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28 feb. 2009

Entrevista a Carmen Balcells


EN PRIMERA FILA / CARMEN BALCELLS / Agente literaria
«Pensé en vender la agencia, ¿pero a quién?»
ANTONIO LUCAS
Antes de entrar, desde la cabina renqueante de un ascensor de jaula con apliques burgueses, se adivina ya un salón de luces amplias regado de voces, de risas, de ese dulce estruendo de cristales en el brindis de la sobremesa. Alguien abre la puerta de hierro forjado y al fondo de una mesa con mantel de hilo, como una gran sacerdotisa, Carmen Balcells alza los ojos de águila lista, de águila sentada. Pone en pie una mano abacial a modo de saludo y mientras lanza dos frases de cortesía pasa el escáner de los ojos por el esqueleto forastero.


Este mediodía los invitados a la vieja ceremonia son Mario Vargas Llosa y su mujer, Patricia. Con ellos está el núcleo duro de la agencia literaria: Gloria Gutiérrez, Javier Martín, Carina Pons, Nuria y un joven con perfil de sabio tronado al que todos llaman el genio... La escena tiene algo de brasa de hogar bajo unos techos altísimos, de fiesta íntima en el santuario de la literatura hispánica donde Carmen Balcells, desde una silla de ruedas que ella convierte en trono, apacienta un caudaloso rebaño de secretos con los que se podría repensar la intrahistoria de la narrativa de la segunda mitad del siglo XX. Es este un piso amplio, elegante, inflamado de claridad, en la zona noble de Barcelona.

Hasta llegar aquí han pasado semanas de gestiones y silencios. Llamadas, mails, palomas mensajeras. Esta mujer viene cincelada por una leyenda que tiene en la discreción las huellas de su autoridad. «Como tanta gente, valgo más por lo que callo que por lo que digo», afirma. En casi 80 años habrá concedido cinco, seis entrevistas. En casi 80 años habrá rechazado 100, 200 reportajes. «No es malo que exista la leyenda, a condición de que yo no me la crea. Seguramente me he beneficiado de ella, claro, pero lo que a mí me ha hecho ser alguien es la audacia y el saber ganarme la confianza de mis clientes», comenta con una voz suave macerada por la edad, su enérgica edad.

Llama clientes a quienes otros quisieran condecorarse como amigos: García Márquez, Vargas Llosa, Onetti (cuando vivía), Goytisolo, Marsé... «Para mí son clientes de la agencia. Así de claro. Y luego existen vínculos, cómo no, relaciones entrañables. Pero nunca he olvidado que en esta casa vivimos de los grandes escritores. Y yo me hago querer todo lo que puedo para evitar las deserciones. En esto somos como el ejército. Respecto a la amistad, los años te hacen comprender que en toda una vida sólo da tiempo a tener tres o cuatro amigos, no más. Esos son los que caben en una existencia», ataja.
Un día le llamó Gabo desde México y al acabar la conversación éste le preguntó: «Carmen, ¿me quieres?». La respuesta fue, una vez más, un golpe de talento: «Mira, no te puedo contestar a eso porque supones el 36'2% de nuestra facturación». Es rápida como la sangre. Astuta como una campesina, según dijeron de ella en Le Monde.

La Balcells gasta el saber y la fuerza de quien se ha hecho en los duros remontes de una profesión a contracorriente. Los editores la temen. Es una fajadora que toca el piano con guantes de boxeo. Este oficio no entró en la modernidad hasta que ella no puso patas arriba el tinglado operativo de la representación de autores. Hoy su modelo de gestión se estudia en algunas de las mejores universidades del mundo. «Lo que me propuse fue convertir mi trabajo en algo digno», dice satisfecha.

