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22 may. 2008

Piensa en algo generoso, piensa en Paula

Paula y Manuel
Karly Gaitán MoralesA quince años del fallecimiento de Paula, hija de Isabel Allende
El 8 de enero de 1992, en los pasillos de un hospital en Madrid y motivada por su agente literaria Carmen Balcells, comenzó Isabel Allende a escribir su libro Paula. Al inicio se trataba de una historia para su hija que entonces permanecía en coma luego de una crisis de porfiria sufrida en diciembre de 1991. Mientras comían, la agente rompe silencio y se dirige a Isabel: “Escríbele una carta a Paula… La ayudará a saber lo que pasó en este tiempo que ha estado dormida.” La escritora se dedicó a narrar su biografía y la de su familia en cuanto le fue posible poner en orden las ideas y acomodarlas en una carta para su hija: “Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estés tan perdida”, se puede leer en la primera página de la obra.A Paula no le alcanzó la vida para poder leerla, como nunca leyó su correspondencia el abuelo de Isabel, el Tata, a quien comenzó a escribir una carta que con igual destino terminó convertida en su primera novela, La casa de los espíritus. Entonces Paula era una adolescente.

Once años después escribe la primera frase del libro dedicado a su hija: “Hace once años escribí una carta a mi abuelo para despedirlo en la muerte, este 8 de enero de 1992 te escribo, Paula, para traerte de vuelta a la vida”. El manuscrito fue realizado en realidad para despedirla, aunque Isabel no lo sabía ese día, y se quedó junto a su cama con lápiz y libretas en mano para acompañarla hasta el momento del paso de un estado a otro de la existencia.Paula no recoge sólo una línea histórica y relatos perdidos en incertidumbres y ensoñaciones que provocan a la imaginación, sino que auxiliada por la literatura figurada con el fantasioso toque latinoamericano, la obra está inundada de conmovedoras reflexiones de una madre sumergida en un monólogo, en comunicación sensorial con su hija, que postrada no puede responder a los estímulos físicos. Va

Isabel clamando a ratos: “¿Sanarás, hija mía? Te veo en esa cama, conectada a media docena de tubos y sondas, incapaz siquiera de respirar sin ayuda. Apenas te reconozco, tu cuerpo ha cambiado y tu cerebro está en sombra”. El libro fue escrito sin corrección ni regresos de páginas, durante la estancia en la sala de internos y en la unidad de cuidados intensivos por seis meses en Madrid, y en la casa de San Francisco, en California, otros seis meses a partir de junio de 1991, cuando Paula fue trasladada para buscar mejores soluciones médicas. La resma de papeles que Carmen entregó a la escritora se acabó muy pronto, su pluma había cogido un vuelo irrenunciable y cuando hubo que editarla y publicarla, la destinataria de la carta había muerto.

Paula Frías Allende nació en 1963, y en diciembre de 1992 --cuando murió-- tenía 28 años, trabajaba como psicóloga voluntaria en un colegio, y su esposo, Ernesto, como ingeniero electrónico, un matrimonio que al primer aniversario de bodas se encontraba la novia tumbada en una cama. En una habitación en California y acompañada de su familia cercana, entre los conciertos de Mozart, caprichosos violines en las sinfonías de Vivaldi y los nocturnos de Chopin, el domingo 6 de diciembre de 1992 a las cuatro de la madrugada murió Paula.

“Adiós Paula, mujer. Bienvenida Paula, espíritu”, se despide la madre en esa carta de 433 páginas en una edición de bolsillo de Ave Fénix.

