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16 ene. 2008

La Literatura y la vida

Atlanticidad
La literatura y la vida«No entro ni salgo en la calidad literaria de ‘La suma de los días’. Cuando la leí estaba de vacaciones como crítico literario o profesor de la materia. Sólo acepto que me sorprendió».
Juan-Manuel García Ramos
Las Palmas de Gran Canaria
Hay que leer mala literatura para saber luego distinguir la buena. Plinio el Viejo, el escritor y enciclopedista romano, nos dejó dicho, en el siglo I de nuestra era, que no hay libro tan malo que no encierre algo de bueno. Aunque, claro está, Plinio no había previsto aún la creación de la imprenta y lo que esa tecnología iba a significar en la propagación de libros de pésima calidad.
En estas superadas fechas navideñas, cayó en mis manos (alguien lo había comprado en casa) la última entrega de Isabel Allende, La suma de los días, una suerte de memorias recientes de la bestselleriana autora, que venía a prolongar la obra dedicada hace trece años a su hija Paula, fallecida a causa de porfiria, una enfermedad metabólica hereditaria.

Confieso que inicié la lectura de La suma de los días con cierta prevención: estoy harto de títulos consagrados por el mercado librero, por los hit-parade literarios y por la promoción de multinacionales de la edición. Pero el asueto me permitía relajarme con la lectura que me diera la gana, y así procedí.

Debo reconocer que leí de un tirón La suma de los días, pese a rechinarme algunas de las páginas embargadas de cuotas de realismo mágico facilón, de las que Allende echa mano con una frecuencia que no le hace ningún favor a su literatura. En eso me recuerda a Paulo Coelho y su manía de orientalizar su pensamiento a cada paso. Allende dice que ha podido escribir estas evocaciones íntimas ayudada por una metódica correspondencia ininterrumpida con su madre, lo que le ha posibilitado fortalecer su memoria, «esa frágil bruma donde los recuerdos se esfuman, se mezclan, cambian, y al final de nuestros días resulta que sólo hemos vivido lo que podemos evocar».

Dice Allende que lo que no escribe se le olvida y es como si nunca hubiera sucedido. Y lleva muchos años empezando sus obras los ocho de enero, fecha mágica que le ha traído buena suerte en su dilatada carrera. La suma de los días está escrito en tono epistolar; Isabel le cuenta a Paula, su hija fallecida, todo lo que ha sucedido después de su muerte en 1992 y algunos otros acontecimientos anteriores.
Sorprende en estas últimas páginas de Allende la pericia de la autora para convertirse, a su vez, en narradora y personaje de todo lo que nos allega.

Dijo María Zambrano que no escribimos sólo por necesidades literarias, sino por la necesidad que la vida tiene de expresarse, y en ese expresarse existe un primer impulso que corresponde siempre a un narrador que se pone a la obra, bien directamente a través del autor con nombre y apellidos reales, como en el caso de Allende, bien a través de persona interpuesta, las innumerables máscaras del narrador con las que solemos encontrarnos Dice además Zambrano que novela y confesión -entendida ésta como género literario- son parientes y casi coetáneas, pues ambas son «expresiones de seres individualizados a quienes se les concede historia».

A quienes se les concede invención, creación de la nada ¿Importa mucho la identidad o la entidad de esos seres individualizados capaces de engendrar personas ficticias, criaturas literarias? ¿Importa más la manera cómo se nos allegan esas personas ficticias y la historia que se nos transmite que la calidad de esos seres ficticios y la misma historia que interpretan?
«Hay buenos escritores -afirma Elías Canetti-, e incluso importantes, que a partir de esta disposición anímica pueden escribir un libro tras otro. No tienen nada que decirse, su libro lo dice todo por ellos. Logran distribuirse totalmente entre sus personajes».

¿Cuántas veces no hemos leído una novela con sumo placer sin caer en la cuenta de la fórmula elegida por su autor para meternos de lleno en ella?

La crítica ha ido tan lejos en la clasificación de categorías y procedimientos narrativos que ha llegado a negar, en particular en círculos académicos, la misma esencialidad de lo literario: ese «estremecimiento» que da lo indefinido, o «esa necesidad que la vida tiene de expresarse», para decirlo a través de María Zambrano. Isabel Allende en La suma de los días se ha desprovisto de las categorías de autora, narradora y personaje de la historia y simplemente se ha convencido y nos ha convencido de que cualquier vida contada con pasión y afecto puede ser tan atractiva como la más elaborada de las novelas.

Los acontecimientos relatados por Allende en estas páginas que reseñamos apenas se apartan de los que pueden ser vividos por cualquier familia de clase media estadounidense en un lugar como California, con sus terapias siquiátricas (casi todos los parientes y amigos de Allende parecen salidos de un film de Woody Allen) y sus iglesias extravagantes incluidas.
El pálpito de la vida reasumido por la escritura fluida de Allende, con palabras comunes que nos allanan el camino de la lectura, con personajes conocidos por lo cercanos, con sus problemas a cuestas y la superación de sus adversidades, un canto a la existencia, a las ganas de vivir y de ayudar a vivir a los demás.

Thomas Mann decía que todo buen libro escrito contra la vida despierta el deseo de vivirla. Aunque Allende escribe contra la muerte y también alienta en nosotros el deseo de experimentar nuestra existencia terrenal hasta sus últimas consecuencia. Siempre hay una manera de contrarrestar lo que nos impide seguir adelante.

El libro de Allende es una lección para todos los padres y madres que han sufrido el peor de los males: el de perder un hijo o una hija. El dolor supremo, dicen aquellos que han pasado por ese dramático trance. En La suma de los días, Paula vuelve a ser la interlocutora de la novelista Allende, el altar al que se ofrece la ceremonia de la escritura-terapia.

Dice Allende que la vida se hace caminando sin mapa y no hay forma de volver atrás. Pero la conducta de Allende desmiente estas palabras. Su fuerza para seguir adelante radica en su recuperación meticulosa del pasado, de un pasado que la hirió y la hiere cada día, pero que al mismo tiempo se ha convertido en el motor de su literatura más reciente.

No entro ni salgo en la calidad literaria de La suma de los días. Cuando la leí estaba de vacaciones como crítico literario o profesor de la materia. Sólo acepto que me sorprendió comprobar que la vida rasa, la vida a secas de cualquier familia puede ser motivo suficiente para escribir páginas que les interesen a los demás. A mí, en concreto.

Quizá el secreto se esconda en el método de Allende. En su intento de transformar la rabia de lo padecido en energía creativa, y la culpa en una burlona aceptación de sus fallas. Todo ello ordenado y articulado narrativamente.

Como decíamos antes, no hay manera de darle para atrás a la película de la vida que todos interpretamos. Los escritores se surten de la melancolía que nos despierta esa parte de la existencia que se fue irremediablemente. En efecto, sólo hemos vivido lo que podemos evocar. En eso los escritores y las escritoras llevan ventaja.

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