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30 ago. 2006

La Señora Escritora Isabel Allende Llona

¿Aprendió alguna cosa que le haya sido útil como escritora?
Muchas. Primero, el uso adecuado del lenguaje. Como periodista, tienes poco tiempo y poco espacio. Cuando el periódico o la revista publica tu artículo, el lector tiene otros veinte para escoger. ¿Por qué va a ser el tuyo? Porque le agarras con la primera frase, o con el titular, o con la entradilla… lo agarras por el cuello y ya no le vuelves a soltar.
¿Cómo se consigue eso?
Con la noticia que tienes, naturalmente, pero también con el modo en el que cuentas esa noticia. El primer párrafo tiene que ser como una luz de neón, y el último, un final tan concluyente y tan brutal que la persona quiera leer todo lo que le ha precedido. Otra cosa que aprendí fue a hacer una entrevista. Muchos de mis personajes surgen de la vida real. Hay escritores que prescinden de esta parte fundamental de su trabajo: para escribir sobre una cosa has de conocerla bien. Además de investigar el tema, tienes que encontrar gente que haya vivido la experiencia. Una vez Neruda me dijo: "Jamás dejaría que usted me entrevistara. Es usted la peor periodista de este país. Miente todo el tiempo y es incapaz de ser objetiva. Se pone en el centro de todas sus historias. Y además estoy seguro de que si no tiene una historia, se la inventa… ¿Por qué no se dedica a la literatura, donde todos esos defectos son virtudes?". No me tomé en serio la sugerencia, pasaron muchos años antes de que me convirtiera en escritora.
¿Se imagina cómo habría sido su vida sin el golpe?
Pienso que seguiría viviendo en Chile y que sería periodista. Creo que no sería escritora. Es difícil dejar el periodismo. No tenía la ambición de ser escritora. Quería ser una buena periodista. Ser conocida por el feminismo y por el humor.
Fue en el exilio, a partir de 1975, que las cosas empezaron a cambiar.
¿Cómo recuerda aquellos trece años vividos en Venezuela?
Estoy muy agradecida a la experiencia del exilio. Me hizo mucho más humana y compasiva. Me dio una conciencia política y social clara. Fueron tiempos difíciles, tan difíciles que de dentro de mí misma salieron fuerzas que nunca hasta entonces había necesitado. Desarrollé una especie de musculatura frente a la vida. Hoy pienso que hay muy pocas cosas que puedan acabar conmigo, que me rompan por completo. Veo hacia fuera, también, un poder creativo, una necesidad de explorarme a mí misma, y de eso derivó la literatura. De la confusión, de la pérdida, del dolor, de la soledad salieron los libros. El primero, "La Casa de los Espíritus", me salvó la vida, me hizo persona. Hasta entonces era una eterna adolescente que pasaba como una veleta por encima de las cosas
¿Qué cosas echa de menos de Chile?
La lengua. Hablar mi español, con ese sentido del humor que tenemos en Chile. Me hace falta estar rodeada de las personas, sentir que conozco las reglas del juego, los códigos. Después de 25 años, regresé a Chile y sabía exactamente cómo pensaban las personas. En el resto del mundo, soy extranjera. En Estados Unidos, que es un país que me encanta, siempre voy a ser extranjera. Un latinoamericano en Estados Unidos es lo más bajo de lo más bajo. Y estoy perdiendo mucho español. Cada vez que voy a España, necesito un día para recuperar la lengua, para soltarme. En Chile también. Con mi marido hablo a medias en español -él se crió en el barrio latino de Los Ángeles-, y a medias en inglés.
¿Es difícil integrarse en la sociedad americana?
A un nivel profundo, no es fácil. La sociedad americana es muy cómoda. Echas una carta al correo y llega al día siguiente. Abres el grifo y sale agua caliente [risas]. Las cosas funcionan y una se acostumbra. Te acostumbras a la cortesía. Las personas dicen "thank you", piden las cosas por favor; si te tocan, dicen: "excuse me". Sin embargo en la intimidad es difícil. Para nosotros, los latinos, si una persona es amiga, nuestra casa está abierta a cualquier hora. Aquí, si voy a casa de mi propio hijo, tengo que telefonear antes para avisar, porque está casado con una americana. Los hispanos en EE.UU. no tienen ningún poder político. La mitad son ilegales, por lo que no existen en las estadísticas, no cuentan. Los hispanos en EE.UU. son explotados a un nivel de esclavitud muchas veces, y en el estado de California, con la proposición 187, se ha privado a sus niños de salud y educación. Una cosa espantosa. Yo conozco a latinos ilegales que no pueden llevar a sus hijos a vacunarse, y esto es una locura, porque sin la existencia de un control y una prevención de las enfermedades, lo que se conseguirá es que éstas se extiendan. No entiendo cómo la clase media blanca puede pensar que de este modo está protegiendo su pequeño feudo, cuando lo que hace es crear un sistema de violencia social tan grande que cualquier día les cae encima.
¿Cómo se sitúa a sí misma en la literatura latinoamericana?
Hay quien me clasifica como la única mujer del "boom" latinoamericano. Sin embargo yo llegué después del "boom", todos eran ya escritores consagrados cuando publiqué "La casa de los espíritus". Me resulta difícil clasificarme. Diría que me siento muy solita, no pertenezco a ningún club, a ninguna de esas complejas relaciones que los escritores establecen y en las que unos se apoyan en los otros, se inflan los unos a los otros. Eso se nota mucho en Chile, donde las páginas de literatura de El Mercurio están manejadas por cuatro o cinco escritores que siempre están echándose flores los unos a los otros. Los que no pertenecen a esa pequeña mafia no forman parte de ese movimiento literario.