Logró eliminar los contratos vitalicios y otras tiranías editoriales e imponer las clausulas de cesión por tiempo limitado de un libro. Entre su cartera de clientes tiene a más de 200 autores del mundo hispánico. Entre ellos a cuatro premios Nobel: Neruda, Aleixandre, Gabo y Cela. En los años 60 fundó en Barcelona la capital mundial del boom latinoamericano. «Aunque a mí esa palabra, lo del boom, no me gusta. No quiere decir nada», aclara. Pero el caso es que ella sola logró cambiar las coordenadas geográficas del asunto. «Así fue. Conseguí que casi todos ellos pasaran y se quedaran en Barcelona. Al menos un tiempo. Nunca se repetirá algo como aquello. Pasarán muchas cosas en la literatura (y espero estar aquí para ver algunas de ellas), pero como esa generación, jamás. Fue lo más fresco, innovador y regenerador que hemos tenido».

Vargas Llosa se despide y el largo adiós es otra fiesta. Al instante, Balcells da una nueva orden disimulada: «El reportero aquí; el fotógrafo a este otro lado... Pregunta, pregunta». Y ya tiene otra galaxia de gente alrededor. Sobre la mesa un teléfono, un bolígrafo y un timbre para pedirle más café claro a las chicas del servicio. Y un paquete de Nobel, y un pitillo que se enciende y se consume entre el arpa gruesa de los dedos.

- Ese cierto misterio suyo...
- Ya, es lo que dicen, pero no ha sido deliberado. Obedece a una estética que he elegido como forma de vida. Tiene más que ver con el mundo ético y estético, lo que antes se llamaba moral. Eso está en mí muy arraigado. Lo heredé de mi madre.

Aquella infancia de familia campesina, pequeños propietarios de tierras de labranza, trazó de algún modo el impulso vital de esta mujer. «Nací en una aldea de 50 habitantes, en Santa Fe de Segarra (Lleida). Imagínese. Desde allí era muy difícil hacer nada de no haber sido por una madre que tuvo para mí muy buenos planes. Me llevó a estudiar con las teresianas y, de algún modo, fui tratada como una niña privilegiada».

Cuando adolescente, se echó un novio con afanes de escritor en Cervere. Aquel muchacho le recetó a Faulkner como primera lectura. «¡Le estoy hablando de los años 50!», exclama. Al mismo tiempo, en el instituto, descubrió a Moliére por un profesor de francés que le regaló un ejemplar de El enfermo imaginario. Ese primer yodo literario le puso en el camino de las letras.

- La literatura.
- Para mí lo ha sido todo. La lectura debería ser la necesidad mayor del hombre. La curiosidad, la capacidad de descubrimiento, la altura moral e intelectual de un individuo viene por los libros.

- ¿Y la rebeldía?
- También. Aunque yo lo he sido siempre, desde niña. Por las circunstancias de mi vida, por lo que he aprendido en los libros y por el contacto con algunos escritores.

Tiene en la voz algo de pozo femenino, una elocuencia de muchas arrobas. Su discurso no acepta ambigüedades, si acaso cautelas.
«Hay demasiadas cosas que no debo ni puedo contar. Estoy obligada a calcular lo que digo... Más cuestiones», exige como el que pide más madera, como el que pide escopeta.

Tiene el brazo echado sobre un cuaderno amarillo en el que anota todo aquello que se le ocurre con una caligrafía dura e inclinada, como una ráfaga. Apunta detalles, ideas, lo que debe hacer, incluso lo que no debe. Este puñado de folios guardan los secretos más deseados del mundillo literario. Asegura que está retirada, pero algo delata su imposibilidad para el punto bobo del ocio.

- Estoy retirada, de verdad, pero hace unos meses decidí intervenir de nuevo en los asuntos de la oficina. Han pasado cosas que me disgustan, como la pérdida de representación de la obra de Guillermo Cabrera Infante, entre otras. Pero bueno, no nos desviemos...

Es un aviso para navegantes. Hay momentos en que Carmen Balcells desarrolla un morse propio apoyándose en la escribanía de esta entrevista, de esta intensa y larga conversación en la que nunca baja la guardia, pero donde se va revelando indistintamente como un tiburón con manicura y como la Mamá Grande de una multitud de autores imprescindibles a los que agasaja sin fatiga, como un botafumeiro de cuidados y detalles. Sin embargo, algo le preocupa. Así que se pone seria.

- ¿Es cierto que ha vendido la agencia?
- Es un rumor que anda por ahí. Y como todos los rumores, si uno escarba les suele encontrar la base.

