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18 oct. 2008

LA FELICIDAD DE ESCRIBIR

ENTREVISTA: ISABEL ALLENDE
La felicidad de escribir
La autora de ‘La casa de los espíritus’ vuelve a la literatura con un libro sobre ‘El Zorro’, el héroe de leyenda. A los 62 años, la escritora chilena confiesa su pasión por la literatura.
JOSÉ MANUEL CALVO 10/07/2005

“Uno entiende que todo es cíclico, que tanto nacer como morir son momentos del mismo ciclo. Que está como pegado todo”. La escritora Isabel Allende habla en su oficina de Sausalito y más tarde en su casa de San Rafael, frente a la bahía de San Francisco, horas antes del nacimiento de dos mellizas, hijas de Ernesto, el hombre que estuvo casado con su hija Paula. Y la excitación por el parto inminente –“¡estamos locos por ver a las niñas!”– se enlaza con el recuerdo de Paula, que murió hace 13 años: “Ernesto, el viudo de Paula, se volvió a casar con una chica americana, Giulia Welch, que nació el mismo día que Paula. La madre de la chica se llama Paula; su padre nació el mismo día y el mismo año que yo. Se casaron y vivían en Nueva Jersey. Yo empecé a tirar cuerda para que se vinieran a California, porque los quería tener aquí, conmigo. En aquel momento estaba construyendo esta casa, y les dije: vénganse, y si acaso se consiguen un trabajo por aquí, yo les doy la casa vieja. Consiguieron trabajo y se vinieron –a la casa en la que murió Paula– el aniversario del mismo día que nosotros llegamos con Paula desde España, el 4 de mayo de 1992. Han sido muy felices ahí y ahora esperan mellizas. Giulia está como un galeón, yo nunca había visto una barriga de ese tamaño. Dos niñitas que se van a llamar Elisa Mariana y Cristina Pilar”.
¿Estos nacimientos le consuelan o le vuelven a abrir la herida? ¿Qué efecto le hacen en el recuerdo de su hija?
Me dan una gran felicidad, porque pienso que Ernesto merece ser feliz y que Paula lo protege desde el cielo, o desde donde sea. Le han pasado cosas a Ernesto con las fechas que son demasiado significativas. Todas éstas que acabo de decirte y otras, cosas demasiado significativas como para ignorarlas.
Yo creo que todos sentimos a Paula muy cercana, muy presente, como un espíritu benéfico. No te voy a decir que veamos fantasmas en la casa, pero hay una especie de conexión con la vida que antes no teníamos, porque nosotros no somos gente religiosa. Entonces, la idea de que existe un espíritu, de que la muerte es como un umbral, pero no necesariamente un fin, puede ser un consuelo. Y además, la respuesta que tuvo Paula ha sido mayor que la de todos mis otros libros juntos. Siguen llegando cartas todos los días, así que hay una presencia de ella que viene de los lectores también, y eso es bonito.

Usted escribió ‘Paula’ para entrar en aquel dolor y poder salir de él. Pero ¿en qué momento salió de verdad?
Yo creo que fue cuando nació mi nieta Nicole. Al morir Paula, mi nuera de entonces, la primera mujer de mi hijo Nicolás, dijo que querían tener otro bebé. Les dije que Paula no se podía reemplazar; pero cuando nació Nicole, yo corté su cordón umbilical: ése fue el momento en el que empezó la vida de nuevo.

¿Queda la cicatriz?
¡Claro! Yo veo una chica en blue jeans y con el pelo largo, flaca, caminando por la calle, con una mochila a la espalda, y se me aprieta el corazón, porque es Paula. Todavía es Paula. Y siempre será Paula, de 28 años. Hoy día tendría 40.

