sería monstruosa. Igual, lo mandó a editores y todo el mundo se lo rechazó. Ahora leo su libro cuando ya tiene un borrador pulido y ahí entro a dar mis comentarios y sugerencias.

-¿Qué le pasa con la obsesión de su marido por los enanos?
-Me da risa; debe de tener un enano en el corazón (ríe mucho). Lo curioso es que no tenemos ninguna experiencia con enanos. El otro día fuimos a un restaurante y había una familia de enanos; Willi se quedó parado con la boca abierta; tuve que darle un empujón para que siguiera.

-Usted logró casarse con Gordon después de haberlo obligado a hacerlo. ¿No tuvo temor de perderlo?
-Claro que lo obligué. Necesitaba la visa. ¿Qué iba a perder? Si hubiera sido tan estúpido para no casarse, él habría perdido. Yo tenía una vida completa y dejé todo para pasar un tiempo con él; si la cosa no funcionaba, me volvía. Si no aceptaba, bueno, era su problema, pero no me podía quedar en este lugar como ilegal. Imagínate: yo aquí como ilegal porque el jovencito no se quería casar. Ahhhh, no, no y no.

-Dejó todo para ir tras el amor; sin embargo, firmaron un acuerdo económico antes de casarse. ¿Fue idea suya?
-No, de él, porque se había casado dos veces y las mujeres le quitaron todo en los divorcios. Estaba aterrado y creo que por eso no quería casarse.

-Hace poco cumplió 66 años. ¿Cómo vive el paso del tiempo?
-Pésimo; no me gusta envejecer; no tiene glamour ni es nada sexy, pero, como es inevitable, hay que tratar de hacerlo con dignidad.
Por Mónica Soraci
Fotos: Lori Barra/Archivo Isabel Allende

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