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12 sept. 2007

Isabel vuelve a hablar con Paula

Isabel vuelve a hablar con PaulaTRINIDAD DE LEÓN-SOTELO (ABC)
MADRID. Jacques Brel dijo que «nunca se olvida nada, se acostumbra uno, eso es todo»; Van Gogh sentenció que «la tristeza dura para siempre»; Isabel Allende afirma que «aunque se quede bajo la piel, he aprendido a manejar la tristeza y hacerla mi aliada». No parece un mal camino y, desde luego, es el elegido a la hora de escribir su nuevo libro para el que Carmen Balcells, su «agente madraza», le aconsejó narrar sus memorias. La escritora pensaba que con «Paula» (1993) había saldado esa cuenta. Balcells no estaba de acuerdo, y venció. De este modo, nació «La suma de los días» (Areté), que se construye como una narración de todo lo acontecido, que no es poco, en el seno de la familia desde la muerte de su hija, a quien narra lo que no vivió.
Muchos lectores podrán pensar, incluso, que es en exceso prolija, que desnuda su intimidad, pero quizá sea, también, una más de las terapias por las que ha debido pasar para combatir el desgaste de penas insoportables. En todo caso, resulta hermoso que alguien se atreva a exponer su sentir, su alma, porque serán asimismo muchos los que alivien la suya a través de una que les es ajena, pero se les entrega.
Realismo mágico
Las memorias de Allende, hechas de dicha y sufrimiento se antojan próximas al realismo mágico -no entendido exclusivamente como género literario-, tal es lo que sucede. La autora de «La casa de los espíritus» no los olvida y les permite campar a sus anchas por sus nuevas páginas. Parece que el ser humano tiene la necesidad de creer en algo, y asiéndose a ello, Isabel visita astrólogos y participa en sesiones de espiritismo. Cree que «el misterio no es un recurso literario, como dicen mis enemigos, sino parte de la vida».
Relata la chilena que huyó de su patria, con sus hijos Nico y Paula, tras el golpe de Estado de Pinochet -ayer hizo 34 años-, que acabó con el gobierno legal de su tío, Salvador Allende. Recaló en Venezuela. Su hogar está ahora en San Francisco, cerca del célebre Golden Gate, en el lado oeste de la inmensa bahía. Se instaló en California con Willie, su segundo esposo, en 1986. Allí ha vivido rodeada de lo que llama su tribu -«no somos una familia, sino un pueblo»-, por cuya unión tanto ha luchado, aunque reconoce que, a veces, se pasó en el papel de matriarca -eso sí «sui generis», porque se autoinculpa de «mandona e independiente, tribal y solitaria por exigencias de su trabajo»-, no sólo con aquéllos a los que le unen lazos de sangre, sino con los amigos.
En «La suma de los días», con una omnipresente Paula como confidente, la lista de nombres se hace interminable: Nico, Alejandro, Nicole, Andrea, Tabra, la abuela Hilda, Fu, Grace, Sally, Celia, Jason, Jennifer, Giulia, Ernesto... El melodrama -ni la más intensa imaginación lo crearía, aunque ¿dónde está demostrado que no se abastezca de la realidad?- golpea al lector con dureza. Un ejemplo: Jennifer, hija de un primer matrimonio de Willie, se convierte en una drogadicta que no admite ayuda y se encamina hacia la destrucción total, algo que influye de modo traumático en quienes a través del cariño se empeñan en rescatarla. Otro: descubrir que Nico también lleva en sus genes la porfiria, la enfermedad que mató a Paula. ¿Uno más?: Celia, la esposa de Nico, descubre tras parir tres hijos que es lesbiana y Sally, su amor verdadero.
Lo que un hecho así supone para la familia no necesita comentarios, por muy liberal que la familia sea, y es cierto que Allende lo es. Quizá por eso sabe y ayuda a salir a los demás del hundimiento en el pozo de la infelicidad. No es extraño, pues, que un día le dijera a Willie: «Enderézate, tenemos que remar». Y vaya si remaron, incluso contra sus propios conflictos. Las alegres anécdotas de los nietos, el cariño que se impone a la adversidad, «locuras» familiares que mueven a risa y diversión, también campean por estas memorias. Isabel y Willie, viajeros ambos por cuenta propia, desierto incluido, se ausentan, a veces juntos, a veces ella en solitario por cuestiones profesionales. Destinos han sido Europa, Australia, Nueva Zelanda, zonas de África, Asia, incluyendo Estados Unidos, donde sólo le falta poner el pie en Dakota del Norte... Cosas de ser una escritora de fama mundial, algunos de cuyos títulos se han llevado al cine, no siempre con buen resultado.
Infinita vocación
La muchacha que empezó su carrera literaria en el periodismo se sumergió, después, en la ficción siempre con algún aliento de realidad vivida. Así nacieron «Hija de la fortuna», «De amor y de sombra», «Eva Luna», «El plan infinito»... Infinita parece su vocación, aunque ya no siga el rito de empezar un nuevo libro el 8 de enero de cada año. Como mujer, tal y como le escuchó a su tío Ramón, ha sabido deshacerse de «la camisa de fuerza de las convenciones». En su opinión, «la vida se hace caminando sin mapas ni forma de volver atrás». Deja claro que los enredos surgen en el momento menos pensado, pero ha logrado que ninguno de índole familiar asuste a sus nietos.
Feminista y femenina asegura que «nada la hace sentirse tan insegura como la falta de un espejo» y de hecho confiesa que se ha sometido a la cirugía plástica. Tenía 45 años cuando encontró a Willie y ahora anda en la sesentena. Mujer de carácter, escribe que desde que era niña cuidó de sí misma y se negó a ser la doncella del cuento, si bien ahora le gustaría serlo: «Me he cansado de matar dragones». Willie le asegura que para él siempre ha sido lo que ansía. Quizá por eso ella le hace una de las más poderosas declaraciones de amor que puedan darse: «Me conoce más que yo misma y aun así me ama. Como dos ciegos nos tocamos, nos olemos, percibimos la presencia del otro como se siente el aire». Sus memorias lo dejan claro.
Isabel Allende como madre se exige una oración interminable. Como mujer, su amor cabe en uno de esos boleros que arrasan el corazón y le permiten renacer día a día.

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