¿La reconocería yo si la viera?
Cómo sería ella hoy a los 40, no lo sé, pero para mí ella siempre va a tener 28; siempre va a ser una niña graciosa, delgada, de melena castaña, con una actitud de bailarina…

En lo que Isabel Allende llama “la cabaña”, una construcción separada de la casa en donde se encierra once horas diarias cuando escribe, hay dos habitaciones. “Yo empiezo cada día allí, con una meditación en esos almohadones. Doy gracias por todo, me hablo con la Paulita, prendo mis velas, y luego me pongo a trabajar aquí, en esta otra habitación”. En la mesa, a un lado de la pantalla del ordenador, la foto de Paula; al otro, sus dos abuelos, los protagonistas de La casa de los espíritus, el libro que arrancó como una carta escrita en Caracas al abuelo que se moría en Chile. Isabel Allende empezó aquella carta un 8 de enero. La acabó un año más tarde. Desde entonces empieza siempre sus libros el 8 de enero. “Y esto es salvia, que quemo cada vez que comienzo a escribir, y que tiene un sentido mágico entre los indios. Cuando empecé El Zorro [el último de sus 15 libros, traducidos a casi treinta lenguas] y quemé la salvia me dije: ¡quiero ser un hombre de 20 años, joven, fuerte, romántico, enamorado! Y así escribí el libro”.

Para usted la familia es fundamental.
¿Sabes que me dicen “el padrino”? Porque dicen que soy igual a Marlon Brando en la película, que yo quiero tener a toda mi familia en varias casas cercadas con guardaespaldas para que no salgan [risas]. Esto que tenemos no es como yo quisiera, pero la verdad es que vivimos en tres casas que quedan a una o dos cuadras de distancia, a minutos caminando. Nos vemos todo el tiempo. Anoche cociné para 20 personas, hoy me tocan 17.

Qué contraste en una sociedad como la estadounidense, en la que la familia no es precisamente una estructura fuerte.
Sí, es un poco raro, pero a todo el mundo le acomoda, porque nos ayudamos mutuamente. Yo me siento respaldada, puedo hacer mi trabajo en paz porque tengo toda una infraestructura familiar que me sostiene. Siempre hay alguien. Si uno se enferma, siempre hay tres o cuatro personas listas para ayudar. Y hay privacidad, no nos invadimos unos a otros; por lo menos yo no lo siento, no sé si mi nuera americana pensará diferente [risas]. Y por supuesto, hay problemas, hay fricciones que se resuelven hablando.

¿Cómo ve su fortuna en la vida?
Yo creo que tengo una vida muy feliz. Una vida en la que me han pasado muchas cosas, pero una vida muy rica. Comparado con otras personas, he tenido mucho. He tenido éxito; he tenido fracasos, dolor y alegría. He tenido mucho amor siempre… En todas las vidas hay pérdidas, hay desgracias, hay separaciones, hay abandonos. A todos nos toca una cuota. Para mí, esa cuota ha sido compensada con cosas extraordinarias: como este tiempo que estoy viviendo ahora, que no va a durar mucho, en el que estamos todos juntos, que los nietos están creciendo en un ambiente familiar… Eso no va a durar siempre. Los niños van a ser adolescentes, se van a ir a la universidad y no les vamos a ver más que para Acción de Gracias. Por eso hay que gozarlo ahora. Y después, ya veremos.

¿Qué cosas haría diferente si pudiera volver a empezar?
Habría tratado de ir a la universidad y estudiar una carrera, habría tratado de casarme un poco más tarde… Habría tenido más cuidado de no pasar como un tanque por encima de las vidas ajenas, produciendo dolor a otra gente. Y habría tratado de empezar a escribir más temprano.