¿Cree que es cierta esa invisibilidad de la que se quejan las mujeres escritoras de Latinoamérica? Desde luego. Hasta hace muy poco, las mujeres estaban condenadas al silencio. Las mujeres han escrito, en América, desde sor Juana Inés de la Cruz. Han escrito maravillosos libros e incluso hay una premio Nobel, Gabriela Mistral. Sin embargo, hay una especie de conspiración de silencio en torno a su trabajo. No se espera que sea creativa en un mundo machista. Tenemos que dar el doble de batallas para ganar la mitad de reconocimiento. Cuesta mucho publicar, y cuando se consigue, si tenemos éxito, se nos descalifica. Si no tenemos éxito, los hombres se sienten más seguros, ya no importa y pueden dar una crítica mejor. Pero eso sí, siempre que el libro no se venda. En la última década más y más mujeres están escribiendo, porque los editores han descubierto que más y más mujeres leen, y que len mucha más ficción que los hombres. Ahí hay un mercado que empiezan a explotar, están Ángeles Mastretta, Laura Esquivel y muchas otras. Pero esto sucede por una necesidad comercial de los editores.
¿No cree entonces que exista la literatura femenina?
Creo que existe una perspectiva que la da el sexo, la edad, la raza y las circunstancias en que uno nace. Todo determina una perspectiva para ver la vida que, naturalmente, determina lo que uno escribe. Pero la literatura misma tiene como única materia prima la palabra, y esa no tiene sexo. A nosotras, como mujeres, no nos conviene segregarnos, porque ya nos segregan bastante, así que no creo necesario establecer un género que se llame literatura femenina.
Ahora la comunidad intelectual reconoce su trabajo y estudiantes de literatura de Harvard estudian y escriben sus tesis sobre su obra.
¿Cómo se siente?
Bueno, me enorgullece y me complace, pero no tiene nada que ver conmigo. Hay un montón de gente que vive de la literatura sin haber escrito una palabra. Ese es otro oficio: analizar los libros, enseñarlos, promoverlos, publicarlos, criticarlos… Eso no tiene nada que ver con el proceso íntimo y callado de escribir. Esa es la parte que me toca a mí, la que tengo que hacer yo calladamente, sobre esta mesa. Es un oficio modesto que no tiene la grandeza ni la complicación que cree la gente que vive en torno a la literatura. Escribir una novela es como bordar una tapicería con hilos de muchos colores. Es un trabajo artesanal, de cuidado y de disciplina.

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