- Ya. ¿Y está en venta?
- Rotundamente, no. Esto debe quedar muy claro, por favor. Es un tema complejo. La estructura de esta empresa se cimenta en dos socios que tienen el 30% y en mi hijo y yo, que tenenemos el 70%. Hace un par de años, como te decía, tuve ciertas dificultades en aceptar cómo se estaban planteando algunas cosas en la oficina. Hubo un momento en que me di cuenta de que nadie me preguntaba nada... Pero volviendo al asunto de la pregunta, es cierto que me he planteado vender la agencia en alguna ocasión, sí, pero no es algo inmediato. Y tampoco sé a quién. La empresa vale lo que yo valgo en este momento. En este oficio renuevas cada día algo más importante que los contratos, la confianza de los clientes. Así que en verdad lo que manejas es humo. Yo tengo un patrimonio muy modesto y no me gustaría tocarlo. ¿Sabes? No se puede ganar dinero haciendo de agente literario. Es imposible...

- No le van a creer...
- Que sí, que sí, te lo aseguro.
Para este jaleo, como para lo demás, la intuición será la que guíe a Carmen Balcells. «La intuición es fundamental. Pero si de lo que hablamos es de cómo encontrar escritores debo decir que yo no he descubierto a nadie. Son los otros los que me han descubierto a mí».

Pertenece a una generación que tomó Barcelona como campo de pruebas de una modernidad que aún calzaba alpargatas. A aquellos pipiolos que tenían el esnobismo como fe y la ginebra como perfume se les llamó la gauche divine. Podrían ser los compañeros de viaje de esta mujer, pero no. Ella dice que no. «Siempre he ido por libre. Aunque no por elección. He sido muy extranjera en Barcelona. No era hija de notario, ni tenía un padre editor y rico, ni pertenecía a la burguesía bien relacionada. Por eso es un milagro el que con las pocas influencias que tuve de joven adquiriera tanto reconocimiento. Disfruté de un semiclima aburguesado que me permitió no tener que enrojecer demasiado en mis primeros tanteos profesionales».

Carlos Barral la puso en el camino después de que se bregara en la agencia de un escritor rumano exiliado en Barcelona, Vintila Horia. Y en ese trayecto ha hecho de todo por sus autores. Les ha defendido con lanzallamas, ha indemnizado a novias poco convenientes, ha asistido a partos, ha enterrado a otros... «Ya ves, la leyenda no se detiene. Aunque entre lo más difícil que recuerdo fue aquel día en que acompañé a un escritor argentino y su novia, los tres en un taxi, a enterrar a su bebé...».

Admira a Einstein, a Marx y a Lenin sobre todas las cosas. Es contradictoria y supersticiosa. «¿Sabes? Tengo una astróloga de cámara. Creo en ella como otros en su psiquiatra. Y si me dice que me tengo que quedar tres días en cama, yo me quedo tres días», asegura.
Le fascina el cerebro, al que considera el único dios verdadero. «Todo está ahí arriba. Y más exactamente, en el hemisferio derecho: el odio, el miedo, la felicidad, el amor... Cuando alguien me habla del corazón yo echo el freno y digo: ¡calma!, que ése sólo bombea sangre...». El corazón es una piedra mojada.

Las ideas viajan por su cabeza como por un acelerador de partículas. Entre manos tiene un nuevo proyecto ya rematado, los Carnets de Peintre, cuadernos de artista que va a inaugurar con Miquel Barceló, diseñados por Gonzalo García Barcha, uno de los hijos de García Márquez.
Carmen Balcells aprieta el timbre portátil y pide al servicio otro café claro. Viene el café. La voz se le amansa y es ya de loba buena. Han pasado algo más de dos horas.

- ¿La vida le ha sido noble?
- Que si la vida me ha sido noble... Me gusta... Sí, me ha tratado muy bien. No hay nada que me haya propuesto hacer que se me haya negado por ningún ingrediente adverso. He tenido mucha suerte con las decisiones que he tomado.
Y la gran sacerdotisa enciende un Nobel que se le ahoga entre los dedos, dejando en el aire una misa de humo denso, de risas, de café.

elmundo.es

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