Willie Gordon entra en la casa que sirve de oficina en Sausalito. “Hola, viejito, ven a saludar. Éste es mi marido, mi adorado marido. ¿Cómo le fue?”. Willie Gordon, abogado californiano ya retirado, lleva sombrero y habla un español con acento chileno. Se casó en 1987 con Isabel Allende, chilena nacida en Perú –ahora, además, con nacionalidad estadounidense– y que ha vivido en Bolivia, Líbano, España y Venezuela. “Las raíces chilenas son fuertes; con Willie hablo casi todo en castellano, y escribo sólo en español, aunque simplificado por el inglés. Cuando veo mis primeros libros digo: ¿pero qué me pasó?, se me saltaron todos los puntos; ¡puras comas, párrafos de catorce líneas! Eso ya no lo hago, porque estoy acostumbrada a leer en inglés, a hablar en inglés, que es un idioma muy preciso. Ahora me preocupo de encontrar un buen sustantivo que reemplace tres adjetivos. Trato de que la frase vaya mucho más directa. Mi marido dice que, antes de abrir un sobre, él sabe si la carta viene en español o en inglés, porque la que está en inglés es mucho más liviana”. En ese español más directo, Isabel Allende escribe, por ejemplo, “sollozar a pulmón partido” en su último libro, El Zorro. “Así sollozaba yo cuando la Paula se murió. Te duelen los pulmones de dolor”.

‘El Zorro’ es una novela de encargo, ¿no?
A mí no se me hubiera ocurrido nunca escribirla. El Zorro tiene dueño: la familia Gertz compró en 1920 los derechos del personaje al autor, el novelista Johnson McCulley, que escribió La maldición de Capistrano en 1919. Cuando Douglas Fairbanks hizo la primera película muda de El Zorro, recreó al personaje, porque en la novelita era mínimo. Después de la película, McCulley hizo como setenta historietas, que luego fueron seriales de televisión en los cincuenta. John Gertz vino a mi casa en agosto de 2003 y me dijo que habían hecho de todo con El Zorro menos una obra literaria, y que si yo quería hacerla.

¿Y cuál fue su respuesta?
A mí me pareció completamente descabellada la idea. Además, me sentí ofendida y pensé: ¿qué se imagina esta gente, que yo escribo por encargo? ¿Y El Zorro? Imagínate, era como escribir sobre Batman. Pero me dejaron una caja con vídeos, con películas, con libros…, era verano, y yo de todas formas tenía que esperar hasta el 8 de enero para empezar a escribir un libro del que ya tenía preparado todo el material. Vi las películas, y luego empecé a leer sobre el momento histórico en el que supuestamente nació El Zorro, una época fascinante: la expansión de las ideas de la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas, las guerras de independencia en América… de todo. En California no pasaba nada; había indios, vacas y unos pocos misioneros, así que dije: bueno, si este muchacho nace aquí, tiene que salir de aquí. Y al estudiar la época, ya me fascinó el tema.
¿Y después?
Después empecé a estudiar a El Zorro, y descubrí que sentía una gran simpatía por el personaje, porque es un héroe liviano de corazón. Es una mezcla de Robin Hood, Peter Pan y Che Guevara, pero sin tragedias. Es un personaje liviano de sangre, alegre de corazón. Tiene esa cosa eternamente juvenil de Peter Pan, la idea de la justicia de Robin Hood y el valor y la parte social del Che. Y luego está toda la parte romántica: imagínate un tipo que se trepa a tu balcón de noche y al día siguiente no hay culpa, ni siquiera recuerdas quién era, porque tenía máscara. Y me pareció fantástico.

Pero a este El Zorro no le va bien en amores…
No, yo no quería hacer un héroe al que todo le va bien. Quería un tipo humano, que se pone el disfraz y le cambia la personalidad. Pero me enamoré del personaje completamente. Y luego descubrí que El Zorro es adorado en el mundo entero. ¿Sabes que el 64% de la población en China sabe quién es El Zorro, desde los abuelos hasta los nietos? ¡En China!