Manuel

Manuel Jirón, de 24 años, y estudiante de cuarto año de derecho, leía el libro Paula acostado en su cama en la sala de quimioterapia del Hospital La Mascota, en Managua, donde permanecía internado por algunas semanas desde 2003. En sus letargos de recuperación jugaba ajedrez con los visitantes y compañeros de sala, intercambiaba mensajes por escrito en su celular con amigos, leía novelas policíacas, de misterio y las famosas latinoamericanas. Retomó la lectura de Isabel Allende recorriendo desde Eva Luna hasta Paula, que lo leía por primera vez.Ciego desde los cuatro años, en 1984 Manuel había sido llevado a Cuba para tratamientos y cirugías; hijo primero de padres dispuestos a dedicar su vida a ayudarle a sanar sus males.

Pero no hubo manera de devolverle el privilegio de la visión al niño. Era tan pequeño cuando ocurrió, que para él, ser ciego era como haber nacido así, solamente tenía un recuerdo de sus tiempos de visión: él jugando con camiones de construcción de color amarillo. Pleno bibliófilo adquiría pilas de libros editados en el sistema Braille, comprados por internet, prestados por otros ciegos o solicitados a domicilio en la Biblioteca de Ciegos de Nicaragua “Luis Braille”, donde tienen títulos que van desde La Santa Biblia hasta Las mil y una noches.

Rostro pecoso, espalda y brazos llenos de lunares, alto y recio (pues iba al gimnasio) hacía cosas que usualmente no se acostumbra a ver que los ciegos hagan, como jugar tablero, dominó, ajedrez, monopolio, revisar su e-mail y escribir en la computadora (usando todos los dedos como un mecanógrafo) guiándose por un mensaje en audio que le decía los comandos que tocaba; escribía largas oraciones a mano en el alfabeto normal sin haber nunca visto las letras, conducía bicicleta… todo por movimientos sensoriales y un fino oído. También, como muchos ciegos tocaba la flauta y el clarinete, había hecho cursos de inglés y lo hablaba perfectamente luego de nueve niveles. Los lunares y pecas de su piel no eran una casualidad, sino la manifestación de su cáncer, que cuando se descubrió todo pasó tan rápido que apenas quedó tiempo del tratamiento.

Un tumor se desarrolló primero en su espalda hasta que el cuerpo producía células cancerígenas por todas partes, le aparecían tumores a menudo.Cuando el tratamiento de quimioterapia comenzó no volvió a tocar la flauta, no conducía la bicicleta ni salía a nadar. En su casa se desarrollaban tertulias literarias, y cuando tenía ánimo leía Paula, el libro que cargaba consigo junto a su colcha que le protegía del aire acondicionado de las salas del hospital. Lo leyó desde finales de 2004 y los meses más difíciles en 2005 cuando estaba en la fase final de su enfermedad. Solía decir cuando se le ofrecía otro libro prestado:

“No he terminado éste, porque leo Paula para sentirme vivo”.
Contaba que cuando apagaban las luces de la sala se quedaba pensando en las historias que había leído, conmovido por el final de Paula y el amor de la madre. El 5 de diciembre de 2005 a mediodía entró en coma, permaneció en la sala de cuidados intensivos hasta la mañana del 6 de diciembre, respondía a los ruidos que se producían en el cuarto donde su hermana Roxana y su amiga Zaira lo acompañaban. Murió a las once y diez de la mañana asistido por ellas, tenía 25 años. Manuel y Paula murieron el 6 de diciembre, había sido Paula el último libro leído en su vida, que le había acompañado con gran sanación en sus horas de hospital. ¿Habría alguna conexión? Coincidencia o realidad

Valore usted, queridísima lectora y lector.
San José, Costa Rica, noviembre 2007.

Paula es un Angel aunque nadie lo crea era un ser generoso y continua siendo un Angel Azul allá en el infinito espiritual en el que habita, Gracias Pau.....

1 comentario:

gilda dijo...

amigi, no se de donde sacas tantas cosas de la isabel... eres mi idolo.....claro después de la isabel claro...sabes me hace sentir muy feliz y urgullosa que esta mujer pequeña, pero que `por dentro es una guerrera incansable, sea hija de nuestra tierra a la que tanto amo........

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