¿Qué le pidieron al encargarle el libro?
Yo tenía toda la libertad del mundo, con las limitaciones de no salirme de las características básicas: El Zorro se viste de negro, tiene máscara, usa látigo y espada, y defiende la justicia. Tenía un sirviente que se llama Bernardo, que a mí no me gustó en la televisión, y lo cambié por completo; tenía un caballo, que se llamaba Tornado, y tenía a su padre, Don Alejandro de la Vega. Pero con la época podía hacer lo que yo quería, porque se trataba de los primeros veinte años de El Zorro, cuando todavía no es El Zorro.

Isabel Allende buscó en las tradiciones de los indios americanos el viaje espiritual de la adolescencia en busca de la misión en la vida, en busca del espíritu totémico –no podía ser otro que un zorro– que guía al joven Diego de la Vega. Le inventó, para justificar su defensa de los indígenas, una madre india, Toypurnia, inspirada en una guerrera shoshone que se casó con un soldado español y adoptó el nombre de Regina; le llevó a Barcelona; le hizo miembro de una sociedad secreta, y le mezcló con piratas.

En el libro se dice que “los años dan flexibilidad a la gente”. ¿Cómo entendería eso El Zorro en su lucha por la justicia?
Todo hay que cuestionarlo. Todo. No hay cosa más torpe y más peligrosa que aceptar el juicio moral de otros, el dogma de otros o sus posiciones políticas, las que sean. Se ha matado –se sigue matando– en nombre de Dios; se mata en nombre de la justicia social, como hicieron en Rusia; se mata en nombre de la sociedad cristiana occidental, como hicieron en Chile. Se mata por miles de razones. Todo tiene que ser cuestionado.

¿Es más flexible ahora que hace 20 o 30 años?
Claro que soy más flexible. Sigo igualmente apasionada que antes y sería capaz de enamorarme locamente, como a los 20 o los 40; sería capaz de dejar todo tirado por salir detrás de una causa o detrás de un hombre. Pero ahora cuestiono mucho más. Antes yo no cuestionaba el socialismo, por ejemplo. Cuando yo tenía 25 años pensaba que el futuro del mundo era socialista; después, uno tiene que cuestionárselo, porque dices: bueno, esto no resultó de la manera en la que yo creía que iba a resultar. Me he cuestionado muchas cosas del feminismo; he sido siempre feminista, pero me cuestiono las formas en que se hacen las cosas y los objetivos: ¿queremos una supermujer que se echa todo a la espalda o queremos una mujer y un hombre que participan igual en la gerencia del mundo? Yo no pensaba así cuando tenía 20. Entonces, el hombre era el enemigo; hoy día, es el aliado natural.

“Si uno vive lo suficiente, alcanza a revisar sus convicciones y enmendar algunas”. Habla Diego de la Vega, pero parece Isabel Allende…
Claro. Te alcanza, si vives lo suficiente, para ver la relación entre las cosas, cómo todo es causa y efecto. Todo lo que uno hace trae consecuencias; si no de inmediato, a la larga. Todo. Y todo se paga, lo bueno y lo malo: yo he vivido 62 años, yo ya sé que eso es así. Y ando por el mundo con cuidado porque sé que si meto la pata, pago.

La gente que no cambia le da miedo a Isabel Allende. Y más aún la gente a la que “no le importan las consecuencias, porque creen que no las van a vivir, como hace Bush”. “Y la gente que tiene poder y cree que no debe rendir cuentas a nadie. No hay nada peor que el poder con impunidad. La gente hace horrores cuando tiene poder y tiene impunidad. Eso le pasa a una muchacha de 20 años del Medio Oeste en la prisión de Abu Ghraib y a un loco desatado lleno de testosterona. Cuando me preguntan qué es lo que más temo, siempre digo: el poder con impunidad. Porque las cosas que somos capaces de hacer son brutales. Brutales”.

Usted vivió el golpe de Estado que depuso a su tío, Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973 en Chile, y vivió aquí, en EE UU, los atentados del 11 de septiembre de 2001. ¿Tienen cosas en común esos días?
Mucho. Aparte de que ambos días fueron un martes 11 de septiembre, casi a la misma hora de la mañana, en las dos ocasiones se trató de un atentado terrorista contra una democracia. Si hay karma histórico, éste sería el caso. En los dos sitios murieron muchos inocentes. Cuando vi en la televisión el 11 de septiembre en Nueva York, con los edificios que caían, el humo, el pánico, las explosiones, las caras de la gente…, todo eso lo viví en Chile el 11 de septiembre, cuando bombardearon La Moneda y cuando se tomaron el país. No eran imágenes tan diferentes. Tanto los chilenos como los americanos cambiaron después de ese día, se dieron cuenta de que aquello –un golpe, un atentado– también les podía pasar a ellos. Los americanos se sintieron vulnerables por primera vez. Y en Chile había esta especie de soberbia de que un golpe ocurría en las repúblicas bananeras, jamás pasaría en Chile. Y pasó.

¿Qué descubrió el 11-S?
Me sentí conectada con los americanos por primera vez. Yo llevaba mucho tiempo aquí, pero siempre tenía la sensación de que era completamente extranjera, de que me era muy difícil relacionarme con un pueblo que tenía una especie de inocencia perenne con respecto al mundo, con una sensación como de que tienen derecho a la felicidad, y a la comodidad, y a la seguridad. Esa sensación no la hubo por un tiempo después del atentado. Luego volvió lentamente, pero en aquel periodo sentí por primera vez que pertenecía a Estados Unidos. Y para mí ha sido una muy buena experiencia para adaptarme y aprender todo lo que tengo que aprender de este país, que me ha dado muchísimo. Soy muy crítica con muchas cosas, pero como soy ciudadana, voto; tengo una voz, y al mismo tiempo tengo una obligación de servir, de dar de vuelta lo mucho que recibo.

Usted es la escritora latinoamericana más leída del mundo. Pero aquí abre la puerta de su oficina, conduce su coche, hace la comida para su familia…

Yo tengo una vida bien privada. Todo lo que tiene que ver con las novelas pasa en un círculo externo en el que estoy cuando salgo, cuando viajo para la promoción. Pero mi vida es simple. Y la familia me mantiene humilde: si se me van los humos a la cabeza, tengo varios nietos que me tiran para abajo. El otro día, uno me preguntaba: ¿en tu tiempo había electricidad? Éste es mi tiempo, para empezar, le dije, y sí, había electricidad.
Esos nietos son los que ahora, en el comedor de la casa de San Rafael, están aprendiendo español, “porque lo entienden, pero casi no lo hablan, van al colegio y todo es en inglés”. “Son Alejandro, Andrea y Nicole, y los dos niños de mi asistente, Aquileas y Aristoteles, que son como si fueran mis nietos, y una sobrina, Isabelita”.

Isabel Allende escribe “porque es lo único que sé hacer, porque me gusta contar historias, y porque puedo ganarme la vida así. Si no pudiera, tendría que hacer otra cosa, porque siempre voy a tener que mantener una familia”. Prepara sus libros “como quien hace empanadas, de a poco y con cariño”, y se encierra todo el día en su cabaña. “Paso desde las ocho de la mañana hasta las siete de la tarde. Willie cocina todas las noches cuando estoy escribiendo; si no, compartimos. Yo no tengo nada más que hacer que escribir. Es fascinante poder hacerlo; no era así al principio, cuando escribía de noche, porque de día tenía un trabajo con sueldo fijo”.

Y ahora, ¿es casi la felicidad?
Total. Es la felicidad total poder hacerlo. Yo misma me envidio [risas], porque no tengo que hacer nada más que eso. Qué envidia me daría una persona que tiene una casita al fondo del patio y puede encerrarse ahí, y tiene un montón de gente a su alrededor que la ayuda. ¡Cómo no va a ser fantástico!
El libro ‘El Zorro: comienza la leyenda’, de Isabel Allende, publicado en España por Plaza & Janés, está ya a la venta.

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